Àngel Quintana
En los libros de narrativa sobre el cine clásico existe un concepto llamado dead end que se refiere a aquel momento en el que las causas y efectos del relato se agotan y ya no hay nada que pueda dar vuelta a atrás. El conflicto ha alcanzado tales dimensiones que o bien existe la salvación de la humanidad o la destrucción. En las seis entregas anteriores de la saga Misión: Imposible –la séptima era la primera parte de una historia que acaba de culminar– nos encontramos con muchos dead ends y hemos visto cómo, mientras el cronómetro estaba en cuenta atrás, Ethan Hunt era capaz de salvar la humanidad. A pesar de tantos finales y redenciones, nunca nos habíamos parado a considerar cuál era la consecuencia que entraña la salvación, ni si Ethan Hunt era algo más que un héroe de ficción o estamos ante una figura mesiánica que nos asegura que a pesar de que el mal se imponga, la esperanza siempre será posible. Misión: Imposible – Sentencia final es el último dead end. En esta ocasión nos queda muy claro que si no se encuentra una clave en el submarino atómico Sebastopol, la Entidad se apoderará del mundo, empezará una guerra nuclear y el fin estará al llegar. No obstante, esta ficción, que se apunta desde el primer momento, resulta algo más que una simple especulación: por primera vez en la saga, cualquier parecido entre el mundo que se describe y nuestro presente no es pura coincidencia. La inteligencia artificial se está apoderando del conocimiento, la verdad ha desaparecido de la política, los nuevos predicadores están usurpando el poder y la Entidad ha empezado a controlarlo todo. ¿No nos resulta reconocible este mundo que presenta Misión: Imposible?
A diferencia de otras películas, Christopher McQuarrie decide utilizar una parte significativa de su metraje para decirnos cuál puede ser el papel de un mesías ante este universo. Ethan Hunt no es ningún superhéroe, sino un ser con sus debilidades, con un destino prefijado. Mientras superaba todo tipo de pruebas, también creaba situaciones comprometidas y se iba apartando del mundo oficial. Misión: Imposible – Sentencia final va dando explicaciones de las diferentes vías emprendidas, de las acciones realizadas en el pasado y de la verdadera significación que poseen esos metrajes ultrasecretos que se destruirán en pocos segundos. La voz que le encarga la última misión a Hunt es la de la Presidenta de Estados Unidos que, consciente de que el tiempo se está agotando, recurre a ese agente paralelo –y a sus amigos– para llegar al final. La Entidad lo tiene todo a punto, el malvado Gabriel –quizás un Elon Musk latino– está dispuesto a todo. La partida puede empezar, pero hasta que ha transcurrido más de la mitad de la película casi no ha habido acción, ni ninguna persecución, ni ninguno de los set pieces que han caracterizado la saga. Todo parece estar a punto para que el último acto de salvación del mundo esté acompañado de un quíntuple salto mortal sin red. Después de una escena de buceo en las profundidades de la tierra pasamos a las alturas. No es una persecución, sino un duelo en las alturas. Si la primera parte de MI7 acababa en un tren, como si fuera una actualización de El maquinista de La General (1926), de Buster Keaton, esta acaba como una actualización de Alas (1929), de William A. Wellman. El mejor cine de atracciones brilla con todo su esplendor, como solo puede brillar el mejor cine de acción en una pantalla grande. De todos modos, a pesar de la perfección que demuestra Tom Cruise en el trapecio y el impecable trabajo de dirección de Christopher McQuarrie, hay algo de crepuscular en la escena. La película no es solo el último capítulo de la mejor saga de acción que ha dado el cine en los últimos años, sino que hay en ella algo de retorno imposible. Parece como si fuera el canto del cisne de una forma de blockbuster basado en el equilibrio en la pista que está languideciendo. Con Misión: Imposible – Sentencia final, no solo muere una saga, sino toda una determinada concepción del cine espectáculo. Ethan Hunt puede salvar el mundo, pero en este presente Tom Cruise difícilmente podrá salvar, a pesar de su notable y apasionante empeño, lo que queda de ese cine de acción con el que algunos hemos crecido.








