La película de Saulė Bliuvaitė, ganadora del pasado Festival Internacional de Cine de Locarno, narra una historia sórdida sobre la autopercepción del cuerpo, la búsqueda de la perfección y la vida en una ciudad industrial de la periferia lituana. Un coming of age visceral y cruento en el que dos amigas adolescentes, Marija y Kristina, se apuntan a una agencia de modelos con el fin de encontrar la manera de salir del lugar sin futuro en el que viven. La película apuesta por el feísmo de la imagen, donde lo visceral se intensifica sin tregua a través de los elementos visuales (la comida descompuesta y putrefacta, los primeros planos del ojo o la basura omnipresente) los sucesos que las chicas viven (drogas, competiciones entre modelos, el gusano que Kristina ingiere para perder peso), y hasta lo que acontece fuera de campo. De hecho, tal vez lo más interesante de la cinta sea esta exploración de lo que no se ve, y que se esconde incluso de la trama, dejando al espectador rellenar unos huecos de la historia que solo puede suponer, por lo que será labor de cada uno imaginarse los límites de esas historias (el masaje, la mañana del lago).
La película hace una crítica al sistema que manipula la percepción de las mujeres hacia sí mismas y hacia las demás, tema crucial a la edad de las protagonistas, pues en los años de adolescencia, la autopercepción tiene un impacto aún mayor en el desarrollo personal y social. Cuando una persona se enfrenta a la problemática del cuerpo, lo que realmente le ocurre a esa persona está bajo la superficie, el otro solo puede suponerlo en base a sus propias perspectivas, y es aquí donde el recurso del fuera de campo narrativo funciona tanto para la película como para la crítica que realiza. Una película sobre el asfalto y su dureza (no es casualidad que en el plano final este último inunde el encuadre), en la que el horror y la miseria traen consigo la dulzura y, a pesar y a través de su ‘feísmo’ logra construir belleza. Cada pequeño gesto, que podría pasar desapercibido, resuena aquí como un aliento de esperanza para estas chicas, aportando otra profundidad al sentido del mismo porque, cuando el mundo es un lugar tan hostil, algo tan sencillo como la caricia de una amiga o un partido inocente de baloncesto se convierte en un universo nuevo.
Clara Tejerina











