Sería muy fácil, quizá demasiado, abordar Polvo serán como una película sobre la eutanasia, como una reivindicación de la ‘muerte digna’ aunque sea a través del ‘suicidio asistido’. El cine, por lo menos el que nos importa a algunos, nunca dice cosas tan obvias: si acaso solo las sugiere o las oculta entre sus imágenes para que las busquemos. En ese sentido, pues, digamos que el nuevo film de Carlos Marqués-Marcet se sirve de esa excusa para construirse a sí mismo, o puede que para deconstruirse, pues lo que vemos en pantalla es un conglomerado de imágenes que a duras penas forman un relato, y no por incapacidad, sino por voluntad propia: desde el ‘polvo’ del título a la escena en el crematorio de los créditos finales, queda clara ya esa voluntad de desmenuzar, de pulverizar, de convertir escenas y secuencias en una miríada de imágenes que podrían ir por cualquier dirección, que se niegan a verse reducidas a una única interpretación. Polvo serán es la historia de una familia que se ve alterada cuando a la madre, actriz eminente (memorable Ángela Molina), le es diagnosticado una enfermedad terminal, lo cual precipita en su pareja, un prestigioso director de teatro (Alfredo Castro, conmovedor), el deseo de irse con ella. Pero también podría ser una historia de amour fou, llevado hasta la locura y la muerte. O la peripecia de una hija que no entiende a sus padres. O de unos padres que no entienden a sus hijos. O de un tiempo que se acaba y otro que empieza… Lejos de cebarse en el dolor de la agonía y la muerte, el film es, simultáneamente y entre otras cosas, un melodrama y un musical –los géneros más extremos, siempre cercanos al fantastique– y acaba funcionando como un mecanismo mutante que, sin embargo, parece tener muy claro adónde se dirige, a esa parte final deslumbrante, sorprendente, que combina sin rodeos el desgarro y el humor.

Las pocas, calculadas escenas musicales, coreografiadas por la compañía de danza La Veronal, no convierten el film en un musical, pero sí que actúan como en el musical clásico: son interrupciones, fugas hacia el delirio en el que se va transformando el mundo terminal de la protagonista, al mismo nivel que su tendencia a la representación, a lo operístico o lo teatral, o que las referencias al Barroco, a Quevedo, incluso a Busby Berkeley. Constituyen así su enfermedad llevada al límite, aquello que su pareja intenta contener con su tristeza, su pasividad, sus dudas. Pues bien, es el choque entre ambas actitudes, entre el estallido y la calma, entre el fuego y la distancia, el que da forma al film, el que le confiere su ritmo peculiar e imprevisible, tan musical o más que sus escenas musicales. Y el que acaba configurando un espacio fílmico que, situándose en el tiempo de la espera –la espera de la muerte–, intenta mostrar todo lo que cabe en él. De ahí que el film esté lleno de elipsis a veces brutales, de omisiones argumentales, de cosas nunca dichas o explicadas… ¿Para qué? Al contrario que en La habitación de al lado, donde Almodóvar también habla de la ‘muerte digna’ diciéndolo todo, aquí se trata de esbozar apenas nuevos principios, un lenguaje en sus primeros balbuceos. Mientras el film de Almodóvar cierra una época, el de Marqués-Marcet podría abrir otra, tal es su energía incontrolable, ese fascinante flujo de imágenes al que no quiere dar forma definitiva porque, si se trata de hablar de la muerte, esa sería una tarea imposible.

Carlos Losilla