Colonialismo a través de un taxi

Bruno Lozano Palma

En 1967 la región sudoeste de Nigeria proclamó su independencia del resto del país surgiendo así la República de Biafra. La secesión de esta región del país de África occidental fue promulgada y subvencionada por potencias europeas como forma de desestabilizar la región y poder explotar sus recursos petroleros. Este movimiento geopolítico desembocó en una guerra civil de tres años y causó cerca de un millón de muertes. Tras su reunificación con Nigeria, las potencias europeas aprovecharon el estado devastado de la zona para a través de ‘campañas de solidaridad’ reconstruir el territorio del golfo de Biafra, a la vez que las empresas petroleras se apropiaban de sus recursos. En Go Ye Afar (Frank Sweeney, 2025) se muestran las consecuencias de esta olvidada historia a través de un taxista igbo (etnia mayoritaria del sudoeste de Nigeria) residente en Dublín.

El cortometraje comienza con un plano del taxi a las afueras de la capital irlandesa iluminando una escultura de una imagen cristiana. Las imágenes religiosas adquieren gran relevancia en el film, pues son una representación de cómo las empresas europeas utilizaron las campañas solidarias cristianas como tapadera para apropiarse del control financiero del golfo de Biafra. Este concepto, gana mayor relevancia al situar la trama en Irlanda, un país fuertemente arraigado en el catolicismo. A su vez, la cinta revela cómo este estado también fue partícipe de la campaña económica en la región y pone este hecho en contraposición con su pasado como excolonia británica, pues a pesar de haber sido devastada por una guerra colonial a principios del siglo XX, acabó actuando como potencia depredadora en Biafra.

El petróleo, tema central en la película, es representado como sangre que sale de un coche, funcionando como alegoría a la sangre que ha sido derramada para poder llenar el depósito. Al mismo tiempo, el propio vehículo representa el colonialismo. Durante todo el metraje vemos cómo sirve de transporte para empresarios y agentes capitalistas irlandeses, mientras el chofer los va dirigiendo a sus destinos; sin embargo, este símil cobra más significado al final, cuando descubrimos que, incluso cuando el taxista deja de conducir el automóvil, los capitalistas se siguen subiendo y este sigue llevándolos a su destino, sin necesitar que nadie lo conduzca, pues la explotación avanza sin impedimentos, sin importar el destino ni el conductor, concluyendo en un resultado que siempre será el mismo.


Memoria, archivo y abstracción

Diego Gil

Mediante los trayectos de un conductor de taxi de origen nigeriano por las calles de Dublín, el director Frank Sweeney nos introduce en la visita de los ecos del pasado y sus fantasmas del presente. Los inhóspitos lazos que existen entre dos países corrompidos por la hostilidad y la continua hambre de caos que ha perseguido al ser humano desde que el poder se puso sobre la mesa. Go Ye Afar (2025) representa, a través de ensoñaciones, diferentes concepciones arraigadas en las culturas de dos naciones; el conductor sirve de guía a lo largo de la historia de aquellos espectros que permanecen en las carreteras y espacios fundados por cuerpos sacrificados, aun respirando sobre el hombro de quienes los creen esfumados.

Los planos cortos y la sensación de estar completamente ahogados en los interiores del taxi son la premonición ideal sobre los artefactos fílmicos a los que su director recurrirá en forma de testigos y material de archivo que se entrometen en la línea temporal del conductor, generando así una fuerza abstracta una vez uno de los pasajeros hace de mediador frente a la infinitud del viaje. En una escena, el conductor se ve obligado a detener el auto; parece existir un problema con los intestinos del mismo, y una mujer se acerca para ayudar a nuestro protagonista. Su presencia, ya de primeras, se percibe con gestos de incomodidad, y mucho de lo que dice no sigue una coherencia convencional. Finalmente, esta mujer se dispone a inspeccionar el vehículo; parece tener una fuga de aceite, y en cuanto la mujer embarra sus manos sobre dicha fuga, el aceite parece tornarse más rojo de lo normal, como si de sangre se tratara.

A partir de aquí, las intenciones se disparan con sinergia entre el simbolismo y la denuncia férrea. Objetos de discusión como el colonialismo o el nacionalismo toman especial protagonismo conforme el desplazamiento se hace largo, y el particular pasajero de antes se dedica a recitar una compilación de eventos que abren heridas para ser cubiertas u olvidadas por una cierta clase de individuos. El tono con el que lo dice parece ser de arrepentimiento o incluso confesión; sin embargo, nuestro protagonista no exterioriza respuesta alguna y se dedica simplemente a escuchar. Su figura se convierte en un testigo más de las fechorías de una época ante las que sus antepasados sucumbieron y a la cual se lanzaron en contra respuesta en algún punto. Go Ye Afar lo exhibe fungiendo de puente hacia una especie de reconciliación, sin ignorar los errores de ambos bandos por el camino.