A través de la pantalla

Alicia cruza el espejo y aterriza en Madrid en la exposición ‘Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas’. Las imágenes despiertan: el cine habla y conduce al visitante por los laberintos de CaixaForum.

Un recorrido onírico por la historia y las múltiples vidas del personaje de Lewis Carroll, desde sus orígenes literarios hasta sus transformaciones en el arte y el cine. 

Con cinco ámbitos temáticos y un amplio programa de actividades, es la exposición más ambiciosa dedicada al universo visual y simbólico de la heroína moderna.

Una niña de seis años se detiene ante la proyección temblorosa de Alice in Wonderland (1903), cortometraje dirigido por Cecil M. Hepworth y Percy Stow. La niña no dice nada. Sabe que está en un museo. Observa. Mira las figuras rígidas, sus disfraces sin color. A su lado, su hermana mayor le acaricia el pelo mientras le explica la escena, pero la niña no escucha. Solo rompe el silencio cuando el zumbido del cinematógrafo capta su atención: “¡Es Alicia, pero en personas antiguas!”, grita ella.

No pude evitar oírla. A unos pasos de distancia, me quedé mirándola. Ella seguía absorta mirando la primera adaptación cinematográfica de los mundos de Lewis Carroll. En la pantalla, una actriz encarnaba al célebre personaje, basado a su vez en otra niña real: Alice Liddell. Esa cadena de miradas femeninas –la mía, la suya, la de la Alicia proyectada en celuloide– condensaba, de algún modo, toda la experiencia de la exposición: una red de reflejos, desplazamientos e identificaciones. Frente a nosotras, una imagen extraña y primitiva; entre nosotras, un siglo de proyecciones.

La escena descrita –mi experiencia viendo a aquella niña– tuvo lugar en mi visita a la exposición ‘Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas’ (CaixaForum). Más que mostrar, la muestra invita a caer: a seguir a Alicia, no por un sendero narrativo, sino por un itinerario visual de duplicaciones, metamorfosis y reflejos. Mi escena –en apariencia anecdótica– revela una percepción interesante. A pesar del bombardeo de estímulos visuales propios del presente, aquella Alicia primitiva conserva una capacidad de fascinación que no depende de la espectacularidad, sino del extrañamiento. La precariedad técnica –el grano, la frontalidad de la cámara, la gestualidad teatral– se convierte, paradójicamente, en una forma de hipnosis que sigue llamando la atención. Al contemplarla, la niña real no establece una relación nostálgica, sino especulativa: reconoce lo que ve como enigma, y al enigma como lenguaje que al final interpreta. Y lo hace porque todo es imagen.

Antes de que Alicia en el país de las maravillas fuera un libro ilustrado, una película muda o un universo expandido, ya era imagen. Recordemos que en el capítulo III del libro de Carroll, el ratón contaba su historia en forma de caligrama: un texto que descendía en espiral como una cola, jugando con la homofonía entre tale (cuento) y tail (cola). Esta elección lúdica servía como declaración de principios y podemos considerarla, hoy, primer movimiento intermedial de la obra: la palabra, ya desde el comienzo, convertida en imagen.

Y es que desde aquellos primeros bocetos de Carroll en Alice’s Adventures Underground y, después, desde las planchas xilográficas de Tenniel, el universo de Alicia se configuró como una experiencia visual. Las ilustraciones, lejos de ser un simple acompañamiento, organizaban el texto visualmente: construyendo una lógica, fijando una sintaxis que definía cierta cadencia. El paso de la historia al cine prolongó esa misma voluntad. La primera versión filmada, de 1903, ya lo hacía: adaptaba el relato desde la necesidad de dotar de movimiento a las ilustraciones. El libro funcionaba para aquella primera cinta como storyboard, como imagen ilustrada que antes o después tenía que convertirse en plano cinematográfico.

Una instalación dentro de la muestra –dos televisiones superpuestas sobre fondo negro– permite comparar directamente las versiones de 1931 (Bud Pollard, Estados Unidos) y 1949 (Dallas Bower, Francia-Reino Unido). La propia disposición de la sala funciona como ensayo visual, pero también como cartografía comparada de la puesta en escena. Todo lo que persiste, todo lo que muta. Las imágenes caleidoscópicas, los decorados de bajo presupuesto, las máscaras grotescas y las marionetas conforman la arqueología del mismo imaginario.

El verdadero punto de inflexión llega en 1951, con la versión de Walt Disney, que no fue un éxito en taquilla, pero reformuló la imagen de Alicia para siempre (afectando, si se quiere ver así, también al libro original desde la perspectiva de la literatura comparada). Aquella dirección artística reemplazó el detallismo victoriano por una sinfonía de color. La exposición reutiliza algunos materiales del proceso: bocetos conceptuales, notas mecanografiadas, secuencias de animación, acetatos. Todo revela una tensión entre el espíritu filosófico del texto y la maquinaria narrativa del estudio. Pero también una intuición precisa: para que Alicia se transformara en producto Disney, necesitaba mutar del extrañamiento y las porcelanas del XIX a un mundo, mucho menos oscuro, aunque aún inquietante y preparado para la psicodelia que estaba por llegar.

A partir de ahí, Alicia deviene en iconografía global. Pintura, música, teatro, publicidad, moda. El cine la retoma una y otra vez. Versiones stop motion, interpretaciones feministas, reescrituras pop, montajes escénicos y fragmentos lisérgicos. Peter Blake, Ralph Steadman, Leonora Carrington. Las instalaciones de los años sesenta. Las versiones en anime, las reinterpretaciones surrealistas. La muestra las entrelaza sin jerarquías: Alicia como cuerpo en fuga, figura proteica y matriz de disidencias. De todo ello hay muestra en CaixaForum.

También hay lugar para la figura real de Alice Liddell, aquella niña que inspiró la creación del personaje. Las imágenes de Liddell, de niña y de adulta, aparecen en varias secciones de la muestra. En los retratos de Carroll, su rostro solemne desborda la categoría de musa. Verla en fotografías tomadas décadas más tarde, resulta perturbador: el cuerpo real en contraste con su prolongación fabulosa. Libro, ilustración, imagen en movimiento y símbolo recuperan la materia en el rostro de Alice Liddell. En ese contraste se insinúa una pregunta sin formular: ¿qué sucede cuando una figura fantástica, imaginada por un hombre victoriano, se convierte en referente plástico, político y cultural de un siglo? Tal vez, que las niñas representadas comienzan a mirar, a desobedecer, más aún, y a transformarse en cualquier lectura posible.

La exposición traza así una historia visual de la reescritura de Alicia. Como señala el teórico José Antonio Pérez Bowie, todo texto que se transfiere de un medio a otro no se limita a adaptarse, sino que se vuelve “una práctica de apropiación y de desplazamiento”. Las imágenes de Alicia –en cine, teatro e ilustración– no repiten el original: lo reescriben. El mito se amplía porque nunca estuvo cerrado. Además, al liberarse sus derechos de autor en 1907, lo que era texto pasó a ser campo abierto para la reapropiación, la disidencia y la cita infinita. La música, el teatro, el ballet, la fotografía, la moda y hasta la ciencia han recurrido al icono para reinterpretarlo. Desde entonces, cada nueva Alicia ha sido también una posibilidad de emancipación y de inversión del relato.

Los mundos de Alicia. Caimán Ediciones
Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas. © Fundación La Caixa

La exposición, cuya puesta en escena ha corrido a cargo del escenógrafo y dramaturgo Ignasi Cristià, no solo ofrece una inmersión estética, sino también reflexiva sobre cómo leemos, miramos y reescribimos las imágenes que definen nuestra cultura visual. Un dispositivo, tan sugerente como sensible, que entrelaza historia y deseo, memoria y proyección. El recorrido se cierra –o más bien se transforma y se disuelve– en una sala oscura y silenciosa. Un sillón individual, unos auriculares, una voz cálida que pregunta: “¿Alguna vez has caído por un agujero?”. La voz envuelve al visitante en una meditación guiada, pero también en una experiencia de lectura y reflexión: las frases del libro se proyectan allí como relámpagos sobre las paredes, y la historia se convierte en un tránsito interno. Uno comprende entonces que la exposición no busca explicar Alicia, ni encerrar su sentido, sino abrirlo para habitar la imagen y a dejarse atravesar por ella.

La propuesta no invita a caer para perder, ni para perderse. Se cae para ver. Desde el principio, el visitante entra en la imagen –en la madriguera, en el suelo de damas, en el espejo, en un mar de lágrimas proyectado en las paredes y en aquel el caligrama de la cola de ratón en espiral– y avanza como Alicia: con los ojos muy abiertos.

Se podría comentar mucho más, enumerar todo lo visto en los juegos de espejo y en los ojos de la niña que miraba la película de 1903 (“¡Es Alicia, pero en personas antiguas!”), pero es mejor visitar ‘Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas’ en CaixaForum. Es recomendable andar la exposición con calma hasta dejarse empequeñecer por el gran árbol de resonancias cinematográficas. Luego esperan la sala del té y las enormes cartas del rey y la reina de corazones. Por eso lo dejaré aquí porque –como recordaba el Conejo Blanco–: “¡Es tarde, es tarde! ¡Terriblemente tarde!”.

Raquel Loredo