Carlos Losilla
El segundo largometraje de Faraz Shariat recoge elementos del thriller de conspiración hollywoodiense de los años setenta para ponerlos, supuestamente, al día. Tenemos oficinas siniestras, un ambiente urbano enrarecido, gargantas profundas… Incluso el complot, aun siendo otro, aparece tratado de la misma manera: una amenaza exterior que pugna por intervenir en el orden democrático. Y si en aquellas películas de hace medio siglo la sombra más alargada era la de Nixon y el Watergate, ahora son los grupúsculos de ultraderecha y su conexión con las instituciones –la justicia, la policía…– quienes se ocultan en la sombra y se convierten en la obsesión de los protagonistas. En Prosecution, una fiscal de origen asiático es víctima de un atentado y, ante la pasividad de las autoridades, se pone a investigar por sí misma. Lo más interesante del film, sin embargo, no es tanto esto –que desemboca en una mixtura entre el cine de Charles Bronson, el de Clint Eastwood e incluso el de superhéroes, en una parte final no muy afortunada–, como el efecto que provoca: al incrustar en nuestro convulso presente aquellas formas y tramas, queda un espacio intermedio lleno de sombras; al superponerse los dos tiempos, se crea un tercero que actúa en el exterior, una narrativa fantasma que viene a añadirse a otras que ya hemos viendo en esta sección social. ¿Se puede seguir narrando así?
Pues, en el fondo, la película de Shariat es la crónica de un doble malestar: el de un sistema democrático que apenas dispone ya de armas para defenderse de lo que se avecina, y el de un sistema narrativo que muestra sus dudas a la hora de hallar un lenguaje capaz de estar a la altura de ese desafío. En Prosecution, esos ‘nuevos’ instrumentos se limitan a reciclar tendencias y modelos de relato que lo mismo pueden servir para un roto que para un descosido. La fiscal se convierte en superhoína –el poder que conlleva responsabilidad, blablablá– y en lugar de psicópatas enfermos tenemos psicópatas imbuidos de una ideología supremacista. El marco, sin embargo, no cambia: no hay ambigüedades, los ‘malos’ se van desvelando como tales poco a poco, con alguna que otra sorpresa, y el itinerario de la protagonista, ayudada por su chica y por otra voluntariosa fiscal, adquiere visos de aprendizaje político y vital que en poco se diferencia de los que experimentaban Robert Redford o Warren Beatty hace cinco décadas. En el marco de esta sección oficial de SEMINCI, no obstante, el film tiene la virtud de aclarar la cuestión del fantasma: por un lado, relatos que parecían muertos y vuelven a la vida; por otro, fantasmas políticos que parecían superados y regresan para habitar entre nosotros. Todo se va concretando poco a poco, como veremos.








