Fernando Bernal
En su ópera prima, Bérenger Thouin propone un apasionante diálogo a tres bandas entre historia, ficción e imágenes de archivo. Como parte del proceso de investigación y preproducción del film, el cineasta francés indagó en el patrimonio fílmico familiar y también en las latas que se conservan de los míticos noticiarios producidos por Gaumont y Pathé a comienzos del siglo pasado. A partir de esta labor archivística, Thouin da forma a una historia que literal y textualmente se incrusta en esas imágenes, que no solo sirven como contexto documental para la acción, sino que arropan lo narrativo integrando la acción real y el patrimonio registrado hace décadas gracias a la aplicación de la tecnología de generativa. Esta apuesta formal abre las puertas a que un film de época -que se prolonga a lo largo de más de cincuenta años- aglutine en su interior varios formatos, jugando a la vez con el color, el blanco y negro o el grano en las imágenes. Pero también con los códigos formales del cine mudo, la captura de movimiento o el morphing para intervenir en el retrato de personajes.
Todo un ambicioso ejercicio que una vez puesto en escena tiene más de método de representación clásico que del barroquismo que su dispositivo formal parecía augurar, tanto por lo suntuoso de la dirección de arte como por la libertad que exhiben sus encuadres. Y quizá por este motivo, también sus imágenes oscilan en su capacidad para sorprender o cautivar, según la tensión dramática de cada momento de la historia, al espectador. Narrativamente asistimos a un relato río que sigue a Jeanne Lavaur (perfectamente matizada en su trabajo por Souheila Yacoub), por parte algunos de los momentos más importantes de la historia de la primera mitad del siglo XX. Una mujer que nace en el seno de una familia humilde en un pueblo y que termina siendo parte de la alta sociedad de su época, gracias al destino, pero también a su decisión frente a la vida, una dualidad en la que ahonda el discurso político sobre el enfrentamiento entre clases que sustenta el film. Obviamente, no faltan los elementos románticos –la protagonista se debate entre dos amores, un hombre y una mujer, de caracteres diametralmente opuestos– y las correspondientes dosis de drama y épica. Cuestiones inherentes al roman-fleuve que, aunque Thouin persigue invocar en su plenitud dentro de su dispositivo fílmico, acaban por sepultar ligeramente su audaz carácter visionario por debajo de lo puramente expositivo.








