Poéticas de la materia y los elementos
Jazmin Aliaga
Entre un corto profundamente sinestésico como It’s okay to eat fish because they don’t have any feelings (2019) y otro más asociativo como Restbestand (2025), se encuentra el cine de Stefan Koutzev para retratar, desde una poética de la naturaleza y de la materia, los enigmas que atraviesan sus obras. Sin voluntad de descifrarlos ni de clausurar sus sentidos, sus cortometrajes proyectados en la Sección ESPEJOS de la XII Edición de FILMADRID, invitan a habitar un recorrido sensible donde los elementos funcionan como vehículos para acercarse a aquello que permanece oculto. Koutzev construye un cine donde la comprensión surge mediante la relación afectiva con el agua, el aire, la madera, el polvo o el movimiento de las máquinas y, a su vez, con los cuerpos que habitan junto a ellos.
En It’s okay to eat fish because they don’t have any feelings esa lógica alcanza una de sus formas más conmovedoras. Se trata de un cine extremadamente sensitivo, donde el razonamiento habitual parece invertirse. El agua, representada por la piscina, se convierte en el espacio propio para habitar, mientras que la tierra, condensada en el edificio y la cocina del hogar, aparece como el territorio extraño donde se aloja una incógnita imposible de nombrar, aunque constantemente se percibe una hostilidad. En el montaje paralelo entre la chica que recupera el aliento después de nadar y el destripamiento del pescado, se encuentra el núcleo emocional del cortometraje. En estos planos se sintetiza la idea de una existencia atravesada por un dolor que nunca se revela del todo pero que impregna cada acción. La protagonista encuentra en el agua una forma de contención que no posee fuera de ella; flota, se expande y parece pertenecer naturalmente al líquido. Por el contrario, cuando atraviesa el portal del edificio y sube por las escaleras, el aire se le vuelve asfixiante. El viento que mueve las sábanas colgadas en el patio, señala precisamente esa contradicción: el aire circula libremente, pero ella no puede habitarlo. Como un pez fuera del agua, necesita de su inhalador para continuar. La rima visual entre ese gesto y la pistola de la niña, transforma la respiración en una cuestión de supervivencia. La película nunca explica el origen de su angustia; la construye mediante cortes abruptos y una percepción corporal del espacio. Por eso, cuando la chica retorna a la piscina –aunque sea su imaginación–, el agua deja de ser solamente un lugar físico para convertirse en un refugio emocional. El clavado final y el paneo de cámara que acompaña su desplazamiento resignifican retrospectivamente toda la experiencia: ella es también el pescado destripado, aunque conserva lo que el título niega con ironía: sus sentimientos.
Restbestand desplaza esa sensibilidad hacia otro terreno, pero mantiene intacta la capacidad de encontrar poesía allá donde pareciera que domina la materialidad más dura. La maquinaria perfecta, la estética rigurosamente cuidada y los encuadres precisos funcionan como engranajes de una misma estructura visual. La madera es tallada, ensamblada, pintada y barnizada para convertirse en un ataúd; es decir, para transformarse en el objeto destinado a acompañar el último estadio de una vida. El cortometraje observa ese proceso con fascinación formal, pero también con una atención constante a las condiciones que lo hacen posible. La armonía de la producción industrial convive con el incesante ruiderío de las máquinas y con las conversaciones de los trabajadores sobre el recuento de horas para alcanzar la banda salarial mínima. En esa yuxtaposición entre la belleza de las imágenes y el desgaste que implica el trabajo masificado, emerge la dimensión crítica de la película. Koutzev no la subraya, deja que aparezca en la tensión entre la perfección de los ataúdes y el costo humano de su elaboración. Sin embargo, incluso en ese contexto, persiste también la posibilidad del deseo. El aserrín que cae hacia el abismo, la mariquita de la suerte que se posa sobre la mano de un trabajador o la puerta de la fábrica que se abre sola, introducen pequeñas interrupciones en la lógica productiva. Conforman los instantes donde asoma el anhelo. No como una liberación efectiva, sino como la persistencia de una esperanza mínima que continúa existiendo a pesar de todo. Como los restos de madera que se creman y vuelven a convertirse en polvo, también el agotamiento encuentra una forma de transformarse. En ese sentido, Restbestand dialoga profundamente con It’s okay to eat fish because they don’t have any feelings: si en uno el agua ofrece un refugio frente a un dolor imposible de nombrar, en el otro la imaginación y el anhelo aparecen como una pausa frente al agotamiento laboral. Ambos cortometrajes encuentran en los elementos materiales una vía para hablar de aquello que permanece invisible, construyendo un cine donde la sensibilidad busca no resolver el enigma de la existencia, sino acompañarlo.
Why Hasn’t Everything Disappeared Yet? (Stefan Koutzev). Filmadrid 2026 – Sección oficial








