El primer largometraje del realizador y guionista andaluz es un drama romántico que relata el encuentro entre un hombre trans y una mujer hispano-marroquí. Se trata de una obra cálida que incluye bellezas y también dolores e incomodidades, opresiones sociales e incomprensiones de todo tipo. Su autor cultiva una cierta accesibilidad que mantiene las distancias con ese cierto sentido común audiovisual caracterizado por el montaje fragmentario y la imagen impaciente
Ivan & Hadoum parece tanto una película de amor como un drama social. ¿Alguna de las dos partes se impone sobre la otra? Durante el proceso de escritura tenía muy claro que la historia de amor de la pareja protagonista estaba por encima de esas otras capas a las que tú denominas drama social, que me parece una etiqueta muy elitista. Quería tener en cuenta muchos de los factores que envuelven a esta pareja, pero sin que esos factores se comiesen la historia de amor y de deseo. Y también de ese despertar de conciencia de clase, a través del deseo, que vive Iván (Silver Chicón). ¿Cómo llamo entonces a esta película? ¿Es un drama social o una historia de amor romántica? Es las dos cosas, pero ninguna al 100%.
¿Esa reserva hacia la tradición del drama social nace de la sensación de que algunos cineastas pueden mirar un poco desde las alturas? Sí, claro, y esto tiene mucho que ver con quién produce, escribe y dirige las películas. El cine es un deporte para ricos que tiende a lo elitista porque es un arte, y a la vez una industria, para el cual es muy difícil formarse, al que es muy difícil acceder y en el que es muy difícil perseverar porque necesitas un colchón para conseguir mantenerte mientras esperas tu oportunidad. Es muy complicado. Es normal que esas personas que tienen ese colchón miren un poco desde arriba.
Después de unos inicios muy independientes, ¿extraes algo de tu experiencia dirigiendo capítulos de series para tu primer largometraje? Me he traído músculo de rodaje por el ritmo que te imponen las series de filmar muchas escenas en un día, por la resolutividad que te demandan. ¡Y eso que no eran de emisión diaria! Llegamos a rodar siete escenas pequeñas de Iván & Hadoum en un día.
¿Y qué problemas tuviste que superar? Piensa que el rodaje duraba cinco semanas e incluía bastantes localizaciones. Muchas veces no teníamos tiempo de filmar las escenas con plano y contraplano. Así que coordinábamos cámara y movimiento interno de los personajes para hacer planos secuencia y poder contar con varias tomas. Bea [Beatriz Sastre, directora de fotografía] y yo estuvimos haciendo mucho trabajo de escritorio antes del rodaje, pero la realidad de la producción hizo que encontrásemos un lenguaje para la película.
¿Y crees que esa experiencia con las series también influyó en el planteamiento general del proyecto? Parece una obra anfibia que encaja tanto en un festival de autor como en la exhibición en salas comerciales. Yo creo que no tiene que ver, porque siempre he tenido afán de conectar con el público sea cual sea su nivel de cinefilia. Mi corto Victor XX (2015) ya conectaba con bastante gente. Recuerdo que cuando estudiaba decía: quiero que mis padres y mi abuela entiendan lo que hago. Y no estoy hablando de infantilizar ni de simplificar demasiado, sino de contar historias sencillas pero profundas, con personajes muy específicos y sentimientos universales. Que habla directamente al espectador sin mirarlo por encima del hombro.
Dentro de esta autoralidad inclusiva, por decirlo de alguna manera, mantienes distancias con algunos recursos del audiovisual más comercial. Das tiempo a la audiencia para que habite las escenas, no las fragmentas demasiado. En parte, eso viene de que me encanta la dirección de actores. Y siento de forma instintiva que, si no dejo la cámara grabando, si no doy tiempo a los actores para que algo suceda, ese algo no va a suceder. E intento que los planos se aposenten. Uso tomas largas que están preparadas, cuidadas, con un ritmo interno que las sostenga… Queríamos que la película fuese un abrazo para las personas que quisiesen entrar en ella.
¿Has manejado algunos referentes específicos para este proyecto, o que, en general, consideres que han modelado tu visión de la forma cinematográfica? Zabriskie Point (1970), de Antonioni, que descubrí hace bastante tiempo, y que se me quedó impregnada. En un momento dado, aunque ahora quizá ya no, Tony Gatlif fue muy importante para mí. Y me ha apelado muchas veces la sensibilidad de Céline Sciamma y cómo retrata a los personajes. Otro que está siempre es José Val del Omar. La escena de los espejos de Iván & Hadoum tiene algo de su cine.
No sé si podemos considerar Ivan & Hadoum una película interseccional. El cruce de camino entre diversas realidades materiales, económicas, laborales, habitacionales, e identitarias, como las diversidades de género y de procedencia, es constante. Yo no era muy consciente de eso hasta el estreno en Berlín. Alguien me dijo que la película sirve para explicar qué es lo interseccional a alguien que no lo entienda. Cuando escribía, intentaba que la película no se convertiese en una película sobre la lucha de las envasadoras, porque el personaje y el conflicto era tan potente que se comía la película y había que equilibrarlo con la historia de amor y el personaje de Iván. Eso se ha ido tamizando a lo largo de las diferentes versiones de guion, de los script doctors, de las personas que nos han ayudado a escribir el guion, las amigas que se lo han leído y han opinado… Para mí era importante mostrar todas las caras, todo lo que rodeaba a los personajes para que se pudiese entender a qué obstáculo se enfrentaban: el capital, el dinero, la aspiración de clase. Esa gran bola que no te permite hacer según qué, en la que estamos metidos todos, tiene muchas intersecciones.
Entrevista realizada en el D’A (Barcelona),
el 25 de marzo de 2026.
Ignasi Franch








