Un puente entre dos tiempos
¿Qué os parece que vuestra película se estrene en San Sebastián, en una sección como Zabaltegi-Tabakalera?
Enrique López Lavigne: Creo que Zabaltegi es el sitio adecuado para una película como la nuestra. Es un experimento que solo quiere dialogar con el film de Zulueta. Por lo tanto, estar ahí, un poco lejos del ruido del festival, me parece muy bien.
Marta Medina: En mi caso, me siento un poco abrumada, porque es la sección en la que están los filmes que a mí personalmente más me interesan.
E. L. L.: Pero la nuestra es una película de guerrilla, en la que todo el mundo ha hecho aportaciones creativas… Está muy bien ahí.
M. M.: Es verdad. Y que quiere provocar debate. Por eso, que esté en Zabaltegi, me parece interesante: ese es un público que cuando la haya visto seguirá hablando de ella.
Lo que se puede entrever en la película acerca de vuestra relación como codirectores, ¿corresponde a la realidad?
E. L. L.: El último arrebato quiere ser una película sobre una investigación, a varios niveles, pero finalmente acaba siendo un objeto muy distinto que no tiene definición, que no sabemos aún qué es.
M. M.: Es una película que se va haciendo a sí misma a medida que transcurre, pero no de una forma intelectual, ni racional, sino de una manera más intuitiva y visceral. Por eso es tan informe y mutante.
E. L. L.: Sucedían cosas y al minuto siguiente las integrábamos en la película; por ejemplo, los cambios de opinión de Jaime (Chávarri) respecto a su papel en el film. Y la parte final ocurrió tal cual…
M. M.: Sí, se nota la crispación en el ambiente. Por eso nos parece que tiene tanto que ver con Arrebato (1979), que también es algo así.
E. L. L.: Cuando vemos Arrebato, podemos entender por qué es un objeto fascinante: no había nada que la guiara, en el fondo, excepto una idea que siempre estaba flotando por encima de todo, porque en la película de Zulueta el tiempo se estira y da forma a un viaje hacia atrás, que es también lo que queríamos hacer con El último arrebato. Hay en esta última una búsqueda de las imágenes, de su sentido, del propio cine y de por qué nos afecta del modo en que lo hace. Es muy hermoso que Eusebio (Poncela) acabe desapareciendo finalmente en nuestra película, no en la de Zulueta: su última imagen lo muestra caminando por un túnel del metro, hacia ninguna parte.
M. M.: Queríamos que la película fuera un puente entre esos dos tiempos, el nuestro y el de Arrebato.
E. L. L.: Sabíamos que todo lo que gira en torno al film de Zulueta rezuma algo extraño: es una película que apareció y desapareció, como sus propios protagonistas. Como un organismo vivo y misterioso.
La vuestra es también una película sobre la aparición y la desaparición. Y un espejo situado frente a Arrebato pero también frente a vuestro propio trabajo. En el fondo, es un film de género fantástico…
E. L. L.: Es todo muy raro. Apenas habíamos acabado el film, nos encontramos aquí y nos confirman que vamos a ir a Sitges… ¡un festival de cine fantástico! Aún no hemos tenido tiempo de procesar todo eso.
Me interesa mucho el papel de Jaime Chávarri en el film. ¿Cuál es su verdadero rol?
M. M.: Lo interesante es cómo se va ‘haciendo’ ese ‘personaje’, como testigo de lo que pasó y como personaje del nuevo film.
E. L. L.: Coincidimos con él casualmente, en una sesión de la Filmoteca, y nos enteramos de que era amigo de Virginia Montenegro, en el fondo ‘el mago de Oz’ de Arrebato. Al final del camino, de nuestra película, llegamos a Virginia para que nos cuente quién era realmente Iván. Por eso decidimos hacer ese viaje hacia su guarida con una persona de su confianza, a la que ella conocía desde hace mucho tiempo [Chávarri], en lugar de hacerlo nosotros solos… Jaime ha sido enormemente generoso, pero también –y él lo reconoce– ha querido apoderarse de la película, que al final acaba siendo, quizá involuntariamente, una metáfora de esa generación que no puede olvidar aquella época. Quiere tener el control que entonces no tuvo, recuperar lo que pudo haber sido más suyo, lo cual es muy conmovedor.
M. M.: El momento en que se abre el arcón de Jaime es real, se filmó en presente. Y en las imágenes encontradas aparece Zulueta dirigiendo la película…
E. L. L.: Y es más interesante ver las reacciones del rostro de Jaime que el material: es una vuelta a su juventud, a aquel momento que quedó suspendido en el tiempo y ahora puede recuperar. La nuestra es una película sobre Iván Zulueta, protagonizada por Jaime Chávarri y dedicada a Eusebio Poncela. Eso lo dice todo.
Y es un film sobre una obsesión o alucinación colectiva que cada uno se toma de forma distinta…
E. L. L.: A mí me resulta sorprendente que Arrebato nos siga pareciendo no tanto una película de outsiders como una película-faro, que ha iluminado a las siguientes generaciones… El culto viene alimentado por ser el film de alguien que lanza esa bomba, con todas sus obsesiones, y luego se va para no volver. Y, efectivamente, cada uno tiene su lectura del film, su propia interpretación de la narrativa.
Algunos la consideran la película emblema de la Transición, incluso más que El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) o Furtivos (José Luis Borau, 1975), que también se conmemora en esta edición de San Sebastián.
E. L. L.: Arrebato es en el fondo un film inacabado que todo el mundo quiere completar. Siempre cuesta hacerlo, porque la película va cambiando con el tiempo. Para mí, antes era un gran film underground. Ahora es un film sobre la infancia y el paso del tiempo…
M. M.: Y por si fuera poco, cualquier estudiante de cine de ahora puede sentirse identificado con esas neurosis. En este sentido, aporta esperanza: se proyecta hacia el futuro desde ese pasado mítico de Pedro o José Sirgado, los protagonistas…
E. L. L.: Lo bonito es hacer películas que nadie espera ver, incluso que nadie ha pedido. Por eso, en estos tiempos de algoritmos, hay algo que da envidia en Arrebato.
Entrevista realizada en el Festival de San Sebastián, el 21 de septiembre de 2025.
Carlos Losilla








