Carlos F. Heredero

“Pruebas para una película en Portugal”, reza bajo su título Vidros partidos (2012), el hermoso film de Víctor Erice. A continuación, después de un nuevo rótulo (“Pruebas para hombres y mujeres”), se escucha el sonido de la claqueta y, acto seguido, se suceden las declaraciones a cámara del casting seleccionado allí por el director. Cuando entramos en Historias del buen valle se nos advierte que estamos ante “un work in progress de José Luis Guerin”. Sigue luego un hermoso prólogo de imágenes en blanco y negro filmadas originariamente en súper 8 mm y, después, algunas declaraciones a cámara –sobre un fondo exento, de colores planos– de los primeros componentes del casting elegido por el cineasta, durante las que escuchamos la voz en off de Guerin haciéndoles preguntas. De manera consciente o no (tanto da…), las películas dialogan entre sí, y resulta imposible adentrarse en este nuevo largometraje de Guerin sin que resuene en nuestra cabeza el inicio del film de Erice. A la postre, el cine moderno incorpora las huellas de su propia construcción, nos recuerda siempre que puede el director de En construcción (Premio Especial del Jurado en San Sebastián, 2001). Sean ‘pruebas’ o ‘work in progress’, sea una claqueta o la voz interrogadora del cineasta, la huella del creador y de sus procesos se hace visible y audible en las imágenes, lo que cobra todavía mayor sentido cuando estamos, supuestamente, ante trabajos de naturaleza documental.

Y esta tendría que ser también la primera pregunta que deberíamos hacernos ante la orgánica y armoniosa construcción fílmica que Guerin consigue tejer, como un primoroso tapiz árabe, a partir de su inmersión –durante dos años y medio– en el barrio barcelonés de Vallbona y entre sus habitantes: ¿estamos realmente ante un mero documental de aquel hábitat social o, más bien, ante una sabia elaboración ficcional tejida con materiales de matriz documental…? Materiales con los que Guerin construye un calidoscopio social, étnico, cultural y lingüístico bajo el que reverberan todos los grandes temas del mundo contemporáneo: la especulación con los terrenos, el urbanismo depredador, la gentrificación, el drama de la vivienda, las sucesivas oleadas migratorias, la violencia de las guerras y los estigmas que dejan sobre los niños, la Babel de lenguas, el cambio climático, la agricultura ecológica, las identidades cambiantes y dinámicas a despecho de criminales utopías nacionalistas, la solidaridad vecinal y la lejanía de las instituciones, entre otros muchos…

Ese calidoscopio multiétnico y poliédrico en todos los sentidos devuelve a los habitantes de Vallbona (a los que generosamente se pusieron ante la cámara del director, pero también a todos los demás) un sentido de colectividad, una imagen de su ocio y de sus sueños, de su memoria y su presente, de sus dolores y sus alegrías, de su música y sus anhelos. En definitiva, sí, claro está, una ‘construcción’; es decir, una verdadera ‘imagen cinematográfica’. El cine puede hacer estas cosas: puede devolver dignidad, entereza, felicidad y sentido vital a una comunidad olvidada y hasta sacrificada por los intereses urbanísticos y por los planes de las instituciones, a emigrantes –de múltiples orígenes, de lenguas y tradiciones muy diferentes– que llegaron allí sin nada, que construyeron sus casas con sus propias manos a escondidas de las autoridades o que viven un presente sacudido por nuevas amenazas depredadoras.

De esta naturaleza, de este ejemplar tejido fílmico y moral, están hechas las imágenes de un film que consigue integrar de manera orgánica y fluida una enorme multiplicidad de realidades sociales, raciales, culturales y temáticas, sin dispersarse jamás y sin perder por ello su centro de gravedad, que no es otro sino la limpia mirada empática del cineasta sobre sus personajes. En las antípodas de todo miserabilismo, lejos de cualquier retórica redentorista, sin discursos explícitos que se impongan sobre las imágenes, sin victimismo y sin victimizar, sin palabras altisonantes ni recursos enfáticos, Historias del buen valle (nunca una película hizo tanto honor a un título tan hermoso) discurre plácida y serena, cálida y divertida, cercana y solidaria, conforme siempre a un diapasón que sabe integrar, sin solución de continuidad, lo lúdico y la tristeza, la fiesta y el duelo, la vivencia individual y el entorno colectivo.

Bajo ese discurrir que vibra simultáneamente en un registro realista y lírico (otra gran conquista) palpitan, primero, ecos soterrados de Tren de sombras y de Innisfree (en el prólogo en blanco y negro), pero también de Une partie de campagne (Renoir), dentro de una película que es esencial y constitutivamente fordiana: en el sentido de comunidad y de pertenencia que se inscribe en las secuencias donde la colectividad canta y baila y, por supuesto, en el funeral, donde la interpretación con armónica de la canción Red River Valley (James Kerrigan, 1896) nos retrotrae a Las uvas de la ira (la secuencia en la que Ma Joad revisa una cajita con recuerdos la noche antes de que la familia sea desahuciada de su granja). No busquen alardes estilísticos ni poses autorales impostadas: todo es engañosamente sencillo, transparente y orgánico en el transcurso de esta arrebatadora obra maestra en la que la emoción surge del interior de los personajes y de la verdad con que los retrata la cámara del cineasta, pero también de un intenso, largo, sutil y riquísimo trabajo de montaje capaz de crear fluidez en las transiciones y ecos soterrados de sugerentes resonancias.

Bajo su apariencia sencilla (¡qué difícil conquista es la verdadera sencillez cuando hablamos de arte!), las imágenes que el film nos entrega de un pequeño y reducido hábitat urbano contienen el mundo entero en su plural diversidad, en su belleza y en sus amenazas, en su latido cotidiano y en su resonancia universal. Por todo ello, para quien esto firma, Historias del buen valle no solo es la mejor película de su director (y esto es mucho decir), sino estrictamente un film de otra galaxia dentro de la competición oficial del festival, ya que ninguna otra producción a concurso está ni lejanamente a su altura. Y es que además nos encontramos, aquí sí, ante la que, por ahora, es también la mejor película española de este año.