Eulàlia Iglesias

La metafísica de los tubos es una novela corta de Amélie Nothomb en que la escritora belga narra sus primeros años de vida en Japón, en la región de Kobe, donde residía junto a su familia por razones de trabajo de su padre diplomático. Los animadores Mailys Vallade y Liane-Cho Han, que se conocieron trabajando juntos en El principito de Mark Osborne (2015), trasladan a la pantalla este best seller francófono en una película que combina la inspiración de cierto anime a la hora de recrear los paisajes, la casa y las costumbres niponas, con sus texturas y luminosidades, con algunos toques singulares, como el uso del color para distinguir a cada uno de los personajes, sobre todo a través de los ojos. En cuestiones de animación, Amélie et la métaphysique des tubes encuentra sus mejores momentos en las derivas fantásticas e imaginativas en que se vuelca la pequeña protagonista que da nombre al film, una niña no verbal, de altas capacidades (según ella misma) y con una percepción neurodivergente del mundo, que no empieza a hablar hasta los tres años. La historia narrada desde el punto de vista de Amélie permite estas fugas no realistas en momentos clave que marcan el progresivo conocimiento de qué es la vida y la muerte por parte de la niña.

La trama clave del film se centra en la amistad entre Amélie y la trabajadora doméstica japonesa, Nishio-San, su ‘mejor amiga’, que la introduce a costumbres nipones habitualmente inaccesibles a los occidentales, como la Fiesta de los difuntos. Esta inmersión lleva a Amélie a identificarse como japonesa hasta que una serie de acontecimientos le generan una crisis en este sentido. Amélie et la métaphysique des tubes propone una película inspirada en la animación japonesa pero ejecutada desde la perspectiva europea. Un film dirigido sobre todo a un público infantil y juvenil que sin embargo desprende un cierto aroma a caducado en su visión de los vínculos entre Oriente y Occidente. Aunque queda claro que nos encontramos ante el punto de vista de una niña belga en Japón en la segunda mitad del siglo XX, el film naturaliza una percepción muy occidentalocéntrica y llena de estereotipos de la cultura japonesa. El personaje ‘malvado’ (aunque se acaba redimiendo) es aquel que contempla con escepticismo a los europeos, mientras Nishio-San encarna todos los tópicos ligados a las mujeres japonesas: es discreta, amorosa, tierna y servicial. Y resulta muy incómodo que se la presente como ‘amiga’ de la pequeña Amélie cuando ejerce de su sirvienta, por mucho que su trato sea tan cercano y afectuoso. Este remanente colonial y clasista impide disfrutar de los valores de la propuesta como cinta de animación.