Lenguajes: la palabra, el sonido
´Que las palabras duelen, vibran, curan, consuelan, repercuten, permanecen.´
Alejandro Zambra
En Mi única familia (Mike Leigh), Pansy se erige como el pilar en el que se condensan los dolores, los rencores y la frustración de toda una vida —como una estructura de carga—, y vive en constante contraposición con su esposo Curtley y su hijo Moses. En ella se asienta el peso de toda una casa, y los cuerpos se erosionan en una convivencia en la que nadie sabe cómo articular su dolor. Sobre esta casa verjada (y su pequeño jardín) se apoya el metraje, convirtiéndola en el espacio de grieta, de pregunta, y también —finalmente— de entendimiento. Mi única familia plantea el hogar como sitio de opresión emocional, pero también de pertenencia; el afuera ofrece aire, pero no necesariamente refugio. La película nos deja en un umbral en el que el adentro y el afuera no son opuestos absolutos, sino partes de una misma herida. Esta tensión se traduce en un dispositivo formal que divide el relato en dos mitades: una primera parte en la que la palabra domina, atropellada y verborreica, y una segunda en la que el lenguaje se vuelve silencioso, casi táctil, donde las miradas contienen lo que antes se dijo de más. Este tránsito del exceso verbal al vacío, resuena como una coreografía entre la comedia y el drama, donde el desconcierto inicial —aquello que parece liviano— se resignifica en el silencio.
En Nosotros, Helena Taberna configura sus bustos parlantes como figuras que avanzan junto a la memoria, en un camino donde el discurso se descompone y recompone con la misma fragilidad emocional del recuerdo. La imagen y la palabra se trenzan en un vaivén inestable, donde el repaso de los años y las fases de la relación no son lineales, sino fragmentadas, erráticas, sometidas al tiempo. La conversación entre el presente y el pasado es un espacio de análisis que obliga a narrar de nuevo para intentar comprender, y es también un territorio de tensiones, en el que la memoria se vuelve selectiva y la emoción distorsiona los contornos de lo vivido. La memoria no es solo testimonio del vínculo, sino también del deseo de afirmarse en él sin perderse, de encontrar un equilibrio entre la entrega al otro y la necesidad de preservar un espacio propio. Taberna parte de un lenguaje que no solo es espacio de negociación y de construcción identitaria dentro de la pareja, sino también de resistencia ante la erosión. A través de un delicado equilibrio, siempre al borde de la reinterpretación, Ángela y Antonio revelan cómo el amor puede finalmente ser cuestión de transparencia, de exposición mutua, pero también de la capacidad de aceptar la opacidad del otro sin diluirse en ella.
Desde otro ángulo, A Complete Unknown (James Mangold) desarma esta necesidad de reconstrucción verbal. Aquí, la música se convierte en la única palabra posible para un protagonista que no busca dialogar con su pasado, tampoco definirlo, sino simplemente seguir caminando. A diferencia del habla, que implica compartir y negociar con el otro, la música opera como refugio personal, una vía de escape que permite redefinir y reconfigurar sin rendir cuentas. Pero más allá de una forma de expresión, la sonoridad en la película es un modo de estar en el mundo, un ritmo que avanza sin nostalgia ni dirección fija: “On your own / With no direction home”. No hay urgencia por situarse en el tiempo, por explicarse, por fijar una identidad: la incertidumbre no es una pregunta a responder, sino un espacio a recorrer. Frente a la necesidad de articular el presente —como en Mi única familia y Nosotros—, A Complete Unknown se desliza en la posibilidad de vivir sin ataduras, con la total libertad de reescribir eternamente.
María Sampedro Laca
Estrenos de la semana (del 24 de febrero al 3 de marzo de 2025).
Críticas en Caimán Cuadernos de Cine núm. 197:
- Mi única familia (Mike Leigh)
- Nosotros (Helena Taberna)
- A Complete Unknown (James Mangold)











