Posts Tagged ‘Perlas’

El poder del perro (Jane Campion). San Sebastián 2021 – Perlas

El poder del perro es la última reinvención del western estadounidense, a cargo esta vez de la directora Jane Campion. La historia, ambientada en los años veinte del siglo pasado, cuando el asfalto ya cubría el polvo de las calles y los salones vivían sus últimos días en favor de casas de comidas en las que se bailaba el charlestón, muestra cómo los límites de los contrarios se difuminan. Lo viejo y lo nuevo, lo sucio y lo limpio, lo masculino y lo femenino, el exterior y el interior. El hombre que se está quedando solo en un tiempo al que no puede dejar desaparecer, en la creencia de que ello implicaría su propia destrucción. Será por eso que los hombres caminan al principio formando una línea que ocupa todo el cuadro y sirve de barrera infranqueable para evolucionar hacia un meticuloso análisis de la masculinidad.

De todos los recursos de la puesta en escena del film, probablemente el menos novedoso sea el que resulta más efectivo y acapara todo el mérito en la secuencia final. La utilización de las puertas y las ventanas para representar la división entre lo de fuera y lo de dentro proporciona algunas de las imágenes más hermosas y eficaces narrativamente. Las ventanas sirven para que el exterior se refleje en ellas sin atravesar un cristal cada vez más fino a punto de no resistir la presión que ejerce sobre el territorio interior. Un movimiento dentro del cobertizo que se encadena a otro que sale al exterior para sobrevolar las montañas. ¿Podría haber en la insistencia de Campion por filmar las ventanas una oferta de diálogo con el formato académico? Aunque no menos efectiva es la banda sonora de Jonny Greenwood, que narra la historia con una partitura que ni subraya, ni acompaña, ni se limita a ser el ‘audio’ del audiovisual, sino que consigue una fusión irrompible entre las dos partes que no son contrarias, sino complementarias. En un momento en el que todo está por cambiar, Campion arremete contra el inmovilismo de quienes se aferran a los antiguos rituales.

Drive My Car (Ryusuke Hamaguchi). San Sebastián 2021 – Perlas

En un momento de este descarnado relato sobre el desafío de vivir el protagonista, un director de teatro que ha aceptado adaptar a Chéjov en Hiroshima, confiesa durante un trayecto en coche la tragedia que sufrió dos años antes, descrita en tiempo presente durante el primer tercio de película. Esa revelación posterior, que en el film no es más que la repetición verbal de lo que ya hemos visto, permite que trasluzca el profundo compromiso de Hamaguchi con sus personajes, la deferencia hacia sus historias personales, filmarlos en silencio como una muestra de respeto hacia su dolor. En Drive My Car, por tanto, la duración es un instrumento más para explorar las emociones de sus protagonistas. Adaptar la novela y su estado de ánimo cobra todo su sentido. La estructura es la primera de sus grandes virtudes, pero es la contención de lo sentimental lo que la eleva a un plano superior: el texto de Murakami bien podría ser traducido a través de una catarata de lágrimas que podrían conducir con facilidad al terreno de lo caricaturesco. En Hamaguchi el amor, sin embargo, nunca podrá ser objeto de burla. Amor y vida transmutan aquí con extrema delicadeza en un elemento inasible, incontrolable, apabullante ante el que los personajes solo pueden ser golpeados y la cámara solo puede ser testigo silencioso.

Mientras la adaptación de Chéjov en el interior del relato insiste en proclamar el deseo de vivir, la metáfora de Murakami se centra en la figura femenina del chófer como manera de soltar las riendas, de aprender a entregarse, del gesto de permitirse ser amado. Las lágrimas que se derraman no se filman buscando la sublimación, sino el profundo respeto. Quizás sea algo pronto para aventurarse a decirlo, pero habrá que volver a esta película con el tiempo para descubrir si realmente Drive My Car es el primer clásico contemporáneo de esta nueva década, que comenzó con un año lleno de silencio.

Las ilusiones perdidas (Xavier Giannoli). San Sebastián 2021 – Perlas

Recién llegada del Festival de Venecia y rescatada por Donosti para la sección de Perlas, la nueva película de Xavier Giannoli ­­–quizás la más ambiciosa de su filmografía– coloca sobre la pantalla un vibrante fresco de la Francia parisina de la Restauración extraído de la novela homónima de Balzac: Las ilusiones perdidas, publicada originalmente en tres partes, entre 1836 y 1843, y, por tanto, muy cercana a la coyuntura histórica en la que sitúa su relato (el año 1830, cuando el rey Carlos X y su aristocracia monárquica tratan de cerrar las publicaciones liberales que ponen en jaque a la corona borbónica). Historia de un joven poeta provinciano con ínfulas arribistas y vocación de desclasado, la película consigue proponer una enérgica radiografía de las tensiones sociales de la época, con especial atención a las relaciones entre los creadores y la crítica (muy jugosa en este apartado) y entre la prensa y el poder político.

Podría haber sido un pomposo y pesado artefacto academicista, pero el film de Giannoli se aleja de ese peligroso territorio para encontrar –en el notable relieve físico de la puesta en escena, en el dinamismo de la planificación y en las excelentes interpretaciones de los actores– su tabla de salvación. Es una lástima que no se atreva a jugar a fondo la fricción que se produce entre la omnipresente voz en off narrativa y la representación de los hechos. Habría hecho falta el talento del Truffaut de Jules et Jim y de Las dos inglesas y el continente para que la película pudiera alcanzar una dimensión mayor, pero el intento permanece –a pesar sus debilidades­– como una sugerente relectura de Balzac no exenta de resonancias sobre los medios comunicación contemporáneos: las fake news, la manipulación política de la prensa, etc.

Nuevo orden (Michel Franco). San Sebastián 2020 – Perlas

Avalada por el Gran Premio del Jurado en Venecia desembarca en San Sebastián la nueva realización del mexicano Michel Franco, Nuevo orden, pero su verdadero sitio no debería ser el de las ‘Perlas’ del certamen (donde la han colocado), sino un lugar de honor en la filmografía de ese ‘cine de la crueldad’ con el que parecen disfrutar los seguidores de cineastas poseurs como Yorgos Lanthimos, Nicolas Winding Refn y compañía. Crueldad no solo de lo que se representa (ahí no está el problema), sino también ­­ –y sobre todo– de la mirada y de la actitud del director, incapaz de sentir o al menos de transmitir la menor empatía (ya no digamos estima o cariño) por ninguno de sus personajes, todos ellos (ricos, oligarcas, pobres, desheredados, indigentes, militares y paramilitares) inmersos en el distópico, enfático y grandilocuente apocalipsis orquestado aquí por una ficción en la que predomina el trazo grueso y el chafarrinón estético. Si lo que Franco propone es una alegoría metafórica del México actual, su discurso resulta extremadamente confuso, cuando no abiertamente retrógrado. Si lo que dispone sobre la pantalla es, únicamente, una fábula de ciencia ficción, entonces le sobran ínfulas y pretensiones. Si lo que pretende decirnos es que las revoluciones populares violentas pueden terminar siendo manipuladas en beneficio de castas paramilitares fascistas, la simpleza de tal reflexión se autocalifica por sí sola, y así sucesivamente. En definitiva, un plato solo disfrutable por paladares predispuestos para dejarse epatar con fuegos de artificio (aunque no faltará quien invoque a Pasolini y a Saló en el colmo del despiste).