Felipe Rodríguez Torres
Si el cine es un trampantojo, un artificio y una manera de representar de manera artificial pero profundamente sincera la realidad, Ulrich Köhler lo lleva hasta sus últimas consecuencias en su nuevo largometraje, Gavagai. Porque, a partir de la reinterpretación en clave contemporánea del mito de Medea –un ejercicio de cine dentro del cine, que queda perfectamente representado en la secuencia inicial del film, donde la profundidad de campo sirve de metáfora de las distintas capas de significación de la cinta– Köhler nos habla principalmente del “privilegio del hombre blanco” a partir de su sentimiento de culpa en la actualidad.
Un ejercicio donde el cineasta es capaz de transformar y mutar el relato de manera harto efectiva en base a un montaje basado sobre todo en un uso magistral de la elipsis, entregando un relato que se mueve de manera tan intermitente como complementaria entre la sátira feroz (pero también hilarante) al cine y la industria de autor contemporáneo, el relato de amor entre la comedia y el drama y en coitus interruptus constante y, sobre todo, al nuevo colonialismo occidental, donde la culpa colonialista da lugar a una nueva clase de monstruos.
Monstruos, los del racismo, la conciencia y el privilegio de clase, y el rechazo o alejamiento de las raíces raciales y culturales que son representados y acogidos en el interior de su pareja protagonista –los actores Jean-Cristophe Folly y Maren Eggert–, eje central de un relato que al igual que sus abruptos pero sugerentes elipsis temporales, acaban ofreciendo más preguntas que respuestas y dejando al espectador con la necesidad imperiosa de resolver dichos enigmas, de la única manera posible: interpelándonos de manera individual si seguimos siendo partícipes de las desigualdades provocadas y promovidas por el hombre occidental en un pasado no tan lejano.











