Código Marcos es una película sobre el autismo y, también, sobre la maternidad. El origen del film es documentar cómo se convive con el autismo al tener un hijo, Marcos, con tal condición, pero lo cierto es que trasciende de esta premisa para acabar configurando un retrato familiar en el cual dicho trastorno es un elemento entre otros, fundamental desde luego, pero no el único. Durante diez años, Liena Cid filma su vida cotidiana como madre emigrante con dos hijos, uno de ellos, el pequeño, autista. Cuando ella no lleva la cámara o la coloca en algún lugar, lo hace su amiga Patricia Pérez. La cámara lo recoge todo: lo bueno, lo malo, lo incómodo, lo tierno, la felicidad y la amargura y, con ello ofrece un retrato de la gran complejidad que el autismo tiene y, además, la que conlleva la vida de un grupo familiar de clase media baja con el padre ausente.
El documental se ofrece como un montaje de retazos de vida real que acaba capturando mucha verdad. La gran baza de la película es la naturalidad y la sensación de inmediatez, la intimidad del aquí y ahora, que funciona, incluso, cuando se dirigen a cámara explicando algo. No hay grandes discursos, no hay expertos, su objetivo no es sentar cátedra ni fijar para siempre qué es el autismo. Se trata de captar la vida real de un grupo de personas que han de convivir con un trastorno cambiante y difícil, además de las dificultades habituales a las que han de enfrentarse cotidianamente, que son como las de cualquiera. Un buen ejemplo son los momentos de la pandemia y el confinamiento que todos sufrimos, en los que nos sentimos plenamente identificados con los personajes en lo común y, al mismo tiempo, comprendemos la dificultad añadida de la condición autista del hijo pequeño.
Ante premisas como esta y temas tan delicados y socialmente significativos como “vamos a contar cómo es la vida con autismo”, podemos, a veces, tener cierta prevención y esperar un relato convencional o un reportaje al uso. O quizá una gravedad impostada, dado el asunto, que lastra a veces la puesta en escena de algunos documentales. Pero aquí no sucede eso y este documental acaba siendo otra cosa, aunque, o precisamente porque, solo pretende contar la vida cotidiana. La sorprendente madurez y franqueza del hijo mayor al inicio marca ya una diferencia respecto a lo que esperamos ver, así como la verdad que desprende la madre protagonista, también directora y responsable del film, capaz de mostrarse en la fortaleza, la debilidad, el dolor y la alegría sin que sintamos al verla que hay exhibicionismo por su parte. El humor es otro factor esencial y un rasgo que ayuda a los protagonistas a vivir el día a día. Y es que, aunque esté la complicación añadida del autismo y haya que lidiar con obstáculos, esta familia también es feliz.
Diez años de vida son muchos, miles de horas grabadas, y, por supuesto, esta es una obra en la que el montaje lo es todo. Se combinan momentos de calma con otros de caos, el dolor y la risa, largos planos fijos y ráfagas de imágenes. A veces la cámara es invisible o la olvidamos y, en ocasiones somos, nosotros y la familia protagonista, plenamente conscientes de ella. Con todo ello, el resultado final de la filmación de una década de vida es emocionante y veraz, no solo en lo que se refiere al autismo, sino en el retrato cotidiano de una madre y sus hijos.
Áurea Ortiz Villeta
España, 2024 Guion: Patricia Pérez y Liena Cid Navia
Montaje: Patricia Pérez, Diana Toucedo y Lucía Casal
Fotografía: Heidi Hassan, Patricia Pérez y Liena Cid








