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Ruta ‘El Madrid de Berlanga’

Siguiendo la huella berlanguiana

En el número 29 de la calle Alonso Cano se radicó Luis García Berlanga al llegar a Madrid en 1947. Allí comenzaría una relación con la capital española que le serviría de lienzo para algunas de sus películas más emblemáticas, y que hoy funciona como punto de partida de la ruta ‘El Madrid de Berlanga’: una iniciativa con la que Madrid Film Office se suma a la celebración del centenario de una de las figuras más importantes en la historia del cine español.

‘El Madrid de Berlanga’ es un mapa ilustrado que muestra dos facetas de la ciudad: la de hogar del director valenciano y la de escenario de su obra. La ruta incluye lugares que van desde su esfera más íntima (como la iglesia donde se casó) hasta espacios en los que rodó escenas para muchas de sus películas, como lo fueron la Plaza de la Marina Española para El Verdugo (1963) o el Palacio de Linares para Patrimonio nacional (1981).

Además, la ruta pasa por el restaurante O’Pazo, donde tuvo lugar la mítica reunión que resultaría en la creación de la Academia de Cine, institución que se incluye también junto a salas como los Cines Callao o el Cine Doré. Todos lugares que aún llevan y llevarán la huella berlanguiana para la eternidad. DANIELA URZOLA

Más información en https://madridfilmoffice.com/ruta-el-madrid-de-berlanga/

 

El verdugo (Luis G. Berlanga)

Recogemos aquí el texto aparecido en Caimán CdC nº 49 (100) sobre El verdugo, la película votada en tercera posición por los especialistas de la Encuesta Caimán:

José Enrique Monterde.

¿Dónde radica la perennidad de El verdugo? Tal vez en la extraordinaria síntesis de muchas de las mejores características de la cultura española, esas que tanto la enraízan en una tradición como la hacen casi inescrutable para una audiencia extranjera, tal como demostró su paso por la Mostra veneciana, con el único reconocimiento de FIPRESCI.

El trabajo de Berlanga-Azcona supo combinar un realismo costumbrista, capaz de documentar las difíciles circunstancias de la vida de las clases populares, con la singularidad de un caso extremo (¿cuántos ‘queridísimos’ verdugos había en España?); supo retomar la tradición sainetesca para llevarla al extremo esperpéntico, sin que la exageración desbordase la verosimilitud; supo describir las necesidades y los anhelos de personas cualesquiera, ‘sin atributos’, con una dimensión profunda, trágica, casi existencialista, en una extraña mezcla entre Arniches y Kafka; supo aunar como nunca se repetiría en el cine español el primer plano de los personajes principales y el trasfondo de los secundarios, perfecto paisaje humano de un país en la encrucijada, entre las represiones tradicionales (no solo políticas, sino morales y sexuales) y la llegada de los nuevos tiempos simbolizada por el turismo.

Pocas veces se ha alcanzado en nuestro cine –y en cualquier cine, pues la injusticia estriba en no situar al film en una escala internacional– la perfecta conjunción de logros que ya apuntaba Plácido y que compartirían obras como Calle Mayor, El pisito, Viridiana, El cochecito, El mundo sigue o El crimen de Cuenca, títulos que aún hoy constituyen lo mejor del cine español.

Mordaz y entrañable, inclemente y afectuosa, crítica y tierna, trágica y cómica, corrosiva y sensible… todo eso y mucho más ‘es’ un film cuyo paso a través del tiempo lo reafirma, sin duda alguna, como una obra maestra de cine español y más allá.