Disoluciones y reestructuras

Tras el estreno el pasado 10 de enero de A Real Pain de Jesse Eisenberg, aparece este viernes The Brutalist para continuar la conversación sobre la representación judía en el cine estadounidense. Aquí Brady Corbet, en sus casi cuatro horas de metraje, trata de desintegrar el espejismo de una ‘América’ fantaseada a través de imágenes dislocadas en las que un arquitecto judío viaja en busca de la construcción de su sueño americano. Un inicio en el que la forma parece ir directa a la reescritura de ese holograma de Estados Unidos como tierra de acogida, y que puede que sin querer, por inercia, finalmente vaya cayendo poco a poco en esa luz cegadora del cine hollywoodiense del que la cinta quisiera escaparse.

Este cuestionamiento de sus propios códigos se traduce en términos de animación en la letona Flow, un mundo que salvar. Tras ver el mundo inundado, un gato tendrá que acomodarse en un barco que supondrá una nueva manera de organización y lenguaje. Así, Gints Zilbalodis nos invita a interrogarnos sobre la rigidez formal del 3D y la representación hiperrealista del mundo. Quizá exista dentro de Flow un pequeño mapa que nos empuje a imaginar un nuevo barco en el que navegar.

Sobre hallar nuevas formas de lenguaje versa también Miocardio, de José Manuel Carrasco, un film que se vertebra en el habla, en el hacer y deshacer. Vuelve la conversación una escena, la escena una conversación, abriendo la posibilidad de que exista una ida y vuelta que nunca cese, así como palabras que se posan sin miedo para poder ser después (re)pensadas y modificadas. Imágenes y conversaciones que no esconden sus grietas ni su necesidad de repetición.

Bodegón con fantasmas encuentra, en cambio, en la tragicomedia fantasmagórica un lugar en el que reconocer los miedos y conciliarse con las inquietudes individuales. Primer largo de Enrique Buleo que persigue un equilibrio formal entre mundos que aparentan ser antagónicos (la comedia y lo fantasmal). Así inserta cierta ligereza y desinhibición, manteniendo una simetría y habla hierática en un espacio que acostumbra a ser respondido con grito y nervio.

En No hay amor perdido, Erwan Le Duc traza una comedia dramática de tono fabulístico, en cuyo seno caben incluso notas de slapstick al estilo de Buster Keaton, encarnado en la piel de Nahuel Pérez Biscayart. La cinta despliega un dispositivo de luminoso humanismo que explora las heridas provocadas tras una ausencia extendida durante años. El director consigue un delicado equilibrio entre la pesadez del drama y la levedad de la comedia, sin regodearse en el trauma y dejando que sus personajes se muevan siempre a través de la compasión y la ternura.

Y sobre pasados sin cerrar también discurre Itoiz udako sesioak, documental en el que Larraitz Zuazo, Zuri Goikoetxea y Ainhoa Andraka se centran en el mítico grupo vasco Itoiz, reflexionando junto a Juan Carlos Pérez (miembro de la banda) acerca de la memoria, a raíz de la aparición de unas cintas perdidas. Las directoras hacen convivir varios tipos de imágenes (las que rememoran y las generadas rememorando) para así enredar el pasado y el presente y trenzar un discurso en torno a la fragilidad del recuerdo (en su nitidez y su borrosidad) pero también en torno al cine, por su capacidad, una vez más, de reconciliación con tiempos aparentemente olvidados.

María Sampedro Laca

 


 

Estrenos de la semana (del 20 al 26 de enero de 2025).
Críticas en Caimán Cuadernos de Cine núm. 195:

  • The Brutalist (Brady Corbet)
  • Flow, un mundo que salvar (Gints Zilbalodis)
  • Bodegón con fantasmas (Enrique Buleo)
  • Miocardio (José Manuel Carrasco)
  • No hay amor perdido (Edwan Le Duc)
  • Itoiz udako sesioak (Larraitz Zuazo, Zuri Goikoetxea y Ainhoa Andraka)