Cuando el dolor deja de ser individual
Diego Costa Undarzón
La última película de la realizadora rusa Mariia Lapidus nos presenta una propuesta innovadora a la hora de no solo contarnos, sino también mostrarnos, diversas situaciones de abuso sexual sufridas por múltiples mujeres que valientemente prestaron su testimonio al servicio de la película. Esa es la premisa de Second Skin: recreaciones realizadas por Lapidus y sus dos colaboradoras de los mencionados abusos sexuales que, a través de cadenas de WhatsApp, fueron recibiendo de mujeres en Rusia. En lo que a puesta en escena se refiere, no hay mucho que contar. La mayor parte del metraje transcurre en un set blanco, acompañado únicamente por algunas prendas de ropa y elementos de utilería que remiten a los utilizados por las víctimas, además de una cámara fija que observa cada representación. Sin embargo, es precisamente esa sencillez la que mantiene la mirada del espectador cautiva y sostiene una tensión constante.
Como si se tratara de una matrioshka audiovisual, a medida que avanza la cinta podemos apreciar las complejas capas emocionales que estos viles actos generan sobre las mujeres. No solo sobre las víctimas que comparten sus experiencias, sino también sobre las propias realizadoras, quienes reaccionan de formas muy diferentes al momento de interpretar los abusos. La lectura de los mensajes y las emociones que emergen de ellos exponen de manera soberbia una psique fragmentada que las víctimas aceptan y transforman en la energía necesaria para contar sus historias, historias que esperan llegar a todos los rincones posibles para provocar un cambio tan necesario como largamente postergado.
Existe una escena particularmente significativa en la que Lapidus y compañía relatan cómo, durante el primer día de rodaje, fueron atacadas por un individuo. Afortunadamente, el hecho no tuvo mayores consecuencias porque estaban juntas. De esa experiencia surge una frase que resume a la perfección lo que esta película debería simbolizar: “Cuando nos atacaron no estábamos solas, y eso lo hizo más fácil”.
Resulta imposible ignorar la importancia que adquiere esta película en el lamentable panorama actual. Día tras día somos bombardeados por noticias de abusos de toda índole, pero el mundo parece dejarlos a un costado para que sean las propias víctimas quienes carguen con sus consecuencias, como si no se tratara de una responsabilidad colectiva. Especialmente nosotros, los hombres, tenemos la obligación de alzar la voz cuando sea necesario y de no permanecer en silencio frente a actitudes que llevan demasiados años siendo consideradas normales.
Lo que Lapidus y sus colaboradoras logran es acercar de forma visceral al espectador a aquello que padecen diariamente millones de mujeres, permitiendo que el propio público deba imaginar al victimario, otorgándole rostro y nombre a una figura que puede ser tanto un desconocido como un mejor amigo o un familiar. Y es precisamente allí donde Second Skin encuentra su mayor fortaleza: en obligarnos a comprender que el problema nunca fue ajeno, que siempre estuvo más cerca de lo que nos gustaría admitir.
Representar lo indecible
Sara Gancedo
Una de cada tres mujeres sufre violencia sexual y/o de género a lo largo de su vida. Este dato, proporcionado por la OMS, tiene una magnitud tan apabullante que demanda nuestra atención. Y eso mismo nos exige Second Skin, el primer largometraje de Mariia Lapidus. La directora nos pone frente a esta realidad a través de una serie de casos de violación recogidos a través de entrevistas directas, grupos de apoyo a las víctimas y su propia experiencia. Ella y sus colaboradoras Lera Vetkhova y Margo Shkalina recrean cada situación en un estudio vacío, narrándolas y representándolas en solitario.
Lapidus establece así una conversación con toda una tradición de performance feminista, que reivindica la presencia del cuerpo de la artista y lo pone no solo en escena sino en juego, haciendo material y presente una violencia colectiva, desde Rape Scene (1973), de Ana Mendieta (1973) hasta Ceci n’est pas un viol de Emma Sulkowicz (2015). En Second Skin, Lapidus, Vetkhova y Shkalina reviven una y otra vez la experiencia de otras muchas mujeres; pero huyen de la espectacularización que se le ha reprochado a las obras de Mendieta o Sulkowicz a través de una estética fría, casi clínica. El escenario es un cubo blanco, totalmente iluminado, y la cámara fija solo ofrece dos planos generales, uno frontal y uno cenital. Las recreaciones se alternan además con breves secuencias en espacios urbanos, que son o podrían haber sido el escenario de las violaciones. Estos lugares aparecen vacíos, solo habitados por ropas sostenidas por alambres, como si vistieran a gente invisible. Tanto las intérpretes en el estudio como estas presencias fantasmales en el espacio público son, de algún modo, ‘segundas pieles’ que tratan de mostrar las agresiones sin exponer a la víctima. Y la división entre ambos espacios es también otra estrategia para construir una mirada diseccionadora que haga tolerable observar la violencia.
Pero no es ni puede ser nunca tolerable, claro, y la tensión entre la necesidad de denunciar y la imposibilidad de articular dicha denuncia se hace explícita en Second Skin. Las tres mujeres discuten sobre lo que están haciendo, se cuestionan y también, cuando se hace insoportable, interrumpen su representación. De nuevo empleando recursos de las artes escénicas, la película incorpora un espíritu brechtiano de distanciamiento que señala una y otra vez los engranajes de la representación, y así no solo reconoce sus limitaciones sino que las incorpora en su discurso.
Mientras la violencia sexual y de género atraviesen nuestra sociedad, el audiovisual debe seguir preguntándose cómo hacerse cargo de ella. ¿Cómo representar el abuso sin estetizarlo? ¿Cómo dar voz sin revictimizar? ¿Cómo hacer del espectador un testigo y no un voyeur? Second Skin ni ofrece ni promete respuestas, pero nos recuerda la realidad, ineludible y brutal, que nos exige seguir haciéndonos estas preguntas.








