La película plantea una confrontación de dos modos de vida, pero, sobre todo, una confrontación emocional, evidenciada en la relación entre Sara (Laia Manzanares) y su hermana mayor Elena (Ángela Cervantes), ¿De qué manera opera la herencia familiar y la memoria en estos personajes? Efectivamente, esa confrontación que mencionas viene dada más por el anhelo y el duelo, y no tanto por el enfrentamiento habitual entre campo y ciudad. Pero es verdad que el peso de la memoria –la herencia–, del padre es distinta en ambas. Las dos representan dos partes fundamentales de su personalidad (la ganadería y el jazz), lo que de algún modo condicionará el modo que tiene cada una de afrontar la pérdida. Y aunque pretendía que la reflexión final de su relación se enfocará en la reconciliación, sí que se denota la culpa que siente Sara por priorizar su carrera profesional por encima de su familia y el miedo a perder el rebaño de ovejas, que es lo único que le queda de su padre.
Un miedo que intensifica la quietud emocional del personaje protagonista, fusionando el detenimiento del entorno con el psicológico/sentimental, por medio del formato panorámico. ¿Por qué decidió optar por este formato? A nivel estético, es un formato que me gusta mucho y que conocía bien puesto que ya lo había utilizado en mi cortometraje El color de la sed (2017). Quería rescatarlo para esta película porque, al margen de que quería que hubiese una coherencia paisajística entre el área pirenaica de Huesca y las granjas ovinas, me gustaba tener la oportunidad de mostrar la magnitud y la belleza de estos entornos rurales. Además, narrativamente potenciaba las dificultades de la profesión y la hostilidad que puede devenir de estos ecosistemas si no se tiene experiencia. Algo que se ve reflejado claramente en el reaprendizaje de Sara cuando decide volver a la granja y asumir ese ‘peso’.
Porque, al margen del trasunto emocional que las atraviesa y que implica partir de su historia personal, el film reflexiona sobre la dureza y las precarias condiciones del sector. ¿Le parece una profesión invisibilizada dentro de las ficciones? Creo que últimamente, gracias a la labor de esta ola de cineastas recientes que han abordado el tema desde perspectivas menos idealizadas, hay más diversidad y enfoques. Puede que todo resida en una cuestión de proximidad, ya que, es cierto que es un trabajo duro y precario, pero, aunque sea paradójico, la gente ama su profesión y no hay un padecimiento tan evidente como podría tener una persona ajena a estos entornos. El tema de la representación es triste porque parece, y en realidad es, un trabajo muy duro (sobre todo el ovino más que el vacuno) puesto que el rebaño demanda atención las 24 horas del día sin descanso. Salvando las distancias, es como tener muchos hijos a la vez porque dependen de ti constantemente y siempre hay imprevistos como se muestra en la película. Al mismo tiempo, siguiendo el hilo de la idealización y la representación, quería intentar que se viera que, a pesar del sacrificio, la gente que se dedica a ello no lo sufre tanto. No hay una concepción negativa o tortuosa, lo asumen y les gusta. Entonces, a través del personaje de la hermana mayor, Elena, intenté que no se notará esa especie de disconformidad, puesto que para ella es vocacional, lo tiene mecanizado. Al contrario que Sara, a quien, pese a conocer y haberse criado en ese ambiente, se le hace más complejo. Porque hay personas que, aunque tienen orígenes rurales ‘huyen’ de ellos porque no pueden aguantar ese tipo de vida.
Un padecimiento que determina el duelo y la relación entre hermanas, especialmente a Sara, llegando a condicionar no solo su pasado, sino también su futuro… Como he mencionado, lo que quería mostrar en la evolución de su relación era una reflexión sobre la ausencia y lo mucho que se han echado de menos las dos. Por eso decidí alejar al personaje de Sara y situarla en Nueva York. Estados Unidos es un país en el que es fácil abandonar el pasado puesto que es muy complicado conseguir quedarse de manera legal y la estabilidad siempre es volátil. Me parecía que esto justificaba de algún modo la ausencia de Sara, y al mismo tiempo aumentaba su culpa por no haberse quedado. Quería que el conflicto entre ambas estuviera marcado por el cariño y que no hubiera únicamente reproches de trabajo o económicos. A Elena le duele cuando Sara le comunica que se queda porque sabe que está cometiendo un error. Precisamente por esto, dentro de una reescritura inicial del guion, decidimos no incluir a la madre en el relato. Queríamos que cuando creciera la tensión entre las hermanas, ella no tuviera a quién acudir, y así potenciar su soledad, creando un paisaje de aislamiento total.
Precisamente, la magnitud de los paisajes asienta los grandes contrastes de luz que hay con los interiores. ¿De qué manera afectó esto en la composición y la labor del director de fotografía Michele Paradis? ¿Partieron de alguna referencia? El rodaje en interiores resultó más complejo que en exteriores puesto que los encuadres se debían meditar y planificar más debido a que el espacio para el equipo y las actrices era muy limitado. Algo que queda patente en los momentos en los que la cámara se acerca al personaje de Sara e intentábamos jugar, como bien dices, con esos contrastes porque dentro de esa casa ella está inmersa en los recuerdos del padre, como si estuviera paralizada, únicamente encontrando desahogo en el exterior. A su vez, nos interesaba encontrar composiciones que partieran de los marcos de las puertas para poder aprovechar la luz, dejando entrever los claroscuros del espacio y de la propia personalidad de Sara. Siempre me imaginé la historia en invierno, con una luz tenue y azulada. Con Michele partimos de muchas propuestas y teníamos como referencia la filmografía de Hlynur Pálmason, sobre todo Winter Brothers (2017); algunas películas de Naomi Kawase o títulos más comerciales como Nomadland (Chloé Zhao, 2020).
La melancolía crónica del personaje de Sara, alimentada por los vinilos y las cintas con la voz de su padre, me hizo pensar en que más que un drama rural, es una historia de fantasmas. ¿A usted qué le parece? Me gusta esta reflexión porque nunca lo había visto así de claro. La propuesta inicial del guion siempre fue la de no mostrar al padre. Sin embargo, de una manera u otra, ya sea por el recuerdo de sus hijas, el rebaño de ovejas, sus pertenencias e incluso su voz grabada, actúa como una presencia. Creo que la luz juega muy a favor de esta interpretación.
A colación de esto, me parece muy revelador las vías de expresión y comunicación que tienen Sara (el lenguaje musical que la conecta con la memoria de su padre) y el abuelo. Los dos comparten limitaciones en la expresión (ya sea por una afasia o por el duelo). ¿Por qué decidió otorgarle esta característica al personaje del abuelo? Me basé en la historia de mi propia abuela y en su incapacidad para poder expresar su dolor y su malestar con palabras cuando mi padre murió. A pesar de la cercanía o la atención que se le prestaba, esta incapacidad iba generando un aislamiento paulatino. Esta parte biográfica ayudó no solo a aumentar el drama, sino también a generar esa atmósfera de soledad y aislamiento que comparten los dos personajes. Porque lo que experimenta Sara creo que es algo que les sucede a numerosos artistas musicales. Todo lo que no pueden expresar con palabras lo hacen por medio de la música. Al final, cuando deja atrás la culpa, el boicot a su carrera y a su hermana, puede liberarse del miedo y expresar su dolor. Ya sea por medio de un grito al vacío después de ver a su abuelo o cuando interpreta la pieza musical más larga de la película.
¿Cómo fue la producción y el trabajo con animales? ¿Cuál fue el nivel de inmersión de las actrices? A pesar de que en mis cortometrajes anteriores ya había rodado con mi propio rebaño de ovejas, esta producción fue distinta ya que era la primera vez que trabajaba con ovejas que no eran de mi rebaño. Al margen de la familiaridad y el conocimiento, la responsabilidad es doble puesto que hay otra persona que se ocupa de sus cuidados. Contamos con la ayuda de Sara Rosado, una pastora que conducía y controlaba el rebaño en cada escena. También fue fundamental en el asesoramiento de las escenas más complejas (partos, crotalar, inyecciones, etc.) junto con mi hermana, que es veterinaria de grandes animales de granja. Las dos supervisaban e indicaban a las actrices para que fuera todo más realista En cuanto al trabajo previo de las actrices, ellas vinieron a mi granja en la preproducción, en época de partos, para tener una visión más específica. Los días previos al rodaje estuvieron con un ganadero y conmigo para completar esa formación.
Entrevista realizada por teléfono, en Madrid, el 14 de abril de 2025.
Felipe Gómez Pinto








