No es un mundo de hombres
En Reas hay un trabajo con personas reales, experiencias reales, incluso un lugar real (la antigua cárcel donde se rueda el film). ¿De dónde surge el proyecto? En 2018 fui a la cárcel de Ezeiza a mostrar mi primera película en un ciclo de cine que hacían allí. Teatro de guerra va sobre veteranos de la guerra en las Malvinas, y en el coloquio, tras finalizar la proyección, muchas mujeres expresaron lo interesante que les parecía trabajar sobre la vida y poder reconstruir la propia historia, y cómo les gustaría hacer algo así. A partir de ese deseo de hacer una práctica artística de parte de las personas detenidas, el año siguiente decidí dar un taller de cine y teatro en la cárcel. Y fue allí, encontrándome con sus historias, donde empecé a pensar en hacer una película sobre ellas. Ese fue un poco el camino que llevó cinco años, desde que empecé los talleres hasta que la película se estrenó.
Imagino que en ese proceso se enfrentó a muchos retos conceptuales y/o logísticos… Por supuesto. El primero fue precisamente ese cambio que experimentó el proyecto. La idea de filmar dentro de la cárcel con las personas cumpliendo la condena se transformó, en gran parte a causa de la pandemia. Luego me di cuenta que nunca hubiera podido filmar la película que quería dentro de la institución, porque yo necesitaba mucha libertad artística, algo que no hubiera sido posible en medio del funcionamiento normal de una cárcel.
Después hubo otros desafíos de diferente naturaleza. Por un lado, lograr reunir a las personas para consolidar un grupo de trabajo que mantuviera una continuidad a lo largo de los años era un desafío porque se trata de personas que viven en la marginalidad total, que salen de la cárcel sin trabajo, con la necesidad de reconstruir sus familias y encontrar vivienda. Para ellas, comprometerse de esta manera con un proyecto artístico no era algo fácil. También estaba el desafío de hacer una película que no reprodujera la estigmatización de las personas detenidas, que no mostrara la cárcel como un espectáculo de violencia. Quería generar una película que tuviera otra visión sobre las personas detenidas, que se preguntara por qué están ahí y qué futuro posible hay para ellas.
¿Y cómo nace la idea de hacer un musical? En el proceso me di cuenta que la música era algo muy importante en el contexto de la cárcel: allí se escucha y se hace música, se baila también. Y, de hecho, conocí a dos personas, Nacho (un chico trans) y Stefi, que tenían una banda juntos llamada Sin Control. Ellos hacían música y habían transformado su pabellón en una sala de ensayo. Entonces empecé a desarrollar esta idea de hacer una película musical basada en las historias de personas que habían estado detenidas. Al principio quería hacerlo dentro de la cárcel, con las personas cumpliendo su condena. Luego vino la pandemia en el 2020 y no hubo más talleres, así que el proyecto empezó a cambiar. Eventualmente decidí hacerlo con personas que ya estaban fuera de la cárcel, en las ruinas de una antigua prisión, como mencionas: la cárcel de Casero.
El género musical parece estar viviendo un auge en los últimos años. En muchas ocasiones, además, ligado a relatos queer. Pienso en películas como Fogo Fatuo (Joao Pedro Rodríguez, 2022) o, por supuesto, el fenómeno que está siendo Emilia Pérez (Jacques Audiard, 2024). ¿Cree que Reas se inscribe en esta especie de tendencia? Definitivamente hay una onda musical entrando, pero cuando empecé a pensar Reas, no existían estas otras películas. Es raro cuando estás dentro de una de una especie de moda, aunque nunca lo imaginaste de ese modo. ¿Por qué todos estos cineastas empiezan a pensar en ese sentido? No lo sé. Lo que sí sé es que, para mí, el musical suele representar mundos marginales, vidas atravesadas por la pobreza, personas que viven en barrios populares y que tratan de hacer su camino, peleas de gangs… Piensa en West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961) o Cabaret (Bob Fosse, 1972). Hay mucho musical sobre esas vidas y siempre los protagonistas son bailarines, artistas o cantantes increíbles con cuerpos hegemónicos. A mí me interesaba que fueran las personas que realmente han vivido esas vidas marginales y esas situaciones extremas, ellas y sus cuerpos, las que se reapropiaran del género para contar su propia historia.
Por otro lado, el musical siempre tiene algo que considero insoportable, que es la perfección. Bailarines que bailan increíblemente sobre los techos de los autos y voces perfectas que cantan al unísono. Para mí, lo lindo de Reas es que es un musical con cuerpos atravesados por la violencia, cuerpos no hegemónicos, cuerpos queer. Y hay errores en todas las coreografías. Es un musical muy imperfecto, vulnerable, pero que para mí tiene mucha más vida y más impacto emocional que el musical perfecto al que estamos acostumbrados.
En esta intersección del lenguaje cinematográfico con la música y la danza el cuerpo juega un papel central. Y los números musicales en Reas muchas veces parecen apuntar a una forma de liberación de los cuerpos, ¿no? Sí. Los cuerpos dentro de la cárcel están formateados para ejecutar una serie de acciones a lo largo del día. Claramente, no hay mucho espacio para que el cuerpo esté libre. Y desde que empecé a dar los talleres en la cárcel, me interesó todo lo que tuviera que ver con llevar el cuerpo fuera de ese espacio a partir de la imaginación; la idea de poder imaginar otro lugar, proyectarse en él y poder moverse de otra manera. Eso fue muy importante para contrarrestar el peso del espacio de la institución cárcel.
La puesta en escena es muy teatral, algo que seguramente viene de su experiencia en el medio… Sí, he hecho más de veinte obras teatrales. Es mi experiencia más grande y, obviamente, las películas que hago tienen mucho que ver con mi tipo de teatro, que a la vez es bastante particular. Se trata de un teatro documental o de investigación, donde los performers no son actores profesionales. Es casi más cercano al cine documental que al teatro de ficción, una especie de híbrido. El cine que hago tiene que ver con esa forma teatral de pensar los espacios como escenarios. En Reas, el espacio no está pensado de manera realista: la cárcel no es solo una cárcel, es también el aeropuerto, la playa… Es un escenario sobre el que se proyectan otros espacios. Creo que pensar así es una cosa muy del teatro, porque los cineastas piensan el espacio como lo que es, no como un lugar sobre el que se pueden superponer otros espacios.
Ha mencionado el trabajo con las actrices no profesionales, que son el corazón de la propuesta. ¿Cómo realizó esa aproximación? En mi trabajo hay mucha investigación y escritura, pero hay también una parte muy importante, que es la de formar a personas que nunca actuaron y transformarlas en performers. Algo importante en todos mis proyectos es que las personas actúan. No son observadas, no están contando una historia, por mucho de verdad que haya en ella. Han aprendido un guion y están reproduciendo una emoción, no es algo espontáneo. Para mí, eso es lo que hace que haya una mirada distinta, porque las personas no son objetos de estudio: son sujetos. Actuar les da una distancia con lo vivido y una autonomía, un empoderamiento en relación a ese pasado. No es: “Estoy acá, te cuento la historia terrible que viví y me rompo en pedazos”. Es: “Me apodero de esta historia, elijo cómo contarla y me pongo en la posición que quiero para interpretarla”. Eso implica mucho trabajo para mí como maestra de teatro y también para ellas en términos de encontrar su forma particular de actuación, que básicamente es no intentar ser otra cosa de lo que uno es. Actuar también es poder ser en distintas situaciones y revivir emociones sin tratar de ser otra persona.
La perspectiva de género está presente en Reas en todo momento: desde la crítica al sistema carcelario anclado en el binarismo hasta la ausencia de hombres cis en el elenco… La cárcel se piensa de una manera binaria, es un espacio para hombres o para mujeres. Pero todas las identidades que no entran en ese binarismo –personas no binarias y trans– terminan en la cárcel de mujeres porque no saben qué hacer con esas identidades y porque piensan que es más peligroso estar en una cárcel de hombres, algo que es verdad. Entonces, la cárcel de por sí ya es un espacio donde no hay hombres cis. Es un lugar utópico en ese sentido, un mundo que funciona sin su presencia, que tiene unas reglas particulares: un mundo de solidaridad, de relaciones de amor, románticas y familiares, donde ellos no tienen lugar.
Entrevista realizada por videollamada, Madrid-Ámsterdam, el 20 de noviembre de 2024.
Daniela Urzola











