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Vaca (Andrea Arnold). SEFF 2021 – Sección Oficial (A Concurso)

En 1949, Georges Franju filmó La Sang des bêtes, donde un matadero servía de escenario del horror y los animales sacrificados se convertían en masas de carne abstractas, víctimas sacrificiales de un extraño ritual. Pues bien, nada tiene que ver Vaca, la última película de Andrea Arnold, con aquel mediometraje enseguida convertido en clásico, pues la intención aquí es muy distinta, empezando por el estilo y terminando por el discurso, pero algo sobrevive de aquel espíritu siniestro. Arnold es una cineasta más bien carnal, que gusta de filmar cuerpos como si fueran fragmentos de materia en bruto y mujeres como criaturas enjauladas, y sin embargo también suele incidir en mensajes a veces muy apartados de esa vocación física de sus planos. En esta su última película, nos introduce sin contemplaciones en una granja donde se crían vacas para seguir sus pasos en un proceso que habla de muchas otras cosas: el capitalismo visto como obsesión por la productividad, como fascinación por el encierro y la reproducción en serie de gestos y comportamientos, como explotación del cuerpo y anulación del impulso de libertad… Pues ¿dónde ver mejor todo eso que en la aparente impasibilidad animal, en su absoluta ausencia de metas y objetivos, sometida a la implacable intervención humana?

Vaca es un documental que se quiere sin piedad. La cámara se acerca compulsivamente a los animales, en apariencia con una cierta frialdad, en el fondo para obligarnos a verlo todo. Y para decirnos, casi escupirnos a la cara, que esa tragedia es también la nuestra, por mucho que no queramos verlo. Sin embargo, tras toda esta ambición política y metafórica se oculta, como sucede muchas veces en el cine de Arnold, una excesiva presencia del mensaje, que se convierte en algo omnipresente, pero también unívoco. El realismo de las imágenes pierde así fuerza, desvestido de parte de su energía por un deseo de reconvertirlo en símbolo. Y, al final, la firmeza ética de la propuesta, por otra parte indiscutible, queda puesta en duda por una cuestión que va apareciendo poco a poco para hacerse ostensiblemente presente al final: si hablamos de moral, y de moral de las imágenes, ¿qué decir de una cámara que se inmiscuye, que espía, que utiliza a esas vacas como rehenes de la mirada de una cineasta que no parece querer tanto mostrar como demostrar? Allá donde Franju se jugaba el todo por el todo, en un salto mortal sin red ni justificación, Arnold parece jugar constantemente sobre seguro, tener muy claro desde el principio lo que quiere decir, situarse siempre por encima de sus desvalidas criaturas.

La vaca

El pasado mes de enero, First Cow aparecía como la mejor película de 2020 en la encuesta anual de Caimán CdC para hacer balance del año. La situación excepcional creada por la COVID-19 nos llevó a incluir, entre los títulos elegibles, a todos aquellos que habían tenido un estreno más o menos tradicional y también a cuantos habían circulado por los festivales, como fue el caso de la  realización de Kelly Reichardt, estrenada en la Berlinale y ganadora después del Gran Premio en el Festival de Gijón, además de ser distinguida igualmente como la mejor película del año por la revista Indiewire, por las asociaciones de críticos de Nueva York, Philadelphia y Denver, y, sobre todo, por la prestigiosa macroencuesta de La Internacional Cinéfila, en la que emitían su veredicto 161 críticos, programadores y cineastas de todos los países.

Y ahora, por fin, ‘la vaca’ llega a nuestros cines. Lo anticipábamos en nuestro número de abril, donde incluíamos ya la crítica del film y una revisión de la filmografía de Kelly Reichardt, y volvemos este mes sobre ella para acompañar a su estreno. Lo hacemos mediante una amplia entrevista con su autora y con una aproximación diferente a la película, trazada esta vez desde la perspectiva de su dimensión etnográfica y antropológica, así como del apasionante diálogo que establece con un western tan esencial como es Dead Man, de Jim Jarmusch.

Pero, ¿qué tiene ‘la vaca’ para generar tanta atención y tanto consenso crítico a su alrededor…? Una primera respuesta puede tener que ver, precisamente, con esos componentes etnográficos tan patentes –y con tanta pregnancia física– en las imágenes del film. Estamos ante una ficción que se desarrolla en 1820, cuando todavía no existía la fotografía (como hace notar Kelly Reichardt en la entrevista) y de la que, en consecuencia, solo se tienen referencias gráficas –dibujos– y literarias, pero no fotográficas. Sin embargo, la rugosidad física de rostros y vestuario, la ‘sensación de verdad’ que respiran los escenarios (el barro, el bosque, la vegetación, las construcciones de madera, los utensilios…) son capaces de crear una impresión de autenticidad que deriva tanto del estudio minucioso de las fuentes documentales existentes como de una expresa voluntad de enraízar (literalmente) a los personajes en un verosímil estadio primitivo de la nación norteamericana.

Porque de esto habla, en realidad, ‘la vaca’ de la película y su condición de ‘primera’ en llegar a territorios a los que aún no han llegado ni el ferrocarril, ni el sheriff, ni la oficina de correos, ni la legislación de un estado que ni siquiera se ha constituido todavía como tal. En su historia minimalista de una conmovedora amistad, en su faceta antropológica y en la dimensión metafórica que todo ello alcanza en sus imágenes, ‘la vaca’ de Kelly Reichardt nos propone un nuevo tipo de western, y esto es mucho decir. Su autora ya lo había hecho antes con Meek’s Cutoff  (2010) y ahora lo ha vuelto a hacer. Cuando parecía que el género había transitado ya por todos los caminos posibles, una vaca (la primera de todas, ¡y mira que hemos visto ganado en los westerns!) nos enseña cosas que no habíamos visto nunca antes. El gran cine obra estos milagros.