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Capitán América: el Soldado de Invierno (Joe y Anthony Russo)

Ricardo González Iglesias

El Universo Marvel madura cinematográficamente en cada película que se estrena, así como la calidad y complejidad de las relaciones y conflictos que plantea. Capitán América: el Soldado de Invierno viene a reflexionar sobre la natural desubicación de Steve Rogers en un mundo actual incognoscible, metáfora de la actualidad más rabiosa donde la parasitación del poder establecido por parte de intereses ocultos y enemigos consiguen cercenar nuestra libertad. Las acciones preventivas y los secretismos de agencia se abren camino en aras de un altruismo superior sutilmente foucaultniano que se permite quebrantar ideales, invertir objetivos y, en última instancia, alimentar al huevo de la serpiente. La dicotomía del protagonista es paralela a la desconfianza ciudadana vigente, que cede diariamente parcelas de su albedrío a favor de un ente panóptico superior, tutor de nuestra seguridad, pero que miente, oculta, vigila y castiga. La única opción de mantener la integridad, cual emboscado jungeriano, es la contienda, exógena y endógena, esperando resistir el envite potestario una vez derrotado el contrario, ya sea Hydra, SHIELD o el miedo precautorio. El film transforma la subrepticia guerra en secuencias formalmente abrumadoras cimentadas en una sólida ficción anclada a su vez en una inquietante realidad. Todos somos instrumentos, también el Capitán América.

Jackie (Antoinette Beumer)

Ricardo González Iglesias.

Jackie es un film que plantea cuestiones actuales respecto a las crisis de identidad de los individuos criados en nuevos modelos de familia, en este caso homoparentales, porfiando un debate psicoanalítico de las consecuencias en los vástagos. Bajo premisa de road movie de estética independiente, Jackie presenta a sus protagonistas y sus fijaciones de fase individuales y colectiva, iniciando una edificación utópica de la figura materna (magnífica Holly Hunter) junto con la recorren la senda de lo narrativo, lo imaginario y lo simbólico, salvando diversos obstáculos hasta culminar la elaboración de sí mismas a partir de la plenitud, antes privación, del emblema materno que aporta todos los gestos y pensamientos que procuran para su reconocimiento único, del otro y del entorno por encima de filiaciones biológicas. Las interesantes construcciones identitarias que plantea la directora cimientan un sencillo drama con cómicas situaciones y una clara inversión de valores en lo masculino y lo femenino. Nos obliga como espectadores a plantearnos sugerentes percepciones que, con un ingenuo giro final, convierten al film en un relato, trufado de preguntas y respuestas, que va esculpiendo las personalidades mostradas. Nada es lo que parece en Jackie, convirtiéndose en un artificio con diferentes niveles de significación en función de necesidades o limitaciones.

La bella y la bestia (Christophe Gans)

Ricardo González.

Un atractivo de esta nueva versión del cuento popular La Bella y La Bestia es su supuesta semejanza con la obra literaria original respecto de otras cinematográficas, en particular las referenciales de Cocteau y Disney, más libres en su concepción. Pero aun siendo legítima la revisión, se espera vislumbrar una nueva o personal mirada dentro del continente poliédrico de toda fábula clásica.

La Bella y La Bestia de Christophe Gans naufraga en la originalidad de su proposición ciñéndose a una puesta al día digital y grandilocuente del enfoque artístico de la versión de Cocteau, pero disgregando narrativamente lo onírico de lo real (generando vacuas analepsis en forma de ensoñaciones que empobrecen el relato), sustituyendo el deseo por animalidad ecologista y tornando lo mágico a simple hechizo de reminiscencia mitológica. Además, adeuda de Disney las personalidades de Bella y Bestia, más actualizadas, los personajes infantiles y un par de icónicas secuencias, deviniendo en un collage que como rasgo estructural plantea la materialidad, narrativa y metafórica, insuficiente y convertida en superficialidad al no aportar más que un acomodamiento actualizador arquetípico y modal, sin un subtexto sugerente, más allá de un solvente elenco actoral abrumado por la falta de matices de un director más preocupado de la pirotecnia visual a golpe de ciclorama.

Días de vinilo (Gabriel Nesci)

Ricardo González.

Cuando una obra cinematográfica es consciente plenamente de qué quiere contar, cómo hacerlo y a quién dirigirlo al menos merece el beneficio de la duda. Días de vinilo es una de esas películas irregulares pero que consigue dejarnos un buen sabor de boca. Deudora directa de la deliciosa Alta fidelidad, tanto en género (comedia romántica) como en leitmotiv (la música) peca de un metraje excesivo, se vuelve por momentos muy predecible (reacciona demasiado tarde y no es suficiente el giro narrativo que propone) y recuerda demasiado a otras películas, convirtiendo intertextualidad en patchwork explícito. Pero sería injusto no apuntar que todos estos elementos están en su mayor parte buscados deliberadamente por el novel director Gabriel Nesci, venido de la televisión (este detalle biográfico puede dar respuesta a los peros del film), en aras del entretenimiento sobre otros aspectos. Los actores, como siempre en el cine argentino, solventan la papeleta por encima de la media, incluido el maravilloso cameo en tres actos de Leonardo Sbaraglia que justifica casi por sí solo el visionado de la película. Algunos gags bien ejecutados, una subtrama beatlemaniaca y un amable tono (auto)paródico sobre el proceso creativo y el género que pisa convierten a Días de vinilo en un artefacto eficaz para pasar un rato fuera de los grandes presupuestos y las gafas de 3D.

Las mejores cosas del mundo (Laís Bodanzky)

Ricardo González Iglesias.

La adolescencia es un torbellino hormonal de sensaciones y sentimientos. El primer beso, el desamor o la separación de los progenitores son las primeras experiencias de los púberes en su viaje iniciático hacia la adultez. Y el cine los ha retratado con profusión.

Las mejores cosas del mundo no prejuzga las situaciones que plantea ni las reacciones de los protagonistas ante las mismas, solo busca mostrarlas. Narrativamente es previsible y sencilla, deviniendo por momentos en simple, lo cual afecta irremediablemente al resultado final de la película, dejando en el ambiente una sensación de insuficiencia.

En el afán de la directora Laís Bodanzky se intuye pues el llegar a conectar con el espectador adolescente, siempre y cuando éste se mueva en el mismo entorno burgués de clase media acomodada y blanca que nos retrata un Brasil que sabemos que existe, pero que posiblemente sea el menos interesante que se nos pueda ofrecer, ávidos como estamos de originalidad en las formas y complejidad en el fondo del cine contemporáneo.

Por lo tanto, el interés del film radica más en su dimensión pedagógica que en la propuesta cinematográfica, lo cual lo convierte en material perfecto para su exhibición en centros educativos concertados donde los alumnos serán más proclives a la identificación y receptivos al discurso políticamente correcto. Aprobado con cuatro y medio.