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Clásicos y contemporáneos

“Una vez que una película se muestra hoy, se transforma en un estímulo del ahora y, por lo tanto, pasa a formar parte del presente”, dice Lucía Salas en el texto con el que abrimos la primera entrega de un dosier dedicado a reflexionar sobre la recuperación y difusión del patrimonio fílmico en las condiciones del mundo contemporáneo. No se trata solo de rescatar las marcas del cine pretérito. No basta con evocar o imitar–bajo coartadas manieristas o posmodernas– su estilo, su memoria, sus modales. Es preciso traer al presente –a nuestras salas, a nuestras pantallas– el cine del pasado “con sus formas originales, sus ritmos y tiempos, sus ideas, sus espacios, sus personajes”, asegura Lucía.

La operación está en marcha desde hace ya mucho tiempo y se ha acelerado de manera vertiginosa por las múltiples iniciativas en streaming, públicas y privadas, que han surgido como respuesta al confinamiento impuesto por la COVID-19. Frente a esa realidad, en Caimán CdC hemos abierto un espacio de reflexión para pensar sobre las políticas de recuperación y difusión del cine del pretérito, lo que nos lleva a dialogar con diferentes empresas e instituciones implicadas en la tarea: filmotecas, plataformas, distribuidoras, salas de repertorio, etc., a fin de trazar un abanico lo más amplio y plural posible de las opciones disponibles.

Hablamos de lo que nos rodea: en nuestro número anterior celebrábamos la reposición en salas, y en copias restauradas personalmente por su autor, de siete películas esenciales de Wong Kar-wai. Este mes, nos hacemos eco del reestreno –también en pantalla grande– de dos títulos tan dispares como Crash, de David Cronenberg, y El chico, de Charles Chaplin, a la vez que la plataforma Flix Olé recupera las tres películas firmadas por Edgar Neville en Roma; tres títulos rodados en doble versión (italiana y española) que son parte relevante de la colaboración entre las industrias fílmicas del fascismo italiano y español a las alturas de 1939, ya casi cercana la sangrienta victoria del franquismo golpista.

Al mismo tiempo tenemos por delante el próximo estreno de la nueva película de Chloé Zhao, Nomadland (recientemente aplazado tras el cierre de este número), bajo cuyas imágenes resuenan los ecos de obras como The Plow that Broke the Plains (Pare Lorentz), Las uvas de la ira (John Ford), Hombres errantes (Nicholas Ray), Centauros del desierto (Ford, again) o Vidas rebeldes (John Huston), entre muchas otras. Una parte esencial del cine norteamericano del pretérito revive así en unas imágenes de aquí y ahora, pero no de una forma manierista (como sucedía en Mank, de Fincher), ni tampoco posmoderna (como en Érase una vez en… Hollywood, de Tarantino), sino palpitando en sordina desde dentro, fertilizando con su humus silencioso y enriquecedor una limpia mirada –dura, pero no quejumbrosa– sobre una doliente realidad actual.

El cine del pasado se hace así contemporáneo por muchos y diversos caminos. Depende de nosotros, ahora, saber interpelarlo con una perspectiva crítica capaz de hacerlo presente.

Nomadland (Chloé Zhao). San Sebastián 2020 – Perlas

Parece trivial, incluso frívolo, considerar que una conversación, una charla distendida u otra totalmente trascendente puedan tener la fuerza suficiente para transformar el arraigado sistema de creencias por el que se rige cada individuo. Quizá por ello resulten imprescindibles en la ficción las grandes gestas, hitos monumentales que funcionen como génesis creíbles de relatos de reconstrucción y búsqueda personal. Sin embargo, no hay nada de eso en Nomadland, el último trabajo de Chloé Zhao. No hay una tragedia reciente (la que hay sucedió hace ya tiempo), ni un hecho impactante que redireccione el rumbo que toma Fern (Frances McDormand). Aunque puede que este planteamiento atente contra las normas de estilo de un guion convencional, Nomadland resulta completamente coherente con la realidad que representa.

Y esa realidad no es otra que la América de las grandes corporaciones, del individualismo como estilo de vida, de la precariedad laboral y la especulación urbanística, del abandono a sus mayores. Zhao desvía la atención de los grandes males y villanos que retrata (representados en el colosal imperio de Amazon) para mostrar el reverso de dicha sociedad, y sobre todo la realidad de aquellos a quienes el sistema fagocita y, con suerte, permite vivir en sus márgenes. Y lo hace con honestidad, con la sencillez de lo mínimo en sus formas, en una estética que se fundamenta en la belleza del paisaje (el desierto como espacio facilitador de la apertura a la trascendencia), en sus atardeceres y amaneceres que simbolizan la posibilidad de un nuevo comienzo.

Nomadland es el lado luminoso y sensato del atrevido impulso de romper con lo impuesto, de resistir a la seducción consumista sin recurrir a elaborados discursos antisistema. Es la sencillez formal como reformulación de los enredos en que se pierde la vida, un retrato esperanzador que plantea preguntas existenciales otorgando siempre el espacio y el tiempo necesarios para que cada cual encuentre sus propias respuestas.