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Capitu e o capítulo (Júlio Bressane). Filmadrid 2021

Quizás en España, Machado de Assis sea un nombre tan desconocido para el público como Júlio Bressane, pero en Brasil la fama precede su obra. Dom Casmurro (1899) fue una de las novelas capitales de este escritor preocupado por las infidelidades de la burguesía. Ahora, más de cien años de reivindicación social después, el director Júlio Bressane olvida los componentes ambientales de texto para recoger la esencia del desamor y adaptarla a los nuevos lenguajes en Capitu e o capítulo.

Carecería de sentido presentar una traslación al uso del texto a la pantalla. Por eso, frente a una historia mil veces representada, Bressane decide que sea precisamente este elemento, la representación, la tinta con la que dibujar sus palabras. En la película, no hay apenas interés por reflexionar sobre lo que se narra –pues jamás llegaría a la envergadura presente en la novela– sino sobre el modo en el que se narra. Desde la figura del cronista bibliógrafo hasta el interludio musicalizado, todo pretende otorgar al relato una dimensión de autoconsciencia. Sin duda, la búsqueda del realismo, el psicologismo o las explicaciones racionalizadas de los personajes se truncan con unos diálogos versificados y tratados como peroratas, como interpretaciones de un original que responden a motivaciones de índole más intelectual que emocional. Tanto es así que la mejor forma de encajar esta extravagante propuesta es aceptar, igual que ha hecho su realizador, que los actores son peones sobre escena, títeres articulados para mostrar el pathos y generar el logos.

Asimismo, la cuidada estética de luces eclipsadas pseudooníricas y colores almidonados vehicula una obra que se acerca poderosamente al teatro surrealista para arañar la carcoma del amor falso y acomodado. Las referencias a los bombines trajeados y los hermosos bodegones floridos son obtusas, el lenguaje exigente y el ritmo paciente. Con todo, hay dos importantes ideas que trascienden la cinta. Una ya se encontraba en la novela: la desconfianza que siente el receptor ante un narrador paranoico y obsesivo que, cegado por los celos, es capaz de imponer conclusiones precipitadas. La otra, una contradicción frente a la anterior, que la honestidad de un creador demiurgo incidente en su mirada puede suponer una revisión distanciada de la esencialidad humana. Una necesidad última de adaptar, con originalidad y gracia, las grandes obras de cultura no contemporánea. Óscar M. Freire

Beduino (Júlio Bressane)

Carlos Rodríguez Martínez de Carneros

“Penetración mental”; así es como textualmente quedan definidos los actos de un particular estrangulador en la última película de Júlio Bressane. El mundo onírico y el mundo cotidiano se funden en Beduino para contar una historia de amor y erotismo.

A través de planos largos, espacios reducidos o escenarios teatrales, la cinta brasileña se vale de lo simbólico para narrar una historia sexualmente muy explícita. Aquí no aparecen secuencias de cine erótico en las que se evidencie el sexo de forma física. Simplemente son metáforas muy logradas que insuflan una sensación orgásmica en cada una de sus recreaciones.

El director brasileño llena su película de múltiples referencias al erotismo cinematográfico existente en los diferentes géneros. Desde la lluvia dorada del Pedro Almodóvar más explícito de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) al ‘amante menguante’ del Almodóvar más metafórico en Hable con ella (2002). Desde el erotismo gótico del Drácula (1958), de Terence Fisher, hasta la psicología de La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick, pasando por la sexualidad oculta en el suspense de Alfred Hitchcock.

Júlio Bressane también encuentra espacio para hablar de la propia vida. Vida simbolizada en el agua, ya sea emulando una eyaculación en la cara de Alessandra Negrini desde una botella, o simplemente con el sonido del mar. Un mar que inquieta a la protagonista femenina hasta el punto de querer fundirse con él a través de la satisfacción sexual encontrada en una autoasfixia efectuada con un cabo de barco.

Los regresos a la realidad que Bressane lleva a cabo en momentos puntuales sirven para recordar al espectador que ese mundo onírico está orquestado exteriormente por un director y un equipo de rodaje, y establecer así una metáfora final sobre los sueños y sobre la única capacidad de dirigirlos, que corresponde al ser humano.