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Negative Numbers (Uta Beria) – Festival ArteKino

Un centro de detención juvenil en Tbilisi, en el que cumplen condena una treintena de menores, es el escenario ideal para reflejar la cultura criminal arraigada en las prisiones de la antigua URSS, y que perdura mucho más allá de la caída del comunismo. Poco importa la juventud de los presos en una cárcel que se encuentra totalmente jerarquizada y cuyo líder es Nika, condenado erróneamente para encubrir un crimen de su hermano mayor, miembro de la banda criminal vor v zakone. En este escenario irrumpen dos ex jugadores de rugby profesionales, quienes asumen el reto de ayudar a estos jóvenes delincuentes, proporcionándoles una vía de escape a través de la disciplina del deporte.

Basada en las historias reales recolectadas por los entrenadores, Negative Numbers, primer largometraje del director georgiano Uta Beria, guarda paralelismos con La soledad del corredor de fondo (Tony Richardson, 1962) y va más allá de ser un simple drama carcelario. Además de confeccionar un retrato muy vivo y preciso de la vida diaria de estos jóvenes, la película muestra lo inadecuado de los métodos de educación y socialización de los reformatorios, así como los sentimientos de inconformismo y rebeldía que anidan en los muchachos internos. La cámara se presenta como un personaje más, sintiéndose prisionera en los reducidos espacios del centro penitenciario y mostrándose tímida, pero libre, en los entrenamientos semanales. Dichos entrenamientos se ruedan al principio tras la distancia, con la cámara alejada y separada por una gran verja, metáfora de la anhelada libertad. Tras el paso del tiempo y con la mayor confianza de los presos, la cámara se mete de lleno en el vigor del rugby, demostrando que liberarse de tal situación solo es posible a través de la combinación de decisiones valientes y la fuerza del colectivo. Nika, reacio en un principio a la práctica del deporte que amenaza con abolir el sistema piramidal, no tarda en simpatizar con ese sentimiento de equipo, lo que le acabará provocando un dilema entre mantener la fidelidad a su hermano o entregarse a su nueva familia.

La familia Samuni (Stefano Savona)

 

Ganadora del Ojo de Oro en Cannes, la película de Stefano Savona documenta la masacre de Zeitoun (Gaza) en la que 29 miembros de una familia fueron asesinados durante una operación del ejército israelí en 2009. La película está estructurada en tres vectores narrativos. El primero (y principal) son los testimonios de varios miembros de la familia –entre los que sobresale Amal, una niña que sobrevivió a la tragedia y que ejerce de inesperada cicerone– un año después de la tragedia. En esta parte se establece un marcado tono emotivo en la inmersión en la vida de los Samouni, en su lucha por sobrevivir en la Franja de Gaza, reconstruir el territorio arrasado y recuperar la dignidad perdida. Para contar la historia de la familia antes de la tragedia, Savona se nutre de la animación nerviosa de Simone Massi. En este segundo vector narrativo radica toda la fuerza del film y su principal virtud, ya que esos trazos enérgicos grabados sobre fondo negro se revelan como el medio perfecto para mostrar los recuerdos vívidos de Amal, pero que también esconden una historia reprimida por la trivialización de un conflicto que ha estado matando durante décadas.

El enfoque de Savona de combinar piezas del pasado y del presente desde una distancia cercana pero respetuosa (la cámara no fuerza nunca el habla) resulta satisfactorio para la mayor parte de la película, donde el cineasta se revela como un observador y selector talentoso, a pesar de la pérdida de ritmo en el último tercio. La problemática, no obstante, radica en el tercer vector narrativo, en el que se recrea por ordenador la evaluación y posterior ataque de los soldados israelíes, una vista de dron que deshumaniza a las víctimas. ¿De qué trata toda la película entonces? ¿La realidad de la vida de posguerra de una comunidad pacífica o el reproche a esos ataques? A pesar de ese acto deshonesto en forma, la película ideológicamente se acaba situando más cerca de las obras de Marjane Satrapi o Joe Sacco que de la Cafarnaúm de Nadine Labaki. Algo que sin duda es de agradecer.