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A Chiara (Jonas Carpignano). SEFF 2021 – Sección Oficial (A Concurso)

Emparedada entre dos celebraciones, como ocurría en El padrino, la última película de Jonas Carpignano se enfrenta a la mafia de la droga calabresa como si se tratara de un secreto envuelto en múltiples capas, una cebolla metafórica que la protagonista, la hija adolescente de uno de sus capos, deberá pelar a conciencia para llegar al conocimiento y la madurez. Y no menciono El padrino por casualidad: hay algo épico en el cine de Carpignano, un deseo de contar historias y más historias, y de relacionarlas con el tema de la inocencia puesta a prueba, que lo emparenta tanto con Coppola como con otros cineastas de su generación, una especie de émulo de Scorsese que quisiera filmar como si fuera el tercero de los hermanos Safdie. Todo eso es mucho decir, claro está, y quizá de ahí que el responsable de Mediterranea (2015) y A ciambra (2017) se haya decidido a cerrar su trilogía de Gioa-Tauro con una orgía de imágenes de la que finalmente no sabe muy bien cómo salir, sobre todo cuando quiere recubrir el conjunto con un manto de auteur europeo de ultimísima generación, de los que suelen prestar más atención al envoltorio que al paquete en sí.

La Chiara del título, en efecto, tiene por padre a un tipo demasiado normal, un intermediario que un día debe desaparecer para salvar su vida. Y ahí empieza la peregrinación de la protagonista, que la lleva de las calles de Urbino a un dédalo de incidentes más amontonados que estructurados, todo ello una simple excusa para rodar en un estilo presuntamente naturalista que quiere convertirse poco a poco en abstracto, y que a su vez intenta hablar de demasiadas cosas, de la mafia como producto del sistema a la paternidad como mito, pasando por la capacidad innata de la adolescencia para fabular e imaginar. Pues la perspectiva desde la que se cuenta todo pertenece siempre a la tal Chiara, pero Carpignano, director poco sutil y aún menos riguroso, por mucho que empiece dejando la historia mafiosa en fuera de campo, la va incorporando poco a poco a su relato hasta convertirla en protagonista absoluta y renegando de su propia estrategia: aunque los actores no son tales, sino habitantes de la zona en la que se ha rodado la película, y a pesar de que el film contrarresta ese effet du réel con un uso muy particular del punto de vista, el artificio va ganando terreno, agota la paciencia visual del espectador y, a medida que lo hace, va perdiendo en el camino buena parte de sus hallazgos iniciales.

A Chiara (Jonas Carpignano). CANNES 2021- Quincena de los realizadores

Con este film se cierra la trilogía que inició el italiano Jonas Carpignano con Mediterránea (2015) y continuó con A Ciambra (2017). El cineasta lleva más de diez años viviendo en Gioia-Tauro, una ciudad de Calabria, donde se trasladó con la intención de hacer una investigación sobre la zona. El resultado es un primer film que se centraba en los inmigrantes africanos (y fue presentado en la Semana de la crítica), un segundo que retrataba a los gitanos del barrio de A Ciambra (y que pasó por la Quincena de los realizadores) y este último en el que trabaja en torno a la familia Guerrasio para hablar sobre la mafia (o la ‘supervivencia’, como especifica uno de los protagonistas del film). Lo hace además, y esto es uno de los elementos más interesantes, a través de una mujer: la mediana de las tres hijas del matrimonio.

Carpagnino mantiene el juego entre realidad y ficción que ha desarrollado a lo largo de toda la trilogía (aquí los personajes viven en la ciudad donde se filma, forman parte de una familia real y no son actores profesionales) y también el mismo sentido de una puesta en escena en la que tanto el sonido como la cámara (casi siempre al hombro) siguen, acompañan e ilustran el estado mental y emocional de los personajes (serán caóticos cuando el personaje se sienta confuso o desconcertado y serán serenos cuando lo tenga todo bajo control).

La película no se despega un segundo de Chiara, una niña de quince años que va descubriendo, a fuerza de tenacidad y valentía, la verdad de su familia y, sobre todo, de su padre. Se trata por tanto de un film sobre la pérdida de la inocencia, pero también sobre la necesidad de saber aunque suponga el fin de cualquier certeza posible (sobre el silencio, la imposibilidad de hablar y el ruido que no deja escuchar ofrece el film interesantes juegos sonoros). En el plano político A Chiara habla de un sistema endémico que fracasa en ambos lados: el de la mafia, pero también, y sobre todo, en el de los mecanismos tanto policiales como institucionales cuando se habla de la protección de los menores.

Jara Yáñez

En un momento de la película, un amigo del padre de Chiara le explica que en Urbino, localidad donde nació Raffaelle Sanzio, existe un bello retrato del pintor. La cita parece intrascendente, pero esconde una de las claves de la película, la posibilidad de convertir A Chiara en el retrato de una chica que busca su identidad. La acción se desarrolla en la Regia Calabria. Chiara es una adolescente que asiste ilusionada a la fiesta de dieciocho años de su hermana. El día después, el coche de su padre estalla ante su casa y su padre desaparece. A partir de este momento toda la película se presenta como un camino en busca de la identidad, de reconocimiento de si misma y de las circunstancias sociales en las que vive. En un momento clave de la película, Chiara se encuentra con el padre evadido. Ella considera que su padre pertenece a la mafia y que está atado a una serie de negocios sucios. El padre le muestra lo que hace y al final le dice que él no forma parte de la mafia, los sicarios son los empleados de una estructura de poder ya que su condición humana no es otra que la de ser un simple superviviente. Chiara también puede convertirse es una superviviente de un mundo que no ha escogido, frente al cual se le presenta la opción de otro mundo posible. Carpignano sigue en todo momento el punto de vista de Chiara y hace que la película derive del retrato al relato, siendo siempre más interesante el retrato.

Àngel Quintana