Es difícil ver hoy el cine de Maurice Pialat. No se trata de que su propuesta estética o formal, de un rigor y una coherencia incontestables, sea radical, que lo es, pero no es por eso: estamos acostumbradas y aplaudimos muchas radicalidades. Esas elipsis abruptas y sin concesiones que nos vemos obligadas a rellenar a veces con cierta dificultad. La ausencia de música. La falta prácticamente absoluta de fundidos y encadenados, montado todo, planos y secuencias, por corte directo, más bien a hachazos. La cámara implacable siguiendo a los personajes. La urgencia que destilan sus imágenes, esa sensación de aquí y ahora.
Es difícil ver hoy el cine de Maurice Pialat por su violencia. Porque ese estilo, esa puesta en escena abrupta, sin miramientos, cortada a cuchillo, es la expresión de su forma de entender las relaciones personales, familiares, amorosas: pura violencia. Solo se salva de ello cierta mirada sobre la infancia, como si solo fuera posible amar de verdad a los niños. O es el único amor que el cineasta es capaz de mostrar. Porque no es fácil llamar amor a lo que une a los personajes en su cine; llamémosle deseo, dependencia emocional, miedo. Las escasas muestras de cariño o de ternura quedan casi siempre restringidas al preludio y al momento posterior de la relación sexual porque, salvo en muy contadas excepciones, la actividad sexual no se muestra nunca. Así sucede en Van Gogh (1991), Nosotros no envejeceremos juntos (1972), A nuestros amores (1983) o Police (1985), como si no le fuera posible rodar al cineasta el momento de mayor intimidad entre los amantes; un pudor que no existe si se trata de filmar la violencia, a veces incómodamente real, como la de A nuestros amores.
El cine de Pialat es un cine brutal tanto en la forma como en el fondo, porque son indisociables. Su visión del ser humano y sus relaciones es terrible y pesimista y lo más positivo que podemos decir de sus criaturas es que están perdidas. Si de vez en cuando vemos a sus personajes felices, celebrando la vida, es algo momentáneo y fugaz, destinado a no durar y a ser cercenado por alguna agresión o negado en la siguiente escena por un arrebato de ira. Un tópico que se ha aplicado siempre a su obra es que es un cine vivo, en el sentido de que parece que estamos ante la vida misma, ese aquí y ahora que decíamos, y es cierto. Hay una visceralidad, que es la de los personajes, siempre movidos por impulsos, por pulsiones del deseo, pero es también la que desprende el relato. Sabido es que el cineasta improvisaba o provocaba con sus acciones situaciones inesperadas en el rodaje en busca siempre de la verdad de las emociones.
Es difícil ver hoy el cine de Maurice Pialat si eres mujer. Veo más de una ceja levantada ante esta afirmación tajante, pero es lo que hay. Ya sé que está lo de la búsqueda de la objetividad en el análisis y el rigor y todo lo que se quiera, pero no puedo hablar desde otro lugar y, si eres mujer, el cine de Pialat resulta aún más asfixiante y demoledor. Creo que no requiere justificación, a estas alturas del siglo, la necesidad de aplicar una mirada desde el género. Así que el caso es que aquí estamos las mujeres teniendo algunas serias dificultades para encajar según qué cosas que son centrales en el cine de Pialat. Como esa violencia de la que hablaba, aplicada casi siempre a las mujeres por parte de los hombres. Su cine está lleno de mujeres menospreciadas, golpeadas e insultadas, y de hombres posesivos, maltratadores y territoriales.

Por supuesto, hay que separar el punto de vista de los personajes del de la película. Una característica del cine de Pialat es que el cineasta no juzga a los personajes: los muestra, les deja expresarse, sea cual sea esa expresión. Esto aplica a los hombres violentos que pueblan su cine. En la lógica de sus relatos, esa violencia está completamente integrada y aceptada por el entorno. Una ausencia de juicio moral que también se aplica al comportamiento de las mujeres, que, en muchos casos, siguen su deseo sin rendir cuentas, como las protagonistas de Loulou (1980) y A nuestros amores. Una cosa es lo que dentro de cada historia supone ese comportamiento, el ser juzgada por su deseo y sus relaciones, y otra lo que corresponde al punto de vista de la sociedad patriarcal que retratan los filmes. Pero ese no es el punto de vista del relato ni del cineasta, que no juzga lo que ellas hacen y les da, en algunos casos, como en A nuestros amores y Nosotros no envejeceremos juntos, una capacidad de agencia que implica, al final, tomar un camino propio, aunque, eso sí, siempre con otro hombre.
Y es que las mujeres son personajes singulares inscritos en entornos masculinos y solo parecen existir en función de los hombres que las desean. De ahí el inicio de A nuestros amores, con el cuerpo primero de espaldas y luego de frente de Sandrine Bonnaire en el centro de la imagen en la proa de un barco o el final de Nosotros… con el de Marlène Jobert en bikini en el mar. El cuerpo de la mujer es el territorio por el que pelean los hombres y donde se dirime la hombría: ¿lo hace mejor que yo?, ¿la tiene más grande? Estas son preguntas que, en casi todas las películas, varios de los personajes masculinos hacen a las mujeres cuando estas mantienen relaciones con otros hombres. El cine de Pialat es el reino de eso que hoy identificamos como relaciones tóxicas.
Las crónicas, de su época y actuales, sobre Nosotros no envejeceremos juntos, reiteran que se trata del retrato implacable del final de una relación, de una historia de amor. Vaya. Qué quieren que les diga, es difícil no ver en ella una relación abusiva, de un tipo inseguro y violento que maltrata, verbal y físicamente, a su amante, y no una historia de amor. Se suma la dificultad, con todo lo que sabemos ahora de Gerard Depardieu, protagonista de varios de sus filmes, de disociar al personaje del hombre real. Máxime si en una película como Police representa a un policía que se dedica a mirar lascivamente e intentar meter mano a todas las mujeres que se cruzan en su camino, de forma campechana y casual.
Así que sí, es complicado hoy en día mantener la mirada ante el cine feroz de Maurice Pialat.
Áurea Ortiz Villeta








