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Las imágenes y la guerra

¿Qué papel juegan las imágenes en el desarrollo de una guerra? No es una pregunta nueva. Tampoco es la primera vez que se formula a lo largo de la historia de esta publicación. Allá por noviembre de 2007, en el número 6 de la entonces Cahiers du cinéma. España reflexionábamos sobre las imágenes generadas en el cine en torno a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos. También en el número 44 (abril 2011) dedicamos un dosier especial a las ‘Imágenes de la revolución’ en la Primavera árabe. Se trataba en ambos casos de pensar sobre el peso específico de lo audiovisual respecto a la representación del conflicto, pero también sobre el modo en el que las imágenes construyen el relato histórico, colaboran a la interpretación de los hechos, favorecen su difusión o, incluso, son capaces de impulsarlos y modificarlos.

De manera trágica, infausta y funesta nos enfrentamos de nuevo a la barbarie de la guerra y acogemos una vez más el reto de interrogar, conscientes de su delicada y profunda complejidad, el papel que las imágenes ejercen hoy sobre la situación en Ucrania. Hace apenas cuatro meses, cuando inaugurábamos esta nueva etapa de la revista, decíamos: “Desde Caimán CdC entendemos la crítica como un ejercicio radical, riguroso, sin prejuicios y siempre comprometido, es decir, unido indisolublemente a la transformación no solo del audiovisual contemporáneo, sino del conjunto de la cultura y la sociedad”. Hoy abrimos, cedemos y ponemos a disposición algunas de nuestras páginas para recoger los testimonios directos, urgentes, desesperados y desgarradores de mujeres y hombres cineastas, productores, críticos de cine o miembros de instituciones cinematográficas ucranianas que, inmersos en el conflicto, desde la primera línea de fuego, lanzan sus gritos de horror. Hace tiempo que la ingente e incontrolable producción de documentación audiovisual que se produce desde y durante los conflictos bélicos ofrece una poderosa contrapartida a los intentos (también los de Putin) de represión y control frente a la libre circulación de la información. Hace años que somos testigos de las guerras a través no solo de los medios de comunicación convencionales, sino también de las redes sociales y otras aplicaciones que se hacen cada vez más diversas y sofisticadas. Los mapas de tráfico de Google, TikTok o Telegram, por citar apenas tres, ponen hoy al alcance de la mano y en tiempo real una información que antes pertenecía al terreno de la estrategia bélica más secreta. Pero además, desde el pasado 17 de marzo y por primera vez en la historia, estas imágenes adquieren un nuevo valor al convertirse en herramientas esenciales en el marco de la investigación que el Tribunal Penal Internacional ha puesto en marcha para juzgar los crímenes de guerra cometidos por Putin en el mismo momento en el que se están perpetrando. Nos gustaría pensar que los testimonios aquí reunidos ahondan en esta posibilidad.

Son alegatos personales, crónicas inmediatas en las que también aparece la solicitud al bloqueo cultural a Rusia. Se reabre con ello en nuestras páginas un debate que nos lleva a pensar en la cultura como ‘tercer frente de la guerra’, pero también en las distintas formas de relación entre lo político y el artista, en la posibilidad de entender la independencia de la obra frente a su autor y, sobre todo, en la necesidad de defender el peso de una cultura centenaria que forma parte de un patrimonio europeo común. Es precisamente en esa línea en la que se suman a este número dos textos esenciales (firmados respectivamente por Àngel Quintana y Javier H. Estrada) a través de los cuales nos detenemos a pensar el cine ucraniano en dos momentos, pasado y presente, como mecanismo para resignificar la obra de cineastas como Dziga Vertov, Aleksandr Dovzhenko, Larissa Shepitko o también, cómo no, Tarkovsky (al hilo de la polémica anulación del pase de Solaris en la Filmoteca de Andalucía). Pero también para comprender el origen de un conflicto que arranca en 2014 con la anexión rusa de Crimea y el inicio de los conflictos en el Donbás, a través de toda una generación de jóvenes cineastas que llevan años relatando la deshumanización a la que conduce la guerra y las secuelas de toda esa barbarie. Cineastas a los que, desgraciadamente, hemos escuchado hasta ahora solo de lejos.