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Un efecto óptico (Juan Cavestany). San Sebastián 2020 – Zabaltegi

Como en anteriores trabajos, Juan Cavestany se adentra en la psique humana en busca de respuestas a comportamientos que, a pesar de ser normalizados por ser habituales o aprobados socialmente, resultan incomprensibles (y no por ello menos fascinantes) desde un cierto punto de vista lógico (o incluso psicológico). Esta vez es la figura del turista (a quien el propio Cavestany ha descrito como “una persona convertida en actor en busca de un personaje”) la que ha despertado el interés del cineasta, que parte de lugares comunes (fácilmente reconocibles) para dinamitar, precisamente, el absurdo que subyace en la incongruencia del ser humano. Algunas de las señas de identidad del director de Gente en sitios forman parte de la puesta en escena de la película: la comedia basada en el absurdo, el extrañamiento como fruto de un cuestionamiento existencialista, el humor como resultado de un incómodo intercambio de incongruencias y lo simbólico (y lo onírico) como expresión del inconsciente.

Pero lo más interesante de Un efecto óptico quizá sea la reflexión que de ella puede extraerse sobre la propia naturaleza fílmica, un lúcido ensayo sobre el ilusionismo, el cine y sus múltiples (y mágicas) posibilidades. Enfrascados en una sucesión de bucles temporales, los protagonistas de la cinta se encuentran sometidos a las exigencias de un montaje que los mantiene en continua dislocación espacial. En lo formal, la repetición y la presencia desordenada de elementos visuales (destacan, especialmente, las fotografías que ellos hacen con la cámara y que se muestran en pantalla) se erigen como confusas variaciones que refuerzan el desconcierto y la anarquía del relato y que dan como resultado una superposición de texturas visuales. La narración es el resultado de una manipulación espaciotemporal a la vista del espectador, una operación desconcertante dentro y fuera de la diégesis que sitúa la acción en el terreno de lo imposible.

 

Juan Cavestany

(Caimán CdC 20, oct. 2013)

“El gobierno asfixia a la gente necesaria”

Gonzalo de Pedro.

Juan Cavestany llega al festival de Toronto con Gente en sitios: cine autónomo, político sin parecerlo y heredero de cierto esperpento. Un homenaje fragmentario, colectivo, humanista y alucinado a un país y a sus gentes, abocados al desastre por su clase dirigente.

Que la película se llame igual que su blog fotográfico, ¿es azar, o es que comparten un mismo espíritu?
La película no nace del blog, sino como reacción a El señor, que rodé en solitario con un actor, dos secundarios, y montando y sonorizando en casa. Y nace también de mi acercamiento a las piezas cortas de Franz Kafka a través de José Sanchis Sinisterra, que me deslumbra con su discurso sobre lo fragmentario, lo inacabado y lo que llama ‘la poética de lo menor’. Ahí nace el proyecto de una película de ideas sin hilo conductor aparente, pero que tampoco sea ‘de sketches’. Que dé una sensación de unidad, porque el viaje de la película es uno, no varios.

Tanto en el blog como en el film hay un interés por escenas cotidianas que revelan algo de sus protagonistas. 
A veces miro a la gente desde detrás de una esquina, no como un psicópata sino con una curiosidad genuina, con el ánimo de documentar el momento, y con la fantasía universal de ser otro. Una fantasía no solo de deseo: puede ser de rechazo o extrañamiento. ¿Cómo es la vida del otro? ¿Cómo sobrevive? ¿Cómo sería yo si en vez de ser yo fuera ése? Un posible hilo conductor de Gente en sitios serían las preguntas ‘¿cómo ser?’, ‘¿qué hacer?’

Ha dicho que su trabajo autónomo no tiene nada de político; sin embargo, esa forma se adecua bastante a un contenido político sin parecerlo: el retrato de un país en la miseria moral más absoluta.  
Estoy de acuerdo con que Gente en sitios puede ser una película política, porque principalmente trata sobre cómo nos organizamos la vida en común, pero no es el retrato de una miseria moral absoluta. La miseria moral es la de la mayoría de los dirigentes políticos y económicos, y de la gente que se hace cómplice o se va rindiendo de manera idiota. La clave está en cómo afrontamos estas embestidas del terror. Hay días que miro alrededor y la gente me deprime, otros me sorprendo con su iniciativa, criterio, bondad; gente necesaria a la cual este gobierno desea y necesita desmoralizar y asfixiar.

¿Cómo ha sido el proceso de escritura-rodaje-montaje?
Escribiendo, rodando y montando simultáneamente. El verano pasado rodé dos escenas sin conseguir el tono. En enero volví a rodar y supe que había dado con la clave. A partir de ahí rodé y monté una escena cada semana, coordinando por teléfono a los actores y asignando escenas de forma casi azarosa. El 50% de la película, más o menos, está guionizado y el resto eran bocetos. Montaba mientras rodaba, pero cuando me quedaba poco llamé a un montador, Raúl de Torres, y a Enrique López Lavigne, de Apaches, para que me echara un cable con la posproducción y la distribución. Mientras, yo seguía rodando.

¿La estructura episódica estaba pensada desde el comienzo?
Pensé que iba a compensar la falta de hilo conductor intercalando los ‘mini actos’ de las escenas, pero era artificial. La clave ha estado en el orden, en un flujo de tono y ritmo para crear ese viaje hacia un lugar. En su relato La muralla china, Kafka explica cómo la construyeron: a fragmentos, para que los obreros no se agobiaran con lo inabarcable de la tarea, y dejando huecos entre medias. Y se pregunta qué defensa podía garantizar una muralla intermitente. Eso mismo me pregunto yo de mi película.

Entrevista realizada por e-mail, el 10 de agosto de 2013