¿De dónde surge la película y la poesía como tema? Parte de cosas muy personales. La tomé como una especie de terapia para observarme, reflexionar, sobre un proceso que es madurar como ser humano. Pasa por todos los temas que para mí en mi vida son importantes, como cineasta, como artista, como hombre, como habitante de esta sociedad en la que vivo. Parte mucho de la frustración, de lo difícil que es hacer películas, pero también hay una parte muy bella que es el privilegio de hacerlas y buscar la luz y la tranquilidad en ese proceso. Después de años de trabajar en tus películas, conoces ese universo áspero, oportunista, mercantil del arte y te vas alejando de esos principios bellos, hermosos, poéticos que son por los que haces cine, por los que haces arte. Esta película es un retrato sobre mi peor versión del futuro, para reconectarme con la versión joven que empezó, llena de energía y emociones, desprovista de cualquier maquinaria, con el interés puro de hacer y amar el cine. Esa es para mí la poesía. Si renuncio a hacer cine, ¿en qué me convertiré? En un bohemio soñador que dejó atrás sus sueños. Soy el poeta obsesionado con el arte, frustrado en ocasiones, pero también soy la chica que intenta buscar esa luz en la vida, disfrutar el proceso, disfrutar la frustración y entender los momentos de fracaso como parte del proceso y sobre todo hacer lo que me interesa, la libertad de hacer lo que uno le venga en gana en el arte. Es como una especie de grito mío al mundo para buscar la libertad y el disfrute en el proceso de creación artística.
Partí de ahí, pero me interesaba más hacerlo a través de un poeta y no de un cineasta porque conocía un poco el universo de los poetas de Medellín. Hace más de diez años que lo frecuento, he tenido experiencias con el universo de la poesía y me interesaba, pero no sabía cómo acercarme a él hasta que hizo clic un poco con la frustración personal. Fue durante la pandemia, entonces había más tiempo libre para sentarse y escribir mucho.
Hablar de poesía hoy no es habitual, el protagonista podría haber sido un cineasta, pero que sea un poeta marca una diferencia, porque la película, con su tono grotesco, luego trágico y el humor negro, también plantea qué es poesía, cómo encontrarla hoy. Había muchos elementos que me llamaban a hablar de la poesía. No tanto idealizar la poesía en sí, sino el personaje del poeta. Es una visión muy documental, antropológica y la poesía es transversal a todo, está en todo. La poesía no necesariamente es de los poetas, es de todos.
Tu película es, justamente, un ejercicio de libertad creativa. Escapa de muchísimos clichés: no es costumbrista, no está en la pornomiseria que se asocia siempre a una parte del cine latinoamericano. Claro, nos reímos de cómo hacemos arte en países como Colombia, donde el otro siempre se retrata desde un punto de vista muy definido. Se trata de tumbar esos paradigmas y reírse de ellos. Buscar la libertad total. En el proceso no teníamos reflexiones y buscábamos evitar cualquier referente. Por eso la película tiene esta estética como tan loca y tan movida, que es un poco lo opuesto a lo que se podría esperar también. No nos estamos inventando nada, pues son formas que se han usado en el cine.
Has rodado en súper 16 mm, mantienes la suciedad del encuadre, el grano grueso, hasta el polvo que se acumula en el borde. Todo es rugoso y áspero y la estética de la película es feísta. Resulta chocante hablar de poesía desde ahí. El mundo del cine es demasiado bello. Y a mí me molesta mucho la extrema belleza con la que se retrata en el cine. Los actores son bellos en general, algo muy lejano, que no me resulta interesante. Es la belleza de un mundo artificial. Por eso quería a Ubeimar Ríos como protagonista. Encuentro belleza en su rostro, en sus arrugas, en su forma de hablar. Y es el poder del cine. No lo veo como algo feo, lo veo como algo vivo, lleno de vida, de poesía. Y siempre voy a buscar ese tipo de belleza.
En la película nos sentíamos un poco como en una juguetería, tomando todos los juguetes de ese lenguaje del cine, de la narrativa, sin importar si se veía feo o no. Yo creo que esa decisión tan libre y determinada en su conjunto es lo que le da una unidad narrativa más sólida a la película. La decisión radical de simplemente no importarnos si va a quedar bien o no, o si a alguien le va a interesar, sino simplemente jugar con ello. Dejar el borde, aunque se vea feo, o mover la cámara, o poner música en todos los lugares, o cortar de manera radical. Todas esas decisiones crean una cosa fea, pero hermosa al mismo tiempo.
La película empieza como una comedia, negra y grotesca, sin duda, pero, sin dejar de serlo, se va haciendo trágica, desesperada. ¿Cómo planteaste este tono tan particular? Me interesaba acercarme a la audiencia, sobre todo a la audiencia en Colombia. Porque en el cine colombiano hemos sido muy distantes a la audiencia, sobre todo en el cine independiente. Y para lograr conectar con la audiencia tenía que hacer una película de emociones, de fuerza narrativa, una película digerible. En su rareza y en su visión artística también había que acercarse al público. Quería que la película no fuera necesariamente comercial, pero sí popular. Que fuera como una pequeña pieza de arte que se acercara a la audiencia. Y fue una experiencia muy bella en su paso por salas de cine en Colombia, porque la audiencia colombiana obviamente va al cine a ver los títulos películas taquilleros estadounidenses, y nos enorgullece que la película reconectara con su propia audiencia. En su paso por salas alcanzó a los 260.000 espectadores, que es una cifra muy grande para el cine colombiano. Tal vez no tan grande para una película de Hollywood, pero para nosotros es una cosa hermosa. Y algo esperanzador para la audiencia del cine colombiano.
El actor protagonista es un hallazgo absoluto, no es un actor profesional, es profesor de filosofía. Es una interpretación extraordinaria, muy visceral, muy diferente de lo que vemos habitualmente. Su entrega se percibe y es esencial para la película. ¿Cómo lo encontraste y por qué decidiste que fuera él? Todos los intérpretes surgieron de un equipo de casting maravilloso. Fue un proceso muy largo, porque sabíamos que teníamos muchos personajes, muchos diálogos, y muchas escenas. Primero busqué actores profesionales, sobre todo para el personaje principal. Pero también teníamos un casting alterno, que era de poetas, de escritores, de artistas, del universo de la poesía y del arte en Medellín, bohemios, que buscábamos para que le dieran esa vida y ese realismo que queríamos. Y en ese proceso de búsqueda apareció Ubeimar y le hicimos una prueba, porque podría funcionar para uno de estos poetas del entorno. Seguía buscando a mi actor profesional, pero Ubeimar seguía ahí, entre los seleccionados, como una obsesión mía por debajo, pero sin entender por qué, ya que en el guion yo no le veía, mi personaje no era como él. Pero el mismo Ubeimar me hizo cambiar de parecer, me hizo ver el personaje de otra forma, y me hizo entenderlo también. Los cineastas no siempre tenemos la seguridad en todo, vamos buscando y tratando de encontrar, y Ubeimar fue un accidente muy bello por su forma de ser, su nobleza tan enorme, su comicidad, su forma de correr, de andar, su forma de moverse, su postura, su tono, y eso es él. Era un reto porque no era un actor y tenía una carga muy grande, tenía que hacer muchas cosas, correr, gritar, reírse, llorar, tenía muchas acciones físicas, y Ubeimar es una persona con una actividad física muy pequeña. Era mucho riesgo, pero pasamos por un proceso de dos meses de preparación muy intenso, y generamos también unas circunstancias para Ubeimar donde se sintiera supremamente tranquilo en el proceso y lo disfrutara. Aunque él, como el personaje, intentó escribir en su juventud y fracasó y es docente, tiene una vida muy distinta: es padre de tres hijos que lo adoran, casado desde hace muchos años y con un trabajo estable, aun cuando a veces tiene momentos de bohemia y de alcohol, que le gusta a veces tomarse sus tragos. Fue una experiencia bellísima, que todos disfrutamos. Ubeimar hizo un trabajo monumental, logró expulsar su alma de la película, renunciando a su vida como profesor por unos meses, y dársela a la película, fue algo realmente enorme lo que hizo Ubeimar. Se entregó totalmente a la película.
El film hace una sátira del mundo cultural y su hipocresía y, unida a a ella, plantea una cuestión de clase bastante descarnada, en todo lo que tiene que ver con la adolescente. Colombia es una sociedad muy desigual y los artistas debemos plantearnos la ética, preguntarnos como hacemos nuestro arte: si soy utilitarista, si soy oportunista o no, hay que buscar lo genuino. Hay que afrontar el dilema; por ejemplo, cuando retratamos un personaje que viene de un entorno complejo, cuál es nuestra posición, qué y cómo lo hacemos. Hay películas que carecen de profundidad, porque buscan simplemente los temas por una necesidad de exposición y de validación. Ha de existir más libertad en el proceso creativo de películas colombianas o latinoamericanas, donde muchas veces las películas son financiadas desde Europa o desde muchos fondos, y tener claro qué es lo que buscan los fondos, qué es lo que buscan los financiadores. Son dilemas que forman parte de mi proceso creativo y que creo que todo artista debería plantearse: cómo reflejo esta realidad. Es una cuestión de ética que surge todos los días.
Entrevista realizada por videollamada, Valencia–Filadelfia (EE UU),
el 28 de enero de 2025.
Áurea Ortiz Villeta








