Me piden unas líneas en caliente sobre Fran Gayo que hace dos días se libró por siempre de los dolores. Mejor hacer un poco de trampa (además, nunca se me había muerto un amigo) y teclear debajo de nuestra eterna cantinela de audios y mensajes en Telegram, hacer como si se lo fuera a enviar. Justo encima releo lo que me escribió hace mes y medio, una estrofa malahostiada divina: “Estoy con un documental arty-farty sobre Meredith Monk, prefiero ver a Rosa María Sardá una hora y media”. En rigor debería escribir con la tibieza que conservaba su frente al inclinarme sobre él al cuarto de hora de su último respiro (escoltada la cabecera de su cama por El eternauta, libros de Chaves Nogales, Abelardo Castillo, María Zambrano, Pauline Kael, Viel Temperley, Hamsun, Pascal o Kierkegaard). Llegué tarde anteayer a la casa de Fran, de su mujer, la cineasta Milagros Mumenthaler, y de su hijo Olmo Gayo, en Balvanera, Buenos Aires. Me crucé en las escaleras con el padre Claudio, el párroco algo fordiano que le acababa de dar la extremaunción, ataviado con un chándal de Adidas (salió corriendo de su casa, le avisaron de la urgencia).

Fran se autogestionaba todos los sábados en sus misas de San Expedito desde hacía unos años y le gustaba su retórica de acción en las homilías de ‘escuela papa Francisco’. En Telegram, por escrito más que en persona, discutíamos más sobre religión que sobre cine, o más bien transformamos las cuestiones de fe en una especie de nuevo cine, al revés que Scorsese cuando decía que cambió la eucaristía por el proyector de los domingos. Discutíamos porque yo, algo cínico, prefería al anterior papa, el alemán, teólogo y medievalista, puestos a aceptar a la Iglesia. Fran era un chaval de colegio religioso obrero postconciliar y de Teología de la Liberación, y en parte por ahí también le agarró el gusanillo del cine. Cuando entramos en confianza, a principios de siglo, me contó de un reciente viaje a Rusia con Mónica Vacas (su compañera de entonces y su pareja en la banda inolvidable Mus). Iban a tocar y se terminaron enredando tras las huellas del cristiano Tarkovski en El espejo, sobre todo de aquellos emigrantes españoles –acaso asturianos– que salen en la película. Algo encontraron y a alguien entrevistaron, usaron los audios para alguna canción. Hablo de Tarkovski porque para muchos cinéfilos es un principio y un fin (Fran se llevó al otro mundo un ejemplar de Esculpir en el tiempo –también Filosofía y poesía de Zambrano–) y el resto del cine cabe entre esos confines. Pero Fran no era un falsario misticoide y en el fondo le cabía un trasatlántico de influencias: recuerdo cómo estaba deseando que Olmo creciera para poder proyectarle la serie de John Wayne con Hawks. Siempre me intrigó cómo era capaz de distinguir con total precisión entre el erial de Marvel, pero sobre todo me costó entender que su erudición en las series B de terror americanas (aplicaba matices a ignotos artesanos del actual Hollywood) encajaba orgánicamente con su amor por la posesión de objetos cachivaches, desde figuras que con solo poseer iconizaba hasta prendas de vestir setenteras. El analógico Fran salió poco del siglo XX. No es de extrañar que hace tan solo un mes me mostrara orgulloso un flamante sello exlibris: “Este libro forma parte de la biblioteca de la familia Gayo Mumenthaler”.

Pavo de mí, me costó un par de años atreverme a hablarle. Era 1999 y yo iba al Festival de Gijón acreditado por una revista universitaria. Alguien me dijo: “Mira, ese de ahí es Fran Gayo, el que trajo a Jem Cohen, el que lidió con Monteiro y los mineros, el mismo que se peleó a grito pelado por pasta con Vincent Gallo”. Lo único que sabía era que quería hablarle, ni soñar todavía con ser su amigo, pero no se me ocurría qué decir. Así que, cuando nos cruzamos en el Paseo Begoña de Gijón, me inventé que andaba perdido y le pregunté por los cines del festival. Él, todo castizo, me acompañó y así se quedó con mi cara. Se lo conté hace unos meses, durante la presentación de su primera novela, La Navidad de los lobos. El destino me convirtió en su editor accidental en Argentina, la última frontera de nuestra amistad desde que me mudé a su ciudad hace ocho años. Ahora releo otro de sus últimos mensajes –“A los 55 revisando todo Cassavetes… Estoy hecho hostias. Me está destrozando el tratamiento. Acaba de irse una médica”–, y sus palabras broncas parecen un folio arrugado de La sonrisa del señor Hollis, obra fascinante que Fran ha dejado y que parece redactada ayudado de vino viejo en odres y de trallazos opiáceos.

Álvaro Arroba