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El chico (Charles Chaplin) – reestreno

Las películas como El chico llevan inscritas en sus imágenes la necesidad de volver a ser vistas. Mi primera vez fue en un centro cultural en la Avenida de los Toreros de Madrid, en 16 mm, asustado, de la mano del primer amor, que era la nieta de un sesentón García Escudero, que me inició en la cinefilia… y que había conocido a Chaplin. Luego hubo más novias y proyecciones, y nunca fueron iguales; las películas son como los libros, que en diferentes ediciones nos dicen diferentes cosas, reza el aforismo juanramoniano; por eso, la historia del cine se debe reescribir constantemente, como la Plèiade hace retraduciendo a los clásicos con cada generación.

Habíamos descubierto los de mi colegio a Charlot en TVE, en dónde ponían cine burlesco americano para hacer ‘ajustes de programación’; luego, en VHS en los quioscos; y en el extranjero con piano en la sala petite de la Cinemateca de Bruselas, consagrada al cine mudo; y en DVD, tan bien editadas por MK2; o ya con un niño y su madre al lado, varias veces en la Filmoteca Española, llena. Y esto del lleno es muy importante, porque Chaplin hacía cine para la multitud como Jesucristo hacía milagros. Fue esta una de las ocho que le encargó la First National al peso, e inaugura en Chaplin una maníaca forma de trabajar en un duro combate con el hacer haciéndose. Aunque los mercaderes le habían pedido un cortometraje al mes, aceptaron su retraso y perfeccionismo, y tras dos años de trabajo fue su primer largometraje. Influenciado por Griffith, funciona el film como una máquina de precisión, tanto que puede irritar por su genialidad explícita, que decía João Bénard da Costa. Con los años, Chaplin devino en peor director, pero mejor cineasta.

Hoy, si vemos El chico en un cine, y no en Netflix como el año pasado, provoca un efecto de celebración religiosa: “El cine es mi religión, yo creo en Charles Chaplin”, decía Truffaut. Y es que, como en una iglesia evangélica en Texas o en el Rastro en Madrid, hay en El chico llanto y risas, ternura y crueldad (la primera idea de Charlot es deshacerse del bebé, hasta piensa en tirarlo a una alcantarilla), humorismo y surrealismo en un ‘musical mudo’ y anarquista, con ‘uno’ que se revela contra el orden social, aunque acaba preso de él en falso final feliz.

Woody Allen dice que le gusta más Chaplin que Keaton porque es más moderno; nunca he entendido esa discusión tan española, pero creo que Allen se refiere al tono y a la actitud ante lo rodado y el rodaje, simultaneando una manera de ver el cine y una manera de ver la vida. Pero a los de mi colegio siempre nos ha parecido que Chaplin es más Chaplin en la ficción, en plano, que en su vida y biografía.

¿Por qué han querido los mercadores ahora traer El chico a los cines? Desconfío de sus intenciones. Lo importante es que hay que (vol)ver a Chaplin, siendo niños es lo mejor; si no, sus películas serán películas vistas demasiado tarde y no gustarán, como decía Daney. Como Truffaut denunció, Chaplin sigue siendo alguien conocido solo de oídas para las nuevas generaciones. Los niños salen de la infancia demasiado pronto, se transforman rápido en jóvenes adultos. Debemos tratar de quedarnos y dejarles ahí el máximo tiempo posible. El genio es la infancia recuperada a cada instante, decía Antoine de Saint-Exupéry.