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Otra ronda (Thomas Vinterberg)

Por su planteamiento argumental, Otra ronda puede parecer la historia de cuatro profesores que se encuentran en una crisis vital que les arrastra hacia el precipicio del alcoholismo. Pero solo es así en parte, porque lo que interesa al cineasta danés Thomas Vinterberg no es retratar sus días de vino y rosas hasta que caen en el abismo de la adicción, sino constatar cómo el alcohol entra en sus vidas para cambiarlas (¿sin perspectivas de que eso acabe bien?) y convertirse en el elemento propulsor a través del que tratan de recuperar su entusiasmo (¿de una manera ilusoria…?) para disfrutar de su vida familiar y de su vocación.

El film arranca con una cita de Søren Kierkegaard: “¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño”. Y estas palabras del filósofo, que reflexionó sobre la libertad y adelantó el existencialismo, ya generan dudas a propósito del resultado del experimento que plantean los protagonistas del film. Aferrándose a la teoría de un psiquiatra noruego, tratan de comprobar si es verdad que el ser humano nace con un déficit de alcohol y compensarlo de una manera moderada propicia que el cuerpo y la mente se estabilicen y encuentren un punto de equilibrio perfecto entre la sobriedad y la embriaguez. Se convierten en cobayas de su propia investigación, exponiendo sus vidas y sus sentimientos al efecto de la ingesta del alcohol en el momento en que deciden aumentar la cantidad diaria hasta llegar a un punto de ‘ignición’. Vinterberg no filma el proceso como un acto de autodestrucción grupal, sino que lo encapsula en un film que arranca instalado en un tono ligero (incluso con toques de comedia), pero que va trasladando su eje de rotación de una manera progresiva y sutil hacia el drama. Siempre evitando juzgar el comportamiento de sus protagonistas, porque se limita a acompañarlos en su viaje hacia una utópica y posmoderna nueva felicidad.

Con una carrera errática desde que se reveló con la deslumbrante Celebración (1998), una de las piedras fundacionales del revolucionario Dogma 95, Vinterberg mantiene unas constantes temáticas en su filmografía, entre las que suelen aparecer la exploración de diversos modelos de sociedades, de distintas formas y tamaños, y el sentimiento de pertenencia a un colectivo. Y en este sentido, Otra ronda forma un tríptico heterodoxo junto con la notable La caza (2012) y La comuna (2016), en las que también se encuentran la amistad y la educación como temas centrales.

La mirada del director se librera en esta ocasión de cierto cinismo y de la sordidez que a veces acompaña a su narrativa, para dejar que la cámara (con un excelente trabajo del director de fotografía Sturla Brandth Grøvlen) meza al espectador entre la realidad y el sueño etílico, en un viaje teñido de un sugerente –y extraño– humanismo, alimentado por el excelente trabajo de sus cuatro protagonistas, que escapan del estereotipo del alcoholismo cinematográfico para encauzar un auténtico torrente de matices. Se puede acusar a Vinterberg de obviar los efectos nocivos del alcohol, la cruel manera en la que quiebra vidas, pero con su deslumbrante final vuelve a quedar claro que este no era el motivo de su estimulante experimento cinematográfico.

Druk (Thomas Vinterberg). San Sebastián 2020 – Sección Oficial

El estilo aparentemente neutro y observacional de Thomas Vinterberg puede generar más de un equívoco. Es cierto que, cada vez más, su cine tiende a dejar al descubierto ese mecanismo a veces engañoso, pero ello no obsta para que sus películas se continúen ofreciendo como ‘documentos’ acerca de una cierta Europa a la que él no parece querer dejar en paz. En Druk, por ejemplo, uno de los personajes no se priva de afirmar que “en Dinamarca todos beben como cosacos”, y con eso ya tenemos el punto de partida de esta película cuya ambición no es poca: se trata, a través de la cuestión del consumo de alcohol en el país de Hamlet, de filmar todo un estilo de vida que termina abocando a la insatisfacción vital y la infelicidad. Nada más y nada menos.

Ese es el caso de un grupo de amigos, todos ellos profesores en un instituto de provincias, que se lanzan a un experimento alcohólico de dudosa credibilidad. Y que Vinterberg convierte en los títeres de una especie de farsa cómica, o de tragicomedia, de desarrollo errático y más convencional de lo que parece, cuyo esfuerzo por no juzgar y contemporizar acaba siendo más bien dudoso y farisaico. Pues se tiene la sensación de que el responsable de la mítica Celebración se sitúa siempre por encima de sus criaturas, las utiliza y manipula para lanzar unos cuantos mensajes que pretenden alcanzar la complejidad por pura acumulación y no acercándose de verdad a sus personajes. Vinterberg nunca será Ulrich Seidl, y eso se nota: le falta esa crueldad que no se traduce en desprecio o condescendencia, sino en reconocer que todos viajamos en el mismo barco. Y ello provoca, en fin, que Druk sea, en el fondo, una película pulcra y educada, que jamás se atreve a sumergirse en la miseria moral que dice retratar, que en ningún momento se ensucia las manos.