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Um Fio de Baba Escarlate (Carlos Conceicao). SEFF 2020 – Revoluciones Permanentes

Los defensores de ese puñado de películas que ayudaron a estamparle el sello de la dignidad a un subgénero tradicionalmente maltratado por la crítica como el giallo -sepan disculparme la generalización- insistieron (insistimos) en que el potencial de obras como Seis mujeres para el asesino (Mario Bava, 1964), Rojo oscuro (Dario Argento, 1975), La casa de las ventanas que rien (Puppi Avati, 1976) o Suspiria (Dario Argento, 1977) estaba en su capacidad para generar ideas (y despertar sensaciones) a partir de imágenes; digamos que su poder seductor emanaba de su forma y no de una dramaturgia deslavazada, la mayoría de las veces inconsistente y, sin embargo, irrelevante a la hora de valorar los méritos de aquellas obras. Valga esa introducción para presentar el segundo trabajo de Carlos Conceiçao, una hora de sentido homenaje al giallo que arranca con una cita de Ted Bundy y dos secuencias hermosas y terribles (un suicidio y un asesinato) en las que se nos presenta a un serial killer de irresistible atractivo -un Matthieu Charneau que se da un aire al James Franco de The Deuce– que, casualidades de la vida, se convierte en una estrella gracias a un video en YouTube, inicio de su perdición.

Como Cattet y Forzani o como Peter Strickland, el realizador luso se nos aparece, contra todo pronóstico después de Serpentário (2019), como un profundo conocedor de la tradición cuyo talento presta para: a) mantener el interés sin dejar de sorprendernos durante 60 minutos y sin utilizar un solo diálogo; b) construir una atmósfera irreal a partir de una marcadísima estetización que nos invita a dejarnos atrapar por sus imágenes; c) convertir una historia criminal en una (falsa) fábula redentora cargada de irreverencias -hacer de Ted Bundy un Jesucristo- y poniendo en evidencia unos cuantos tabús.

Como ya sucedía con El prófugo (Natalia Meta, 2020), nos encontramos ante una película subyugadora, en la que ni el guion ni los gozosos homenajes (desde los autores trasalpinos citados al Hitchcock de La ventana indiscreta, pasando por el Raoul Walsh de Los violentos años 20) importan tanto como la sibilina transgresión en la que nos involucra Carlos Conceiçao.

Serpentário (Carlos Conceição)


Juan Gras.

“Nací en África pero me fui a Europa en mi adolescencia. Mi madre se quedó atrás. Todos los años cruzo los 10.000 km que nos separan para verla. Un día me dijo que quería adoptar un pájaro que podía vivir 150 años, pero que solo lo haría si le prometía cuidarlo cuando ella muriese”.

Es a través de estas palabras como el cineasta Carlos Conceição elabora la premisa de su último trabajo, Serpentário (2019, Portugal, Angola), dando paso a un primer largometraje en el que realidad y ficción se entrelazan bajo la forma de un cuaderno de viaje que se sirve de la experimentación y las vivencias personales para trazar las líneas de su contenido. En dicho cuaderno se relata una odisea de futuro incierto que –si bien trata de incluir algunos ecos del pasado del propio cineasta– articula un discurso repleto de paralelismos de la historia de África y los acontecimientos que rodean la colonización de sus ciudades por el antiguo Imperio Portugués, con la guerra y las acciones del ser humano en un planeta conducido hacia la devastación. La desolación imperante en paisaje, que se refleja a través de la cámara (generalmente estática) que acompaña al personaje, y una reflexiva voz en off que se mantiene en constante evolución durante todo el film –arrojando más preguntas que respuestas– son elementos que contribuyen a la construcción de una puesta en escena en la que resuenan ecos existencialistas similares a los que planteaba Terrence Malick en trabajos como El nuevo mundo (The New World, 2005, EE.UU) o El árbol de la vida (Tree of Life, 2011, EE.UU).

Con el actor João Arrais (ya habitual en la filmografía del director) en la piel del protagonista, los acontecimientos se desarrollan a medida que se produce la búsqueda de una figura materna ausente a lo largo de un continente, con escasas pistas que no hacen más que conducir a lugares inhóspitos próximos a escenarios posapocalípticos cuyos habitantes tratan de no ser encontrados. Las metáforas y simbolismos juegan en este sentido un papel esencial dentro de la cinta ya que, si bien su propio título hace alusión a un ave africana que se caracteriza por pasar parte de su vida sobre el terreno y recorrer largas distancias a pie, esta se corresponde con el protagonista y narrador de la historia. Por su parte, la personificación de la figura materna toma forma a través del ave centenaria de la que se habla con misticismo en los créditos iniciales de la cinta, permitiendo tratar mediante esta relación temas como el sentimiento de pérdida para un individuo o su lugar en el mundo, así como la búsqueda de un legado para las generaciones venideras que para el propio Conceição toma forma a través de esta película.