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Shirley (Josephine Decker)

Al comienzo de Shirley, Rose viaja en tren. Sentada junto a la ventanilla, lee La lotería, el cuento de Shirley Jackson publicado en The New Yorker en 1948. De repente, esboza una sonrisa. Si conocen el relato de Jackson, no les costará imaginar que Rose ha llegado al perturbador y sorpresivo final. Y así es, en efecto. Enseguida, ella comenta el desenlace con su novio y después apoya su mano entre las piernas de él. El tren en cuestión les lleva a la residencia de un profesor universitario, donde los dos tortolitos se disponen a pasar una temporada junto al maestro y su esposa, que no es otra que la autora de La lotería.

Al inicio del film parecería que la protagonista es Rose, la mujer a la que conocemos en el tren y de quien pronto sabremos que está encinta; al final, la tentación es pensar que esta es eminentemente una película sobre Shirley Jackson. En verdad, Shirley versa en torno a estas dos mujeres, cuya relación se va construyendo desde el desprecio de Shirley y la admiración de Rose hasta la complicidad entre ambas. Detrás del retrato de la escritora y de sus procesos creativos, la película ofrece un discurso en clave feminista en torno a la maternidad y la conciliación, en torno a la sexualidad y sobre el encaje entre la normalidad y la locura.

La directora, Josephine Decker, filma la relación entre ambas como si se tratase de una novela de la escritora americana, situando incluso la casa como escenario principal de la película, algo muy propio de la obra de Jackson. Por momentos, la frontera entre lo que sería la ficción que está escribiendo Jackson y la realidad de la convivencia con Rose se entremezclan. Decker sobrecarga su puesta en escena: la cámara se mueve constantemente, se suceden los cortes y los encuadres se pegan a los personajes, intentando aprehender sus sensaciones. Quizá por esto, una de las mejores escenas de la película sea la de un juego erótico entre Rose y Shirley, que Decker filma con la escritora sentada en un balancín, cuyo movimiento va acercándola cada vez más a Rose.

La película conjuga buena parte de las tendencias de un cierto cine contemporáneo. Por un lado, hace suyo uno de los mandatos fundamentales del género actual por antonomasia, el biopic, que se ha afianzado en la necesidad de mimetizar, de asemejarse al máximo al referente real. El parecido de la actriz Elisabeth Moss (que ejerce también de productora) con Jackson resulta innegable. Por otro lado, el film se sumerge en una puesta en escena experiencial, que arrastra al espectador. Abundan los planos extremadamente cerca del rostro de los personajes, y se difumina el fondo (tanto que, por momentos, vemos con nitidez la punta de una nariz mientras que el pelo aparece emborronado). La propuesta resulta, si más no, efectiva, aunque tanto exceso sea a veces innecesario, sobre todo cuando se cuenta con una muy buena actriz y se retrata a una escritora tan amante de la contundencia como de la claridad narrativa.