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Agua y fuego: El año del descubrimiento/Ondina. SEFF 2020 – Foco

Un fantasma ha recorrido esta jornada inaugural del Festival de Cine Europeo de Sevilla: el pasado. En El año del descubrimiento, primera película española a concurso, unos sucesos de la España de 1992 retrotraen a unas cuantas capas temporales que se van superponiendo para, en fin, hablar del presente. Y en Ondina, el último trabajo de Christian Petzold, que ha inaugurado el certamen, una historia de amor arrebatada parece surgir de las profundidades de un tiempo mítico para decirnos que la vida que creemos vivir no es más que una acumulación de mitos e ideas preconcebidas, pero que también surge del sustrato de la historia reciente. López Carrasco parte de la más estricta cotidianeidad para hablar de un país que creía estar dejando huella de una manera y lo hizo de otra. Petzold, por su parte, empieza en el territorio de lo fantástico y acaba recreando modos de vida que todavía dependen de una pregunta inquietante: ¿es el progreso una utopía imposible, como se dice explícitamente en un momento de la película?

Ondina empieza en un bar (el lugar privilegiado en el que también transcurre en su mayor parte El año del descubrimiento, por otra parte) y luego sigue filmando un acuario que se resquebraja, las profundidades submarinas, una piscina misteriosa… Todo ello para narrar el amor entre un buzo ingenuo y una guía turística obsesiva, quizá una psicópata, quizá una diosa de otro tiempo. Nada es lo que parece y todo puede ser de otra forma. En cambio, El año del descubrimiento prefiere la imagen del fuego, del parlamento murciando incendiado en 1992. Creemos vivir una modernidad incierta, tanto que un simple virus también puede quebrarla, pero en el fondo no nos hemos movido de los orígenes, esos a los que hay que volver siempre para saber por dónde vamos. 

Ondina (Christian Petzold). SEFF 2020 – Sección Oficial

Amor acuático

Tras Barbara (2012) y Phoenix (2014), Christian Petzold completó con En tránsito (2018) su particular trilogía de historias románticas ambientadas en momentos determinantes de la historia europea. Dejando de lado estos contextos convulsos, su nueva película se desarrolla en Berlín en la actualidad, aunque sus constantes referencias al pasado, en concreto el desarrollo urbanístico de la ciudad, vincula de algún modo el film (un relato de amor intenso, repleto de sugerentes lecturas), con la parte más destacada de su interesante filmografía. Petzold recurre para plantear su película, de un modo alegórico (y físico), a la figura de la mitología griega a la que hace alusión el título del film. Una ninfa que según la leyenda quiere vengarse de su amante, al que maldice con una futura muerte cuando descubre que este la ha traicionado. Y eso es lo que le sucede a Undine (excepcional en su contención y en su despliegue de matices Paula Beer, en un trabajo que le valió el Oso de Plata en Berlín), una joven que trabaja en un museo de historia a la que su novio le comunica que piensa abandonarla. “Si lo haces, tendré que matarte” es su contundente respuesta, como si por su boca hablara una de esas ninfas del agua que habitan en el territorio de los mitos ancestrales. Pero justo en el momento de su ruptura conoce por un accidente, en el que tiene un papel importante el agua, a otro hombre, Christoph (el siempre inquietante Franz Rogowski), un buceador que se dedica al mantenimiento de las obras de ingeniería en los lagos.

Entre ambos comienza fulgurante una historia de amor, consagrada al más sincero y honesto romanticismo, que Petzold estructura en dos niveles. El que tiene que ver con el agua, donde la pareja se zambulle en expediciones submarinas y que alcanza un estatus metafórico, con imágenes que transcienden su condición material para convertirse en pasajes casi oníricos. Y el que transcurre a ras de suelo, en las calles de un Berlín que ha visto cómo ha ido cambiando su urbanismo con el paso del tiempo y cuyo nombre, según su origen eslavo, significa ‘pantano’ o ‘lugar seco en el pantano’. Otra vez la leyenda recorre de forma transversal el film para desplazar el relato hacia lugares alegóricos.

Petzold deja que las notas del piano de Bach mezan sus secuencias, y su puesta en escena, de aparente sencillez, se ciñe a la regla arquitectónica a la que se alude en el film de que la función precede a la forma, algo que no supone un impedimento para que las imágenes desplieguen una hipnótica poética que contagia cada secuencia. Según avanza el film, el cineasta alemán deja que la tragedia se imponga y que la fatalidad inherente a la mitología en la que se inspira se haga cada vez más evidente, hasta conducir el film a un tercer acto bello y sorprendente, a pesar de no resultar inesperado. El cineasta consigue mantener la química entre su extraordinaria pareja protagonista (Paula Beer ha sustituido, parece ser, a la que era su habitual colaboradora Nina Hoss), con la que repite después de su anterior película, para narrar una relación donde el concepto de amor está irremediablemente relacionado con el de la muerte, como principio y fin de una historia.