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Mi iubita, mon amour (Noémie Merlant). San Sebastián 2021 – Zabaltegi

Es ya un tópico afirmar que, cuando un actor o actriz decide pasar al otro lado de la cámara, el resultado suele ser una película humilde, sin demasiadas pretensiones, preferentemente centrada en sus intérpretes. Eso se ha dicho de Mi iubita, mon amour, el primer largometraje de Noémie Merlant, cuyo trabajo más conocido como actriz quizá sea Retrato de una mujer en llamas (2019), la película de Céline Sciamma. Pues bien, quizá haya que añadir que, por lo menos esta vez, el axioma no es del todo cierto. Mi iubita, mon amour no es un film tan simple como parece. Las aventuras y desventuras de ese cuarteto de muchachas francesas que, celebrando la despedida de soltera de una de ellas en Rumanía, traban conocimiento con una familia romaní, cuyo primogénito inicia una tímida historia de amor con la homenajeada, puede que ostente una trama sencilla y a veces manida, pero sus ambiciones van más allá de la espontaneidad de los diálogos y la desenvoltura de la puesta en escena.

Por supuesto, no falta nada de lo que el mercado exige ahora a cierto cine europeo: amplio protagonismo femenino, abundante contenido centrado en los roles de género y raza, choques culturales… Pero Merlant, que interpreta igualmente a la protagonista, no quiere detenerse ahí, y sus propuestas en este sentido no dejan de tener interés. Primero, divide su película en dos partes bien diferenciadas que corresponden a la estructura del título: una dedicada a indagar en el comportamiento de la familia frente a la aparición de las chicas y la otra centrada en la consolidación de la historia de amor y el inevitable desenlace. Y segundo, introduce cambios en el tono, en el ritmo o en la modulación de las imágenes que afectan continuamente a nuestra percepción respecto a lo que estamos viendo, que a veces parece una comedia juvenil, en otras ocasiones se inclina hacia la crónica de un aprendizaje sentimental y, en fin, no tiene miedo de adentrarse en otros terrenos que finalmente solo apunta, ya sea el thriller o el cine de terror. Para cerrar el círculo, sin embargo, Merlant acaba mostrándose más conservadora de lo que sugiere en la primera mitad y también el film termina siendo más convencional de lo que desearía, lo cual no obsta para que la debutante demuestre aptitudes que hacen esperar con interés sus próximos trabajos. CARLOS LOSILLA

Jeanne emprende un viaje a Rumanía para celebrar su despedida de soltera, pero pronto las amigas se ven obligadas a cambiar de planes. El encuentro con Nino y su familia hace estallar el conflicto entre dos culturas y dos formas de vida con diferencias solo aparentemente insalvables. En esa apariencia reside precisamente la tesis del primer largometraje de Noémie Merlant, que defiende que es más lo que nos une que lo que nos separa, y que el amor es un sentimiento universal, como el miedo, el tedio o la incertidumbre. Y lo hace desde el mismo título de la cinta, ‘mi amor’, en rumano (mi iubita) y en francés (mon amour). Un título doble que estructura el relato en dos partes con una escena final que funciona a modo de reflejo inverso del prólogo, en el que la primera aparición de la protagonista se produce fuera de campo, con todas las lecturas que semejante presentación sugiere.

El encuentro entre dos culturas y dos etnias que no hablan el mismo idioma pone en valor las interpretaciones del reparto, que sustituyen el diálogo por la superior elocuencia de gestos y miradas. Interpretaciones que, con un aire de naturalidad e improvisación, son una de las mejores bazas de una película que no termina de definir una puesta en escena convincente. El uso de la cámara al hombro, en ocasiones algo arbitrario, deriva en escenas un tanto confusas. Sin embargo, conforme la historia avanza, la cámara empieza a detenerse en algunos detalles y, al adoptar una posición más distante y observadora, logra capturar algunas de las escenas más notables de la película, como una conversación que no oímos en el viaje de vuelta en tren o los planos de Nino encuadrado por los marcos de las ventanas iluminadas en la noche. Pese a lo irregular de la propuesta, sus aciertos apuntan a que la de la directora francesa es una mirada prometedora. ELSA TÉBAR