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La casa Emak Bakia (Oskar Alegría)

La zancada cinematográfica de Oskar Alegría
Javier Ocaña

Emil Zátopek avanza ya en la última curva hacia la meta. Zancada extraña pero imponente, como a punto de derrumbarse a cada paso, el mítico corredor checo, que no por casualidad aparece en un momento de la película, podría servir de símbolo de La casa Emak Bakia, insólito trabajo del pamplonés Oskar Alegria que, cual atleta lejos de la ortodoxia de movimientos de manos y piernas, avanza con aspecto atropellado pero formidable hasta conformar una obra hipnótica. Una película sobre otra película que no es sino una carrera a la caza y captura del azar, eso que no se debe buscar pero que, si aparece, hay que saber agarrarlo. Como Alegria.

En 1926, el artista estadounidense Man Ray, dadaísta, surrealista, quizá simplemente ‘ista’ en todas sus acepciones, filmó un videopoema cerca de Biarritz, una creación puramente visual sin hilo narrativo que rompía todas las reglas del academicismo. Ray la tituló Emak Bakia, expresión vasca que significa ‘déjame en paz’. Sobre la razón para ese enunciado, hay distintas versiones; una de ellas, que venía dada por el nombre de la morada donde se alojó durante el rodaje y donde se filmaron algunas escenas. En 2013, Alegria recoge el espíritu heterodoxo de Ray para intentar conformar una película alrededor de aquella película, de aquella casa, de aquellos vientos de vanguardia. Y, como siempre debería ser en materia documental, se hace a la mar tanteando no se sabe qué. Sin objetivo ni rumbo fijo. Ahora bien, ¿es La casa Emak Bakia un documental? Eso es otra cuestión. Peliaguda. Quizá inservible.

Porque, como en todo documental, suponiendo que éste lo sea, incluso los que no están guiados por una tesis previa a la que hay que llegar, que hay que cumplir, también hay algo de selección, de elección personal. Y Alegria, siguiendo a Ray, enlaza ideas, símbolos, sonidos, colores, formas. Tal y como Ray jugaba con el horizonte, el físico, el palpable visualmente pero impalpable al tacto, Alegría juega con el horizonte, aunque esta vez el cinematográfico. ¿Cómo? A través de las digresiones, esa figura literaria en apariencia huidiza que, si se utiliza bien, no rompe el hilo del discurso sino que lo completa. La muerte del payaso; la editorial de creaciones vanguardistas creada por, entre otros, el escritor Bernardo Atxaga; la tumba de Man Ray; una postal antigua con un texto inquietante, y único: “¿Te estás portando bien?”; las pesadillas de los cerdos; el cuento real de una princesa rumana; y hasta un casting de párpados. Digresiones y más digresiones, que no se alejan de la búsqueda de Alegría; la completan. El director selecciona entre su camino lo que le apetece. “Despreocupado, pero no inocente”, reza el epitafio de la lápida de Ray. Como el artista pamplonés, que elige y desecha, pero desde la ilógica del atrevimiento, desde la fatalidad del accidente.

Sin ayuda de la voz en off narrativa, lo que se hubiera cargado toda la atmósfera de la película, La casa Emak Bakia ataca a través de intertítulos más o menos explicativos, como en el cine mudo, y en primera persona, convirtiéndose el creador en uno de los protagonistas de una historia que engloba decenas de historias, todas apasionantes, casi como una epístola escrita por el artista, y dirigida al espectador. Al igual que otros compañeros de generación en el arte del documental (¿pero esto era un documental o no?), caso de Sergio Oksman en los cortometrajes Apuntes sobre el otro (2009) y A story for the Modlins (2012), Alegria lo fía casi todo a la zancada extraña pero imponente de Zátopek, a una extraña poética del ritmo, de la luz, del sonido; de la palabra en silencio y de la imagen que habla. Una película que, por huir del tópico, incluso tiene un clímax que surge como anticlímax.

Al director no le ha hecho falta lanzar su cámara al aire, como sí hizo literalmente Ray en Emak Bakia, en busca del misterio del qué se grabaría. Le ha bastado lanzar su cámara al aire, metafóricamente, con el azar y el lenguaje de la curiosidad como guías, para acabar articulando una película libérrima, paradójicamente plácida desde el trueno formal, que parece hecha a trompicones pero que avanza y avanza hasta un desenlace climático que parte de un anticlímax. Con imponentes zancadas.