Posts Tagged ‘Fanny Liatard’

Fanny Liatard y Jérémy Trouihl

“Queríamos construir un discurso político diferente”

Gagarine, de Fanny Liatard y Jérémy Trouihl, ha sido una de las películas más comentadas y debatidas del festival. En esta entrevista, sus autores nos cuentan de dónde surgió la idea y cómo la desarrollaron.

Es sorprendente cómo mezcláis cine social y género tradicional…

Jérémy Trouihl: Para entender eso primero hay que explicar cómo surgió la idea de la película. Llegamos a París hace seis años con ganas de hacer cine de ficción, pero sin haber estudiado ni nada. Todo era nuevo para nosotros. Al llegar, unos amigos arquitectos que trabajaban en asuntos de demolición nos hicieron conocer la Cité Gagarine, que entonces estaba en ese proceso. Surgió así la posibilidad de hacer un documental sobre los habitantes. Cuando llegamos allí, sin embargo, el primer impacto fue visual. Ante ese edificio inmenso, rojo, a primera vista nos pareció una nave espacial. Nos contaron la historia de que había sido inaugurado por Yuri Gagarin, el astronauta soviético, y que todo eso iba a desaparecer. En el metro, de regreso de esa primera visita, tuvimos claro que aquella historia merecía una ficción. Ya teníamos la idea de hacer una película sobre la juventud que crece en esos barrios marginados, a veces caricaturizados por los medios de comunicación y las películas, que en el fondo dan siempre la misma imagen de violencia, drogas, etc. Nosotros queríamos cambiar el punto de vista y contar la historia de alguien que ve ese lugar de una manera distinta, algo así como un hijo del sueño de Gagarin que ve el edificio como su nave espacial. Entonces todo procede del encuentro con este lugar y de las ganas de contar una historia sobre una comunidad de este tipo, desde una mirada distinta. La película, así, está fuertemente enraizada en la realidad, una realidad en la que hay también solidaridad y multiculturalidad, pero a partir de ahí se lanza a la ciencia ficción.

Fanny Liatard: Crecimos viendo películas de aventuras y fantásticas. De niños nos gustaban Blade Runner, Indiana Jones, Regreso al futuro, Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias… Por lo tanto, queríamos cambiar la mirada sobre algo que hemos visto mucho en el cine francés, pero también en la tele, y por eso hicimos que Yuri, el protagonista, no contemple las cosas por primera vez desde el miserabilismo, sino como un verdadero héroe que va a vivir una aventura en forma de resistencia. La entrada del género en nuestra concepción de la película, por lo tanto, era importante para decir que esos jóvenes también tienen sueños muy intensos, que pueden soñar incluso con ir a la luna. Se trataba de que ahí entraran nuestros gustos personales, claro, pero también de construir un discurso político diferente. Gente que leyó el guión nos dijo que Yuri era un personaje demasiado bueno, incluso demasiado débil. Nosotros, en cambio, reivindicamos que haber nacido en un barrio popular no significa que tus reacciones y métodos deban pasar siempre por la violencia. Durante el proceso de escritura del guión, vimos Lázaro feliz, de Alice Rohrwacher, y nos dio mucha confianza y fuerza para reafirmarnos en nuestra idea. Yuri es un poco como Lázaro.

J. T.: Para nosotros era un juego y un desafío. A partir de ese momento en que decidimos centrarnos en alguien que transforma el lugar gracias a su mirada, tuvimos claro también que debíamos hacer ver al espectador lo que el personaje ve, lo cual da lugar a un lenguaje que mezcla el realismo (el lenguaje de las gentes del barrio, la descripción de sus vidas…) y otro tipo de visión que se manifiesta en movimientos de cámara más flotantes, que deforman de algún modo esa misma realidad. Queríamos transformar ese lugar.

¿Estamos hablando de una cierta idea de la utopía?

F. L.: Para nosotros la película está muy vinculada con esa cuestión. Para empezar estamos hablando de una utopía arquitectónica de los 60, que estaba muy relacionada con lo que entonces se llamaba “la conquista del espacio”. Y eso conecta con la idea de construir edificios muy grandes para poder alojar a la gente sin posibilidades económicas, a esas personas que vivían en las afueras de París sin apenas contacto con el resto de la ciudad. Era un sueño de convivencia en común que hoy en día estamos destruyendo, y nuestra película quiere preguntarse si hay algo que lo reemplace, cómo vamos a vivir juntos de manera armónica, cuál es el modelo que habrá que seguir. No tenemos la respuesta, claro está, pero sí tenemos claro que los jóvenes continúan en posesión de la clave de otras utopías posibles, y por ello hay que dejarlos hablar a ellos, darles confianza.

La historia de amor es muy ingenua, en el sentido de que es pura, auténtica, sin contaminar…

J. T.: Es que Yuri y Diana son dos seres muy puros. Son también muy distintos en sus maneras de resistir, pero los dos se enfrentan a un mundo violento que los amenaza, que quiere demoler el universo en el que viven de una manera literal. Lo que me gusta de Diana es que es muy tolerante, muy abierta. Siempre se abre al otro, no juzga nunca, y cuando Yuri le muestra su mundo privado e íntimo ella se introduce en él con una gran curiosidad. Entonces eso permite que Yuri también se abra a ella. Si nos fijamos, siempre que Yuri sale al exterior es a instancias de ella: cuando van a ver a Gérard, el personaje al que interpreta Dennis Lavant, o para subir a la grúa y mirar su propio universo con un poco de distancia… Gracias a esta relación se produce una apertura al mundo, sobre todo por parte de él.

F. L.: Sí, esas mujeres son muy fuertes, todas ellas (las de la película y las que nos encontramos durante el rodaje) tienen una gran energía que quieren emplear en cambiar el mundo… En cuanto a la presencia de Dennis Lavant, hay que decir que nos gusta mezclar en los repartos actores profesionales y otros que no lo son. Dennis Lavant es un gigante de la interpretación, y hay que decir que las películas de Léos Carax siempre nos han inspirado mucho, por ejemplo Les Amants du Pont Neuf. Nos encanta cómo habla de esos personajes que no parecen estar hechos para el mundo real pero que a la vez le aportan tanta poesía.

Llama la atención igualmente la estructura, que no es en absoluto convencional y contiene un factor de sorpresa constante…

J. T.: Queríamos confiar en la inteligencia del espectador. Debemos asumir que el público siempre entiende las cosas a la primera y no hay que proporcionarle sobrexplicaciones. Todo es más interesante cuando se puede reflexionar sobre lo que se está viendo a partir de la sorpresa, de lo inesperado. Cuando escribimos el guión, nos propusimos avanzar siempre y no mirar atrás, porque así es la vida, y más cuando vamos resistiendo pero a veces las luchas no dan los resultados que esperábamos. Hay que inventar constantemente nuevos objetivos y nuevos impulsos. Por eso, a la media hora de película, cuando creíamos que el objetivo de nuestro héroe era salvar el edificio y la comunidad, llegan las autoridades y le niegan esa posibilidad. Es entonces cuando se queda solo y tiene que inventar otra cosa. Ahí empieza otra parte de la película en la que Yuri va encerrándose más y más en sí mismo pero a la vez abriendo un nuevo mundo para los demás, creando su propia nave espacial para sobrevivir y resistir. Al mismo tiempo, para ser honestos, frente a esta narración no tan convencional, en la película hay otra más clásica, que sigue la estructura del cuento: un héroe que va transformándose y afrontando obstáculos, para llegar al final convertido en otra persona. De ahí también que nos diéramos cuenta de que nuestro personaje principal no hablaba mucho y que, por lo tanto, iba a necesitar a otros para expresar sus sentimientos. Cada personaje que está a su alrededor, entonces, gravita en torno a él como si fuera otro planeta y ese movimiento constante acaba influyendo en la narración. Son elementos motores que aparecen y luego desparecen para dejar paso a otros, que nos dejan explorar el mundo de Yuri un poco más y también permiten que la historia siga avanzando.

F. L.: La idea era que lo fantástico llegara poco a poco a la película, a través del sonido, por ejemplo. Y que todo ello desembocara en ese final que ya es otra cosa, que ya nos plantea la posibilidad incluso de una nave espacial. Es la mirada de Yuri, de nuevo, la que nos transporta poco a poco a lo fantástico y a la ciencia ficción. 

Declaraciones recogidas por teléfono desde el Festival de Sevilla, el 10 de noviembre de 2020

Gagarine (Fanny Listard, Jérémy Trouilh). SEFF 2020 – Sección Oficial

Al hablar de Borrar el historial, la película de Benoît Delépine y Gustave Kerbern recientemente presentada en este festival, les citaba también Gagarine, otro objeto volador no identificado (y nunca mejor dicho) que atravesó casi simultáneamente la sección oficial. Pues he aquí, de nuevo, lo que podría constituir un anatema para cierto tipo de cinefilia, digamos, ortodoxa: una crónica social que poco a poco se convierte en cuento de ciencia ficción, un relato de vocación claramente política que deviene cine fantástico. Y más cosas aún, ya que esta ópera prima de Fanny Liátard y Jérémy Trouilh es también una historia de amor en clave naif, un relato coral sobre una cierta banlieu parisina y una fábula sobre el estado de ánimo de un país, diríase que de un continente, que prefiere soñar a rendirse. ¿O no se puede resumir así la peripecia de un joven de color, abandonado por su familia, que decide emular a su héroe, el astronauta ruso Yuri Gagarin, nada menos que en un barrio a punto de demolición, aquel en el que ha vivido toda su vida?

No voy a contarles cómo se materializa esta transmutación, pues buena parte de la originalidad de la película reside básicamente en ese punto. Pero sí les diré que emerge de una narrativa voluntariamente deslavazada, siempre elíptica y ajena al realismo prototípico, lo cual pone en duda constantemente su vocación de película comprometida y/o combativa. Aquí ya no sirven referentes como Ken Loach o Robert Guédiguian, sino más bien la tradición de Spielberg y Lucas. Es como si los parias del siglo XXI, los desposeídos de esta época inclemente, encontraran más consuelo en la fuerza de la ficción que en el compromiso a la antigua usanza, o mejor, como si el compromiso consistiera ahora en situarse al margen de todo y batallar desde allí, desde un espacio propio al que el poder no puede acceder. Liátard y Trouilh combaten en ese territorio con una convicción a veces demasiado retórica, incluso mesiánica, pero su lucha no deja de resultar simpática precisamente por esa condición insensatamente utópica: al fin y al cabo, para ellos, no puede concebirse un mundo diferente sin un cine diferente.