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Chupacabra (Grigory Kolomytsev). San Sebastián 2020 – New Directors

En la sección Zabaltegi-Tabakalera se puede ver una ópera prima portuguesa, Simon Chama, de Marta Sousa Ribeiro, que es una auténtica catástrofe, lo que no impide que sea una película muy interesante, por sí misma y por lo que dice del cine contemporáneo, en particular de muchas de las óperas primas que se suelen ver en festivales. La catástrofe deriva muy probablemente de una larga y caótica producción. En los créditos se alude al menos a tres fases de rodaje, la primera en 2015-2016, la última en 2019. Supongo que son estas imágenes filmadas años atrás, con los niños mucho más jóvenes, de las que se sirve Sousa Ribeiro para componer unos extraños flashbacks que aparecen en pantalla en un cuadro mucho más pequeño. El relato es tan confuso como lo debió ser la producción, pero todas sus anomalías hablan a las claras de una película que no ha debido pasar por ningún laboratorio, taller o foro de coproducción, esos espacios que hoy formatean las películas más frágiles, las primeras películas, hasta el punto de convertirlas en el resultado de una producción en serie.

Simón Chama es una película tan fallida y heterodoxa como Chupacabra es correcta y ortodoxa. Una ortodoxia que emana en primer lugar de un personaje y un espacio prototípicos: un niño de nueve años, Andrey, con problemas de arraigo familiar y un escenario inhóspito (¿la costa ártica rusa o la del Mar Negro?). Una idea muy simple que se apoya en un personaje que suscita la empatía del público y un paisaje agreste, salvaje y desconocido. La ortodoxia se completa con una serie de personajes con los que el protagonista se interrelaciona (su madre, su amigo, una amiga algo mayor y que ya no juega con él) y dos arcos dramáticos que parecen sugeridos por un analista de guion para disimular los cabos sueltos de la ‘historia’. Por un lado, sabemos desde el primer momento que la madre lo quiere llevar a un internado para no hacerse cargo de él, lo que motiva la rebeldía de Andrey; por otro, la televisión habla de una especie de animal mitológico, el chupacabra, que asola los rebaños de la región y que Andrey identifica con un perro salvaje que vaga por la playa. Ni una ni otra subtrama trascienden lo anecdótico. Chupacabra, que participó en el programa Ikusmira Berriak (supongo que de ahí viene el título castellano), intenta dar forma a estos pocos elementos, a veces de un modo un tanto torpe (los dos niños saltando al agua desde el bote) o gratuito (el incendio). Simón Chama intenta ser una película y ese intento es estimulante; Chupacabra no es más que un simulacro rutinario.