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Un cielo tan turbio (Álvaro F. Pulpeiro). SEFF 2021 – Revoluciones Permanentes

Es de noche. Dos tipos conducen una pick up por una pista de tierra. Hablan de la recogida de firmas que el presidente Maduro va a iniciar para mandarlas a Estados Unidos y abrir una posible vía de negociación con Trump y así poner fin a una crisis humanitaria que amenaza con dejar sin reservas al país en un plazo de 20 días. Es el único apunte político que oiremos de boca de uno de los numerosos personajes que habitan un Cielo tan turbio, el segundo trabajo del Álvaro F. Pulpeiro, quien ya estuvo en el Festival de Cine Europeo con su ópera prima, Nocturno: fantasmas de mar en puerto (2017). El realizador gallego filma esa charla entre los hombres colocando la cámara frente al cristal de la furgoneta, de manera que, ayudado por la oscuridad, aprisiona a los dos ocupantes del vehículo, a su vez acuciados por la escasez que asola el país. Es, quizá, el momento menos espectacular de una película fotografiada con esforzada belleza por el propio Pulpeiro y Mauricio Reyes Serrano, sin embargo, resume mejor que algunas de las elaboradísimas set pieces la situación de Venezuela. En esta panorámica itinerante del país caribeño se pasa por el desierto de la Guajira, por su frontera con Brasil o por el área de Maracaibo, pero también por refinerías y barcos de guerra, lugares todos ellos reflejados con una hermosura decrepita, consecuencia directa de la paradójica ruina económica que asola a la primera potencia petrolífera del planeta. La concepción viajera de la película -y su posterior composición- queda sintetizada en una secuencia inicial en la que un coche se desplaza mientras la radio va de una emisora a otra empalmando noticiarios que hablan fugazmente (y desde distintos lugares, también desde Estados Unidos) sobre todo cuanto sucede allí. Esos saltos por la onda media tendrán su eco en la estructura de este filme deambulante que busca, sin cargar las tintas, mostrar la cotidianidad de la gente corriente, esa que trafica con combustible para poder subsistir o que monta un grupo de mariachis para cantar en la frontera y sacarse unos bolívares. A veces de la pobreza al surrealismo solo hay un paso.