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IN MEMORIAM. Freddy Buache, el transmisor


Frédéric Maire.

Alma de la Cinemateca Suiza, de la que fue director durante 45 años, de 1951 a 1996, el poeta, crítico, escritor, archivista y programador Freddy Buache murió el 28 de mayo a la edad de 94 años.

 Nacido en 1924 en la campiña de Vaud, en la Suiza francófona, Freddy Buache fue muy pronto un apasionado de las artes y del teatro. En 1945, con ocasión de una exposición sobre el cine francés en Lausana, conoció al fundador de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois. Rápidamente entablaron una sólida amistad. Después de la guerra, en 1946, Buache contribuyó a crear el cineclub de Lausana y también el cabaret-teatro Les Faux-Nez. Aunque no participó directamente en la fundación de la Cinemateca Suiza en 1948, en 1950 trabajó en la organización de una Semana de Cine de Lausana para promover el nacimiento de esta institución, cuyo padrino no fue otro que Erich von Stroheim, que vino a presentar Avaricia. Al año siguiente se convertiría en director –de forma altruista– y permanecería a la cabeza de la Cinemateca Suiza hasta 1996.

A lo largo de estos 45 años de dirección, Buache hizo evolucionar la institución hasta el punto de constituir una de las más importantes colecciones de películas del mundo. Por una parte, sus amigos actores y cineastas (entre ellos: Michel Simon, Luis Buñuel, Georges Franju, Claude Autant-Lara, Theo Angelopoulos o Milos Forman) le confiaron copias, documentos, incluso la integralidad de sus archivos. Por otro, convenció a los distribuidores suizos de que depositaran copias de las películas que proyectaban en el país tras su explotación.

Su pasión por películas de todas partes del mundo no le impidió involucrarse fervientemente en el desarrollo del cine nacional. Participó en la puesta en marcha de la primera ley sobre el cine en Suiza en 1963, en compañía de jóvenes cineastas como Alain Tanner, Michel Soutter o Claude Goretta. Desde finales de los años sesenta, ayudó a que se conociera dentro y fuera del país este nuevo cine suizo francófono, pero también el de Daniel Schmid y el de numerosos cineastas de la Suiza alemana. Y gracias a sus contactos privilegiados con los sucesivos directores del Festival de Cannes, como Robert Favre Le Bret o Gilles Jacob, contribuyó a mostrar muchas películas suizas que tendrían después una carrera internacional.

Director del Festival de Locarno de 1966 a 1970 en compañía de Sandro Bianconi, escritor y periodista, Buache viajó por todo el mundo para ver películas y hablar de ellas en los periódicos de Vaud para los que trabajaba. También escribió para las grandes revistas francesas, primero en Positif, después en Cahiers du cinéma. Era asimismo un habitual de los platós de televisión, desde los que defendía el cine y a los cineastas que amaba, de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet a Maurice Pialat, pasando por su gran amigo Jean-Luc Godard, y con su vozarrón tronaba contra los censores de todo tipo. En una emisión de debate, se dejó llevar y dijo: “Tenemos el deber de formar parte del ejército y de aprender a matar, ¿y no podemos tener el derecho de mirar a una pareja hacer el amor en el cine?”.

Y es que este admirador de los surrealistas era un gran defensor de las libertades, cualesquiera que fueran. Lo que le llevará a comprometerse en favor de la independencia de Argelia, contribuyendo a la creación de la primera cinemateca argelina, incluso presentando películas en la televisión en Argel. Sospechoso de “criptocomunismo” (¡literal!) y de tener demasiadas conexiones con los países del este, fue vigilado durante años por la policía secreta federal, y de forma manifiesta su teléfono estaba pinchado.

Ante todo Buache fue un transmisor, que toda su vida, o casi, recorrió el país y el mundo para mostrar y defender las películas de ‘su’ colección en las escuelas, los institutos, los cineclubs o los festivales, contribuyendo a formar a muchos cinéfilos. Y hasta su muerte continuó dando un curso público sobre cine en ‘su’ cinemateca, dos miércoles por la tarde al mes.

Buache contribuyó así enormemente a formar, en Suiza y en otros lugares, a varias generaciones de aficionados y creadores de cine. Y hoy nos obliga, a todos nosotros que tanto le debemos, a perpetuar su memoria para seguir haciendo vivir (puesto que se puede hacer) una cierta idea –radical, comprometida y generosa– del cine.

Frédéric Maire es el actual Director de la Cinemateca Suiza

Traducción: Natalia Ruiz

My Dear Friend (Yang Pingdao)

Antonio Ramón Jiménez Peña.

La confrontación entre lo urbano y lo rural y, por extensión, entre lo viejo y lo nuevo se ha convertido en una destacada raíz del árbol de las cinematografías asiáticas. Y My Dear Friend (2018), el prometedor debut de Yang Pingdao, germina de la semilla de esta continua contradicción. La cinta narra la llegada de Jing Jing, una joven de ciudad, a un pequeño pueblo del sur de China en el que espera encontrar a su novio. En la aldea, la joven termina conociendo a Fang y Shuimu, los abuelos de este, en un entorno que le supone un desafío constante y del que nace una tensa relación entre el espacio inmutable recogido en la imagen y la ocupación foránea de la misma. My Dear Friend está filmada con cámara al hombro y aspiración observacional, poniendo de relieve este continuo desencuentro: Jing Jing, con frenéticos movimientos y continuas salidas de cuadro que la convierten en una nerviosa enredadera ansiosa por expandirse, aparece completamente encerrada en encuadres sosegados repletos de personajes que, como briznas de hierba, se mantienen enraizados en la imagen, estáticos ante una mirada que pretende captar el naturalismo campestre.

La preocupación por la urbe contemporánea en China era también el objeto central del malogrado Hu Bo en An Elephant Sitting Still (2018), que conforma un interesante díptico con el debut de Pingdao. Mientras que la obra de Hu Bo centraba su puesta en escena en la persecución asfixiante de los personajes que pueblan el film, de espaldas y con composiciones en las que destacaba una perspectiva marcada por fuertes líneas diagonales derivadas de altos y simétricos edificios de la ciudad-selva, Pingdao construye sus imágenes en busca de la conciliación de lo urbano y lo rural  mostrada a través de la evolución de Jing Jing, que pasa de su rechazo inicial a la mimetización con este nuevo entorno. Según avanza el metraje, la joven comenzará a relacionarse con Shuimu y Zhongsheng –su amigo mudo y sin recuerdos de su infancia–, y estos le rogarán que les ayude a descubrir el pasado del silente anciano antes de que su vida se marchite. A raíz de esta búsqueda, la película se pliega hacia una odisea en la que resuena la travesía onírica de Largo viaje hacia la noche (Long Day’s Journey into Night, Bi Gan, 2018), en busca de un lugar perdido donde recuerdo, sueño y realidad chocan como hojas caídas de un mismo árbol. My Dear Friend cierra el periplo de sus personajes hacia su identidad con un destello fugaz en una significativa escena: Zhongsheng quema sobre una ladera los recuerdos de una vida pasada, esperando a que sean pasto de las llamas y sólo queden las cenizas. Y, mientras el fuego se consume, la hierba permanece.