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Dau. Natasha (Ilya Khrzhanovskly, Jetakerina Oertel). SEFF 2020 – Sección Oficial

A primera vista, según lo que sabíamos de ella, Dau. Natasha era una película capaz de hacer sonar todas las alarmas. Proyecto elefantiásico y megalómano, solo una parte infinitesimal de un gran fresco que podría llegar a durar 700 horas, relato descomunal y excesivo sobre la Rusia de Stalin, esta película (¿película?) de Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel podría haber sido uno de esos hitos festivaleros que se hinchan y deshinchan en poco tiempo y de los que finalmente, al cabo de los años, queda más bien poco. Pues bien, dudo que este sea el destino de una obra monstruosamente descomunal, decididamente insólita, cuyos peculiares orígenes dejaremos para otra ocasión, convencidos de que aquí y ahora hay que reivindicar otra cosa: no tanto el resultado, de por sí deslumbrante, como lo que tiene de gesto quizá en exceso altivo y arrogante, pero también inapelable y rotundo.

En apariencia se trata de otra historia sórdida más de esas que al parecer solo podían ocurrir en la ya lejana Unión Soviética, la peripecia de la empleada de una cantina estatal que se ve envuelta en una violenta trama que incluye grandes dosis de sexo y violencia, esta última en forma de espeluznantes torturas. En el fondo, sin embargo, estamos ante otra cosa. Todo ocurre en interiores sombríos, inhóspitos, donde los personajes se mueven a golpes y beben litros y litros de vodka, y en los que la protagonista sueña con un concepto idealizado del amor en medio de la más absoluta amoralidad. Con un pie en determinada tradición teatral rusa, de Chejov a Stanislavski, y otro en un naturalismo desgarrador que a veces parece proceder de un guión de John Cassavetes que hubiera dirigido Lars von Trier, Dau. Natasha se despliega en largas set pieces interminables y agotadoras, que siempre quieren ir más allá incluso de sí mismas, y que acaban conduciendo a los abismos más insondables no solo del régimen soviético, sino también de la condición humana. Hay en ella emoción y verdad, desde una perspectiva brutal y despiadada no demasiado habitual en el cine de ahora, pero sobre todo una apuesta estética que no admite objeción alguna: lo que más interesa a sus responsables es experimentar con cuerpos y voces, decorados y luces, posiciones de cámara y actores y actrices, en lo que parece un intento desesperado por que el cine recupera la energía y el vigor perdidos. Otra joya para una sección oficial cuya rotundidad, a estas alturas, parece ya incontestable.