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Ilusión (Daniel Castro)

Uno contra ninguno
Luis Martínez

Si, como demostró Pirandello, una nariz torcida puede cambiar la historia de un hombre… de qué no será capaz algo tan solemne como un pacto político y social entre todas las fuerzas vivas de un país entero. No está claro si Daniel Castro tenía en mente al autor italiano cuando por primera vez pensó en su película Ilusión. Probablemente no, ya lo adelantamos. Y, sin embargo, no es difícil jugar a los paralelismos entre uno y otro. Es más, apetece hacerlo.

Pongámonos en situación. Vitangelo Moscarda, el héroe del más adusto de los esfuerzos pirandellianos, descubre un buen día algo raro en su cara: nada, apenas una ligera asimetría. Para ser preciso es su mujer la que se da cuenta. Y, de repente, la duda. ¿Y si el hombre que yo creo ser nada tiene que ver con el que los demás están convencidos de conocer? De otro modo: ¿y si yo, con mi extraña nariz, no soy el que creo ser? Más radical aún: ¿y si yo no soy más que los cien mil hombres que los demás ven en mí? Y un paso más al abismo: ¿y si yo no soy nadie, ninguno? Hemos llegado.

Un momento. ¿Qué tiene que ver lo anterior con una comedia tan divertida y presuntamente amable como la de Castro? Respuesta: mucho. Sobre el papel, Ilusión no es más que un artefacto cinematográfico, llamémoslo así, con aspecto de comedia. De hecho, hace reír, aunque su fuerte, más que la siempre obscena carcajada, sea la sonrisa cómplice, quizá absurda. El director, además de guionista, protagonista y hombre de letras se filma a sí mismo ilusionado detrás de una ambición, tal vez un sueño. Su idea no es otra que conseguir el dinero suficiente para rodar una película que devuelva la ilusión a España entera. Tal cual.

Nos explicamos. Seguro que han oído hablar de la Transición, los pactos de la Moncloa, el consenso y la amplitud de miras de aquellos hombres (qué digo hombres, gigantes) que dieron a luz nuestra democracia. Hace falta ser muy hombre para parir algo tan grande como un Estado de derecho y no morir desangrado en el intento. Pues bien, Castro quiere contar esa historia, pero en un musical. ¿Disparatado? Quizá, al fin y al cabo, nada hay tan disparatado como la ilusión.

Es decir, y para aclararnos, un buen día, Castro se levanta, se mira en el espejo y ve que algo no cuadra. De repente, todos los mitos graves, adustos y fundacionales (y la Transición lo es) de la España contemporánea se ven sorprendidos por la amenaza de una duda; una duda fruto quizá del más insignificante de los hallazgos. Una nariz que no parece nuestra nariz. ¿Y si lo que creíamos el más serio de los acontecimientos de nuestro pasado no fuera más que el más ridículo de los argumentos para el más triste de los musicales? Y así.

La estrategia seguida por Daniel Castro es, de puro brillante, sencilla. La idea no es otra que hacer correr en paralelo todas las dudas posibles. Que son muchas. No se trata sólo de ridiculizar, sino de radiografiar la propia sensación de ridículo. La cámara se coloca delante de la cara del director y se limita a seguirle mientras intenta sacar adelante su propia película. Y de este modo, la cinta no es más que la historia imposible de su propia producción. Si no me siguen, culpen a Pirandello.

No se trata sólo de poner en cuestión un hecho tan relevantemente histórico como el citado, sino de preguntarse por el propio estatus de, por orden, la película, del autor de la película y, ya que estamos, del propio cine del que la película es sólo una mínima parte. Tan nimia como una nariz pirandelliana.

Si nos quedamos en la superficie (lo cual no es criticable) lo que vemos no es más que un parto. Glorioso quizá, pero parto al fin y al cabo. Castro, de hecho, da a luz una de las más felices sorpresas cinematográficas del año. Del año español. Entre la comedia hiperrealista y cruda de The Office, el descaro chanante y la desinhibición morettiana, el realizador debutante consigue trascender la estrecha frontera del chiste, para quién sabe si dibujar el perfil exacto, delirante y preciso de una generación entera. La ridiculez de su propuesta se antoja la descripción más fiel de la estupidez de muchos otros: quizá de todos los que están al otro lado de la pantalla.

Pero todo esto si no queremos ir más allá de lo evidente. Si se opta por el camino largo, entonces Ilusión es mucho más. De golpe, la amarga lección de Pirandello se antoja pirandellianamente perfecta. Decía Vitangelo Moscarda al final de Uno, ninguno y cien mil que él ya no era él, que moría en cada segundo para renacer entero nunca más en él mismo, “sino en cualquier cosa”. Pues bien, después de ver Ilusión uno no tiene claro ni quién es, ni qué país pisa ni, lo más importante, qué narices nos están vendiendo por nuestra realidad. Ilusionante, sin duda.