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La película de la semana: Cuando todo está perdido

13 febrero, 2014

La película de la semana: CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO, de J. C. Chandor

Jaime Pena

Al comienzo de Margin Call (J. C. Chandor, 2011), el personaje que interpreta Stanley Tucci está reunido con el personal de recursos humanos que le anunciará su despido inmediato. Una mujer le acerca una revista, Looking Ahead, en la que encontrará, le dice, consejos sobre cómo afrontar su futuro y en cuya portada se vislumbra un gran velero. No puedo evitar citar esta escena y esta imagen en concreto, aunque solo sea por buscar algún punto de contacto entre la ópera prima de J. C. Chandor y su segundo film, tan distinto, tan opuesto a éste, que cuesta imaginar que ambos compartan autor.

Puestos a imaginar lazos entre las dos películas, podríamos pensar que aquel personaje de Tucci, una vez despedido, abandonó efectivamente el mundo de las finanzas y se embarcó en un yate para dar la vuelta al mundo, adquiriendo, de paso, los rasgos de un maduro Robert Redford… Un mero ejercicio especulativo que nos permitiría dotar de un pasado a ‘nuestro hombre’ (identificado así, our man, en los créditos finales), de quién Cuando todo está perdido no nos facilita ningún dato biográfico, ni sobre su pasado ni sobre el porqué de su situación, navegando en solitario por el Océano Índico. Chandor lo enfrenta muy pronto a la incertidumbre. Un gran contenedor caído de algún carguero abre una vía de agua en su velero, inutilizando así los instrumentos de navegación, radio incluida. Poco después, una tormenta dejará muy maltrecha la embarcación y a nuestro hombre a la deriva, a expensas de un rescate improbable.

Es importante detenerse en la escena de la tormenta, o en el momento en el que descubrimos su amenaza. La cámara asciende por el mástil acompañando a nuestro hombre, que intenta arreglar la antena. Al poco rato escuchamos unos truenos lejanos. La cabeza del marino (y, con ella, la cámara) gira para descubrir una gran masa nubosa que se acerca por el horizonte. De pronto ya estamos metidos de lleno en la tormenta, así, sin mayores estridencias, de la mano de un cineasta que parece haber descubierto a Bresson. Cuando todo está perdido es una película tan parca en efectismos como su personaje en palabras: ¿con quién iba a hablar, si no? Chandor arranca la película con su voz en off, con la lectura de una carta que tiene algo de testamentario. A partir de ese momento, la voz de Redford apenas pronunciará un par de maldiciones y la música de Alex Ebert es tan discreta que pasa desapercibida. La templanza del náufrago, el hecho de que nunca parezca perder la calma, la comparte también J. C. Chandor.

Realismo, sin más

Y más que ante una película bressoniana, lo que, no sin razón, pudiera parecer excesivo, estamos ante un film estrictamente realista, sin más. Tan prosaico que resultaría legítimo echar en falta algún asomo de poesía. Su única veleidad es el rostro de su protagonista, Robert Redford, la estrella, el icono, manifestación definitiva de que su realismo nunca debería ser tachado de documental. Pero para entender el alcance y el riesgo de esta opción, basta comparar Cuando todo está perdido con películas tan notables como Gravity (véase Caimán CdC, nº 20; octubre, 2013, donde ya se establecía esa comparación), o con la todavía inédita en España Locke, de S. Knight, otra odisea de un hombre solitario que viaja en su coche rumbo a su destino. No digamos ya con La vida de Pi (A. Lee, 2012). Todas estas películas manifiestan su horror vacui con una montaña rusa de peripecias y de efectos sonoros, con diálogos continuos a través del móvil o relatos metafóricos que traducen la lucha por la supervivencia de sus protagonistas. Chandor no teme el vacío, la ausencia de diálogo o los sonidos diegéticos, y ese es quizá su mayor mérito: construir su película con los medios que tiene a mano, los que le proporcionan el océano, el viento o los restos de un velero.

Y esta es también la gran diferencia respecto a Margin Call, aquella película inspirada por un naufragio, si se quiere todavía mayor (el de Lehman Brothers). El mundo que retrataba Chandor en su ópera prima, interior, nocturno, claustrofóbico, era un universo esencialmente virtual. En términos económicos era la tormenta perfecta, pero ese naufragio se manifestaba principalmente en las pantallas de los ordenadores, en ecuaciones y gráficos. Por el contrario, el mundo y el naufragio de Cuando todo está perdido son inequívocamente físicos (no puede ser una casualidad que nuestro hombre se vea privado de cualquier auxilio tecnológico a las primeras de cambio), como lo es también la respuesta del marino, puramente manual y artesanal. Desde esta perspectiva, tanto la respuesta del náufrago como la del cineasta constituyen todo un elogio de la artesanía. En el caso de Chandor se trata de una elección consciente y programática, en la medida que desdeña o reduce a su mínima expresión ese elemento consustancial a buena parte del cine contemporáneo: la posproducción, los efectos visuales y sonoros, esa capa de maquillaje que todo lo embellece o lo enmascara. Económica y visualmente y, por lo tanto, contradiciendo su mismo título, Cuando todo está perdido es verdaderamente una película sostenible.

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