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Joyas perdidas del cine español. ‘El futuro’, de Luis López Carrasco

24 marzo, 2014

Madrid era una fiesta.
Jaime Pena.

Ese 1982 que nos retrata El futuro bien podría ser el Nueva York del que habla Simon Reynolds en uno de los capítulos de Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo, aquel que describe la escena neoyorquina después de la no wave, una ciudad inundada por los sonidos del punk funk y la mutant disco, una ciudad llena de conciertos y ambiente nocturno: en los años del paso de la década de los setenta a los ochenta, Nueva York era una fiesta. Hasta que las luces se apagaron y, casi de un día para otro, la escena mutó radicalmente. Lo cuenta una de las testigos de la época, Ann Magnuson: “En retrospectiva, si uno ve toda la escena como una serie de fiestas, parece bastante frívola. Pero hay que tener en cuenta que se trataba de personas que se querían, que compartían su energía. Era una celebración. Lo único que deseaban era vivir al máximo, aprovechar hasta el último segundo”.

Nueva York-Madrid, circa 1982. El lazo que uniría esas dos escenas bien podría ser Andy Warhol, cuya visita a Madrid en enero de 1983 se convirtió en uno de los acontecimientos sociales de la época, la consagración de la capital española como la ciudad de la modernidad, de una fiesta que no parecía tener fin. La fiesta de El futuro bien la podría haber filmado el mismísimo Warhol, falso found footage del que se habría servido López Carrasco para proponer un demoledor discurso sobre nuestros últimos treinta años. La fiesta, por lo tanto, como epítome de toda una época: la euforia de finales de 1982 (o enero de 1983), justo después de la victoria del partido socialista en las elecciones de octubre de aquel año.

Lopez Carrasco filma como un documental en 2013 una fiesta ficticia que sucede en torno a 1982. El esfuerzo de mímesis y reconstrucción es notable, aunque en ningún caso podamos hablar de imitación. En particular, las canciones, uno de los grandes hallazgos de la película, son casi todas de esos años. Hablar de El futuro como de una película de época puede ser tan erróneo como, en el fondo, equívoco. Como ocurre con otras películas recientes, tales como Computer Chess, de Andrew Bujalski, o L For Leisure, de Lev Kalman y Whitney Horn, se trata de filmar el pasado con las mismas armas de entonces, ya sean estas la estética del VHS, de las comedias televisivas a lo Sensación de vivir o Melrose Place, o, llegados a El futuro, filmada en 16mm, la estética del underground español de la Transición.

Me resulta muy seductora la posibilidad de proponer un remake de El futuro utilizando precisamente fragmentos de películas de aquellos años. Es decir, la reversión de la propuesta de Luis López Carrasco. Para la primera parte de El futuro nos serviríamos, por ejemplo, de Pedro Almodóvar y de los personajes y las fiestas de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón o Laberinto de pasiones. Para la segunda parte, utilizaríamos a Iván Zulueta y su Arrebato: el celuloide como testimonio irrefutable de un momento, una época y un lugar encapsulados en los fotogramas de una película de 16 mm (en la película de Zulueta hay una fiesta, apenas intuida en las películas en Súper 8 que filma el personaje de Will More, que parecen la inspiración más directa de El futuro). Estamos en el terreno de Tren de sombras (José Luis Guerin) o Blow Up (Michelangelo Antonioni), razón por la que López Carrasco rebusca entre esos fotogramas tratando de encontrar la explicación de lo que vino después, el germen maligno de nuestro presente. Como si, tal y como acontecía en Arrebato,  la cámara que filmó la fiesta hubiese vampirizado a toda la sociedad española.

De ahí que cuando la fiesta se acaba ya solo quede el paisaje apocalíptico que había vaticinado el Avidor Dro: “Desiertas ruinas con bellas piscinas, mujeres resecas con voz de vampiras / Mutantes hambrientos buscando en las calles cadáveres frescos que calmen su hambre / Colinas ardientes de sol abrasadas y bosques de luces de pieles quemadas / Serpientes monstruosas devorando casas y enormes desiertos cubiertos de brasas”. No debería pasar desapercibido que López Carrasco se sirva de los versos de Nuclear, sí en dos momentos tan puntuales como cuando filma el franquismo (las fotografías) y cuando filma el presente (el futuro al que alude el título). Que cada cual saque sus propias conclusiones.

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Véase entrevista con el director en Caimán CdC nº 19 (70), septiembre de 2013.

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