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FILMADRID. La jovencita no envejece, se descompone (Álvaro Fernández-Pulpeiro)

9 junio, 2019

FILMADRID. La jovencita no envejece, se descompone (Álvaro Fernández-Pulpeiro).
Javier Acevedo.

En la cultura wayuu, coetánea de la región de La Guajira —pequeña península situada en el extremo norte de Colombia—, Lapü es la deidad del Sueño. Lapü otorga el aa’in, el alma, y para los wayuu soñar es el deambular nocturno del alma. En esa región se inicia el viaje de La jovencita no envejece, se descompone (Álvaro Fernández-Pulpeiro, 2019). El primer plano del film es anegado por una ola que zarandea la cámara. Primeros planos de rostros se retuercen al ritmo de un sonido –cercano a la música ambient– creando una atmósfera emocional. La joven deambula por parajes que se desbordan en panorámicas surcadas por una fina línea de horizonte que conecta y distancia, funde y separa el crepúsculo y la tierra. “Quiero viajar donde el tiempo no pasa, al reloj de arena del desierto”, escribe la joven. El viaje descrito por Fernández-Pulpeiro es el de un alma en busca de su propio tiempo. La joven otea el horizonte, la cámara se detiene en primeros planos, planos detalle y contrapicados que muestran rostros abismados. El crepúsculo se derrama sobre las cabezas: los habitantes de La Guajira parecen fósiles a punto de ser cubiertos por la arena del olvido.

A Fernández-Pulpeiro no le importa el pasado ni el motivo del viaje, sino la huida hacia el horizonte. Un exilio en el que la cámara se aleja de la joven a través de dos travellings de retroceso que la recortan contra la línea de horizonte. En la huida el film se mueve como imagen del tiempo de un sueño y como imagen que deja surcos etnográficos que dan efímera cuenta del folclore de un pueblo. La jovencita no envejece, se descompone imprime al fotograma una textura rugosa, deteniéndose en registrar el tacto de la tierra, del mar y del viento hasta componer una morfología del espacio que se sedimenta en fundidos alargados, sonidos encabalgados y tiempos dilatados. El cineasta español –como Amat Escalante o Elena López Riera– parte de esta atmósfera onírica para construir un cine de la premonición marcado por un presagio que nunca se concreta, salvo en un totemismo de símbolos y elementos.

El narrador de otro documental que presagiaba el fin de un pueblo como Araya (Margot Benacerraf, 1959) afirmaba que “toda vida venía del mar”. Para los wayuu, Lapü concebía la muerte como el final del sueño: la partida definitiva. La joven mira el mar y un primer plano muestra el pelo peinando el viento. En sus ojos se refleja la línea de horizonte más allá del mar picado. La espuma de las lágrimas se arremolina. Una lágrima cae y descompone el rostro. La joven se encuentra en el lugar donde el tiempo no pasa. Como si el tiempo vivido –o soñado– acabara cuando la joven cierra los ojos y la cámara se detuviera en un tiempo cero: un tiempo sin tiempo. A continuación, un plano es anegado por una ola que zarandea la cámara. El sueño concluye cuando se cierran los ojos. Fernández-Pulpeiro narra que toda vida viene del mar, y todo sueño muere allí. La jovencita no envejece, sueña.

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