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Entrevista Robert Guédiguian (versión ampliada de Caimán CdC nº 58)

31 marzo, 2017

En defensa del cine de educación popular
Entrevista con Robert Guédiguian
Enric Albero

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¿Tal vez sea esta su película más ambiciosa?

No me gusta decir eso porque siempre he pensado que una película con dos personas en una habitación de hotel puede ser muy ambiciosa. Pienso que la ambición intelectual siempre es la misma, la de hacer la mejor película posible. Y esa es una ambición gigantesca que crea angustia, da sudores fríos,… De hecho, no creo que haya ni un solo cineasta que se sienta relajado en relación con su trabajo.

Por el contrario, he de decir que creo que tengo una responsabilidad suplementaria cuando hago filmes como Presidente Miterrand (Le promeneur du Champ de Mars, 2005), El ejército del crimen (2009) y Una historia de locos (Une histoire de fou, 2015) que tratan hechos históricos. Para mí, hacer una película es un acto extremadamente responsable, puesto que lo que se desprenda de ella transmite una idea del mundo. Ahora bien, en términos estrictos eso es algo que no me concierne más que a mí, soy yo quien se expone. Sin embargo, cuando hago un film como Una historia de locos comprometo a todos los armenios que han intervenido en el conflicto, a los armenios que han estado vinculados a la lucha armada, porque esta historia existe independientemente de que yo la quiera contar, se puede leer en los libros, así que, como decía anteriormente, hay una responsabilidad suplementaria y son películas que me preocupan aún más que las otras.

En una película tan extensa, con tantos personajes fuertes, ¿fue difícil equilibrar el guion?

Fue complicado. Una vez que encontramos la manera de hablar del genocidio y de presentarlo a través del proceso que se observa en el inicio, hilvanarlo con el resto no fue nada fácil. La solución simple, que a menudo no es la mejor, habría sido ir más rápido, no contar la vida de Gilles (Grégoire Leprince-Ringuet), saltarse las historias de amor, pero sucede que cada vez soporto menos las películas que bajo el pretexto de la eficacia desdibujan la realidad de los personajes: la película será más eficaz pero los personajes existen menos. Quería profundizar de la manera más hábil posible en la familia de Gilles y en la relación con su novia, en la relación entre Aram y Anahit (Razanne Jammal), en los paralelismos que se establecen entre dos jóvenes que escuchaban la misma música; quería hablar de su juventud, de las posibilidades que tenían de casarse, de tener hijos, …

Así que fue complicado cuadrar el guion y fue complicado hallar el equilibrio en la última fase de montaje. Aun así, sé que habrá gente que dirá que la historia de amor no le interesa nada, es algo que se producirá porque ya hay amigos que me lo han dicho, yo les respondo que si no incluyera esa historia de amor, si no mostrara que la vida amorosa de ese tipo ha sido destruida, estaría mucho menos unido a él.

¿Con esta película salda una deuda con sus padres y su ascendencia armenia?

Siempre he pensado que tenía una deuda con mis padres de una manera general, no solo en relación con la cuestión armenia, sino también con respecto a cuestiones sociales y políticas. De hecho, hago cine para darles voz, puesto que he crecido en un mundo en el que ellos no tenían la palabra. Creo, y pienso que este es un sentimiento arraigado en la gente de mi generación, que nuestros padres nos educaron para que pudiéramos defendernos. Es verdad que la primera generación de armenios emigrados estaba llena de obreros, pequeños artesanos, cordoneros, comerciantes, pero la siguiente ya estaba compuesta por abogados, médicos, profesores, cineastas… Nuestros padres nos dieron los medios necesarios para que pudiéramos reparar las injusticias que les han perseguido, de ahí que yo siempre diga que hago cine popular: quiero que la gente vea mis películas, no hago cine para que quinientas o 5000 personas lo vean en tres festivales y digan que es formidable.

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En el prólogo situado en el Berlín de 1921 hay una serie de imágenes y de referencias históricas de carácter casi profético. Por un lado, las filmaciones del exterminio armenio anticipan el Holocausto en casi veinte años y, por otro, las estrategias expansivas y de dominación del Imperio Otomano Islámico recuerdan a los procederes del IS. ¿Está repetición de constantes significa que no hemos aprendido nada?

Todos pensamos que cuando estas cosas se dan a conocer, cuando se exige que un estado que ha cometido un crimen lo reconozca, servirán para algo. Tenemos la esperanza de que esto evite que vuelva a suceder, pero es una esperanza que normalmente queda truncada. Por el momento, la humanidad repite las mismas faltas de la misma manera… Pero no puedo pensar, desde un punto de vista filosófico, que la humanidad contenga una esencia maligna. No puedo pensar que esa maldad, que esa inhumanidad dentro de la humanidad sea una cosa definitiva; si pensara eso me iría a vivir dentro de un tonel como Diógenes, acabaría mis días sin preocuparme por nada. Si uno se preocupa por los otros, si uno interviene, si uno hace cine, si uno hace periodismo, es porque, como mínimo, piensa que las cosas van a mejorar, aunque es verdad que, con frecuencia, la realidad nos demuestra lo contrario.

En un film capital en el seno de su filmografía como es Las nieves del Kilimanjaro (2011), el personaje que interpreta Ariane Ascaride antepone la necesidad de comprender a los culpables al castigo. Aquí nos encontramos de nuevo ante la misma situación…

Creo que es la única posición que podemos tomar, la de tratar de comprender a los otros, a todos los otros. Es una manera de combatir, de estar siempre dentro de una tensión vital. En Francia tenemos un gran ejemplo: Germaine Tillion. Fue una gran socióloga y etnóloga que murió a los cien años, deportada al campo de prisioneros de Ravensbruck dada su militancia en la resistencia y que tras volver solía decir “si he sobrevivido es porque he seguido con mis estudios”. Lo que hizo fue estudiar sociológicamente el campo de concentración (la situación de los grupos, las relaciones, …) al igual que estudió el mundo árabe en los años treinta: una mujer sola en los Aurès, con su casco y su caballo… Fue una mujer excepcional. Siempre he creído que la idea de comprender a los otros nos ayuda a vivir, aunque llegue en un periodo de fuerte sufrimiento, que es lo que dice Gurriarán.

Otro personaje excepcional. ¿Cómo llegó a tener conocimiento de su historia?

Por puro azar. Hacía tiempo que pensaba en hacer un film sobre la historia global de los armenios y sus consecuencias, pero no veía como entrar en el relato, no quería contar los exterminios durante el genocidio; una historia o una crónica familiar no me bastaba, así que buscaba y buscaba y un día, en una feria del libro en la que estaba firmando ejemplares, vi que un tipo que iba con muletas y caminaba con mucha dificultad subía a un escenario, cogía un micro y contaba su historia. Al oírla me dije “ese es el punto de partida”: un personaje inocente, ignorante, objeto de la Historia. Al día siguiente fui a mi oficina, hablé con mis asociados, les hablé de Gurriarán, les conté su historia y les dije que ahí había una película y nos pusimos a trabajar inmediatamente.

¿Teme que la frase con la que se cierra la película –“a mis camaradas turcos”– sea recibida como un gesto irónico?

No es irónico en absoluto. No podía hacerlo de otra manera. Hay, por supuesto, turcos excepcionales y turcos cabrones, como en todos los pueblos, así que no pienso ni por un segundo que esta película pueda, en un momento determinado, causar molestias por considerarse antiturca. No soy antiturco para nada. Estoy contra el régimen turco actual, contra Erdogan, al igual que mucha otra gente. Estoy de acuerdo con todos aquellos turcos que están contra Erdogan; de hecho, creo que la película puede ayudarles. Yo tengo amigos turcos, con los que he firmado peticiones…

Conocerá el caso de Hrant Dink…

Por supuesto. Su figura y, desgraciadamente, su asesinato, han sido muy importantes en la evolución de la sociedad civil turca. Siempre es triste decir estas cosas, pero es verdad que, con frecuencia, la muerte hace que los espíritus cambien.

¿A qué cree que se debió esa unión de grupos armados tan dispares en el Beirut de los ochenta?

Aunque nunca se dijo de ese modo, para mí fue una especie de voluntad inconsciente de crear una quinta internacional. Fue una huida hacia adelante, alentada por la idea desesperada de que todavía había una posibilidad de crear la internacional obrera comunista. Se trataba de que la causa tuviera una apariencia muy concreta y se tradujera en reivindicaciones precisas, todo ello unido por los palestinos que, de alguna manera, federaron a los revolucionarios del mundo entero y que, a su vez, eran un ejemplo para los armenios puesto que eran un pueblo que renunciaba a desparecer, que renunciaba a abandonar su tierra, mientras que ellos habían sido desterrados. De ahí la frase que metimos en el guión en la que se dice que “los armenios seremos los nuevos palestinos”, una frase que pudo haber dicho cualquiera de aquellos dirigentes.

De todos modos, ya entonces consideraba que aquella situación que se dio en Beirut no era más que un acto de desesperación realizado en el último momento y fue algo en lo que no participé aunque tuve amigos que fueron. Nunca he compartido las posturas de la RAF o de las Brigadas Rojas, sí que he estado de acuerdo con determinadas acciones armenias que hubo en ese momento porque sirvieron para despertar la causa y porque asesinaron de manera selectiva a fascistas turcos, al igual que celebré el atentado contra Carrero Blanco. Así que hay cosas como esas que yo he aprobado, pero es verdad que en conjunto… Por ejemplo, en aquella época surgió en Francia un grupo llamado Acción Directa con los que jamás estuve de acuerdo, aquello no servía para nada, las cosas habían terminado, había que dar carpetazo a aquella historia y pasar a otra cosa.

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Cuando habla de asesinato selectivo (tuer de manière ciblée en francés) se refiere a esa tensión presente en la película entre los partidarios de seleccionar los objetivos, de matar solo con pistola, y los que defienden atentados masivos…

El ejemplo es el de Tehilirian a principios de siglo: disparar a bocajarro, de manera que no pueda haber víctimas inocentes, ese es el modelo que adopta Aram (Syrus Shahidi). Pienso que, hasta la fecha, no conocemos la historia sin violencia y creo que es algo que siempre existirá.

Como en el resto del su filmografía, el comunismo vuelve a hacer acto de presencia aunque de una manera más tangencial…

Hay una reafirmación del ideal, los jóvenes del ESALA se reivindicaban como comunistas. Es verdad que luchaban por recuperar sus tierras pero no para después cerrar sus fronteras, no para replegarse. Que alguien viva en el lugar en el que ha nacido es algo bastante normal, que quiera ver el árbol que plantó su abuelo, la iglesia en la que fue bautizado, incluso aunque luego se haya convertido en ateo, eso no importa. Yo estoy contento de ver la iglesia en la que tomé la comunión y soy fundamentalmente ateo, son deseos naturales.

Tenían una concepción patriota pero internacionalista de lo que debía ser Armenia. Hay una frase de Jaurès, que es uno de los mejores personajes del siglo XIX, que decía: “un poco de patriotismo nos aleja del internacionalismo, mucho patriotismo nos devuelve a él”. Establecía una dialéctica entre el amor por su patria y el amor por las otras: si uno ama su patria, ama todas las patrias del mundo.

¿Dónde situaría este film en el seno de su obra?

Siempre he avanzado como si montara en bicicleta, si dejo de pedalear me caigo, pierdo el equilibrio, así que no me paro a pensar en esas cosas. Para mí todas las películas forman parte de un recorrido, puede que dentro de diez años diga que tal o cual película ocupan una determinada posición en mi carrera, pero ahora soy incapaz, me dedico a pensar en el siguiente proyecto, estoy contento de haber terminado este, para ya estoy pensando en el que vendrá.

¿Y tiene algo mente siguiendo esta línea histórica?

Desde hace algunos años tengo ganas de hacer películas históricas, vamos a llamarlas así para abreviar. Películas que aclaren la historia o que se la recuerden a gente que no la conozca y que de alguna manera puedan ser útiles. Por ejemplo, El ejército del crimen, que hoy en día se estudia en algunos institutos franceses y es algo de lo que estoy muy contento, era una historia de la que hace diez años ellos nadie sabía nada y ahora, gracias a la película, llega a los liceos. Cuando veo estas cosas me digo que si tuviera dos o tres películas más como esta, históricas, de educación popular, quizá sirvan para alguna cosa. Asumo completamente esa idea de cine de educación popular; me gustaría hacer, de vez en cuando, películas de ese tipo porque entiendo que es mi responsabilidad dado que tengo el poder para hacerlo.

¿Tiene algún tema en concreto?

He reflexionado de una manera general sobre un tema esencial en Francia como es la guerra de Argelia. La relación que existe hoy entre Francia y los franceses musulmanes (y digo bien, los musulmanes, no el Islam) tiene raíces que se remontan a ese momento, como la colonización durante años, la guerra,… Así que si surge una buena idea, si encuentro un Gurriarán argelino mañana que me dé una idea para atrapar ese tema, una base de la que partir para llegar hasta hoy, me gustaría poder trabajar sobre ello.

Entrevista realizada en Valladolid, el 26 de octubre de 2015

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