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Entrevista Sebastián Muñoz, director de El Príncipe

27 diciembre, 2019

Entrevista Sebastián Muñoz
Sobre los cautiverios
José Félix Collazos

¿Por qué Chile en los albores de los setenta?
Necesitaba un contexto para esos hombres aislados. Y ese es un momento interesante sociopolíticamente, lleno de efervescencia y sueños como el gran cambio de justicia social que proponía Allende. Mientras eso está ocurriendo, el protagonista solamente se mira a sí mismo, es como si el país caminara en una dirección y él por la senda contraria sin levantar la vista. Me pareció interesante ese contraste y utilizar el discurso de Allende para cerrar el arco dramático del personaje. Ese discurso aporta esperanza sin obviar que vienen tiempos difíciles y el protagonista, a su vez, es testigo de ese cambio mientras asume su homosexualidad con todas las consecuencias.

Usted marca el narcisismo del personaje con su reflejo en un sucio charco de la celda y en un plano frente al espejo que tiene algo del Orfeo de Cocteau, otra búsqueda en los infiernos…
Si, y también con la ropa. Esa chaqueta roja como coquetería que a la vez cierra el ciclo del personaje en búsqueda de su sexualidad. Que un hombre utilizara una prenda tan llamativa en los setenta suponía automáticamente identificarse como homosexual.
 
Por momentos la película es muy explícita: la violación de “El Potro”, desnudos frontales masculinos, genitales erectos…
No puedo visualizar el sexo entre hombres en un plano cerrado… preferí no censurar las imágenes y que fuera el espectador el que decidiera mantener la mirada. Hay una propuesta artística y política en esa decisión de ser explícito. Es un ejercicio de libertad exhibir la desnudez masculina con naturalidad. Revisé documentales sobre prisiones buscando el naturalismo en los actos físicos cotidianos: cómo se duchan, se cepillan los dientes, comen… para alejarme de los clichés carcelarios y trabajar las relaciones humanas.

¿Cómo planteó la representación del deseo y lo afectivo en un contexto tan extremo y masculino?
Por un lado con el trabajo de cámara, que de alguna manera respira acompasado con el personaje. Ambos comienzan contenidos y se liberan según ‘El Príncipe’ va ganando confianza. Lo más importante para mí era humanizar a estos hombres solos y que el afecto se construyera con gestos y regalos a modo de ofrenda: una guitarra nueva, la chaqueta roja, la entrega de su cuerpo por parte del personaje de Alfredo Castro… Son hombres básicos, que se mueven por instintos, pero también necesitados de cariño y traté de aplicarme con lo más elemental: trabajar emociones limpias ya que la película está llena de situaciones brutales y descarnadas, pero sin perder el componente sexual del deseo que atraviesa finalmente a todos los personajes.

¿Cómo ha reflejado su experiencia como director de arte en el tratamiento del espacio en la celda? ¿Es real o un decorado?
Rodamos en un espacio real de una cárcel en desuso. Fue un desafío porque en una celda no puedes mover techos ni paredes, lo que crea cierto espacio teatral que funciona en algunos momentos pero hay que superar en otros. Predomina el plano fijo pero, por ejemplo, cuando “El Potro” se entrega al protagonista se produce un cambio de rol y la cámara se mueve para reflejar las emociones que siente “El Príncipe”, trasladando el punto de vista de la secuencia. Y en el momento siguiente en el baño la cámara está suelta, sin trípode. También trabajamos el color: la celda de “El Potro” tiene tonalidades café incluso en la indumentaria, excepto “El Príncipe”, para el que usamos azul; y la celda de “El Argentino” es verde como su ropa… nuestra referencia para la gama cromática era Caravaggio.

… quien pintó un famoso Narciso y cuyos modelos eran delincuentes…
Así es. Yo quería que la cárcel fuera realista pero con una paleta de color que funcionara narrativamente y que aportara cierta belleza a la atmósfera para contrastar con la brutalidad del relato.

¿El título apela también a la obra de Maquiavelo sobre cómo llegar y mantenerse en el poder?
Puede ser, pero no fue algo buscado por mí. Es el mismo título de la novela en la que se basa, aunque es verdad que un príncipe espera transformarse en rey y en esta historia también hay transferencia.

Entrevista realizada en la 67ª edición del Festival de San Sebastián

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